martes, 30 de marzo de 2010

Ubud-Bali, Indonesia:"Ubud, centro cultural de Bali"



Al tercer día de playa, y con la piel reventada por el sol, el mesero del bar se me acercó.

- ¿Y usted no corre olas?
- No soy bueno –Le respondí, por no decir que soy malísimo-. Vengo a llenarme de historias para luego escribirlas.
- Está en el lugar equivocado – Me dijo-. Ubud. Allá tiene que ir.

Esa misma tarde hice el check out y fui a un Rent-a-car. Pagué una cantidad de rupias equivalente a quince euros diarios por una Susuki Samurai, y después de las explicaciones del seguro y las herramientas, subí al auto, encendí el motor y ¡Oh sorpresa! El timón a la derecha. Yo lo sabía, sin embargo, comprendí la dificultad una vez experimenté hacer los cambios con la mano izquierda. ¡Muy difícil! Cuando salí del establecimiento estuve a sólo unos metros de colisionar con una palmera. El sujeto de ojos rasgados y piel de corcho salió corriendo de su oficina y me hizo un ademán con la mano para que me pasara al asiento del copiloto. Me llevó a la estación de gasolina más cercana, donde llenó el tanque y me enseñó a retroceder bien y andar en primera. Logrado el objetivo, lo llevé de regreso al Rent-a-car, eché un vistazo al mapa que tenía en el asiento del copiloto y tomé la ruta con dirección a la montaña, al interior de Bali.

Poco a poco fui alejándome de las playas, los bikinis, el ruido de los bares, y las olas balinesas, por las que deliran los surfers del mundo entero. A medida que los kilómetros pasaban, me sentía más cómodo en el carro de timón cambiado, salvo inevitables excepciones, como cuando quería cambiar a segunda, y mi pie izquierdo, siguiendo la lógica occidental presionaba el freno en lugar del embrague. Me llovieron los putazos, sobretodo de los motociclistas que manejaban como diablos en medio de esos caminos que lucían ornamentos de caña y bambú.

Después de una hora de camino, recién me aventuré a intercalar la segunda y la tercera, el camino se fue alargando y la noche parecía querer sorprenderme en la carretera. La luz del día se extinguía, así como también los rastros de civilización, y a partir de ahí, sólo me acompañó un camino asfaltado que se perdía entre los cercos salvajes de bambú. La escasa luz me puso algo nervioso, me impedía observar el mapa con claridad, y decidí detenerme al lado de un niño con un burro que llevaba algunos costales de arroz sobre el lomo. Le di el nombre del lugar y señaló con la mano. “Por lo menos voy bien” – Pensé. En ese momento se me hacía difícil creer que algún hotel aparecería entre ese mar de chacras, por esto, seguí preguntando a todo aquel que me encontrara en el camino. Después de dar vueltas y más vueltas di con el lugar, entorné los ojos y leí el nombre al borde de la carretera: “Kupu-Kupu Barong”. Ingresé y estacioné el auto en un solar de gallinas y algunos cerdos. “¿Será que es acá? Esto parece una broma” – Dije para mis adentros con cierto escepticismo. Dos personas vestidas de blanco, impecables, me condujeron por un camino empedrado y llegué a una recepción con aire místico, de cuyo techo colgaban algunas lámparas de telas rojas y otras forjadas en paja, semejantes a nidos de aves.

Me dejé transportar por ese universo de detalles, cuyos contornos comenzaban a ser ocultados por la noche. Había llegado a Kupu-Kupu Barong, un hotel boutique en el corazón de Ubud, centro cultural de Bali, nido de artesanos y pintores locales, inspiración para algunos escritores contemporáneos. Sorprendiome ver a unos metros de la recepción, en medio de una piscina que perdía su horizonte en el bosque, un caminito moteado con pétalos rojos, blancos y rosados que daban a una mesa flanqueada por dos imponentes candelabros. “¿Y ese lugar?” –Pregunté. “A cada pareja del hotel se le asigna una cena romántica con atenciones especiales” – Respondió amablemente la recepcionista. Dibuje una mueca de asombro, levanté la mochila y caminé hasta la habitación, un bungalow que tenía en la terraza una piscina privada, donde pude reposar la espalda, destruida por el sol y la extensa manejada del día. ¡Merecido!

Al día siguiente, tomé el carro para visitar los impresionantes campos de arroz. La importancia de este cereal, imprescindible en la alimentación de los balineses, es evidente al observar el Subak, el complejo sistema de irrigación, un ecosistema artificial construido en forma de terrazas para un mejor aprovechamiento del agua. Además de ser el ingrediente esencial de la dieta local, la relevancia del arroz también se traslada a su religión, dado que forma parte de un ritual que viven a diario: las ofrendas, símbolo de agradecimiento a los dioses. Existen ofrendas de muchos tipos (de flores, frutas o trozos de la comida del día), sin embargo, una de las más comunes es aquella formada con la base de una hoja de plátano (o de cualquier otra planta) elaborada de tal modo que parezca una flor. Luego se colocan granos de arroz y florecillas de distintos colores en el centro, y finalmente se quema incienso en el momento de la oración. Esta pequeña obra de arte adorna pisos, entradas de casas o templos, y todo lugar donde se quiera rendir tributo a los dioses por las bendiciones con que colma a su pueblo. Las ofrendas son pues, una muestra no sólo del día a día religioso de Bali, sino también del arte que se practica a diario con las manos.

Después de observar los cultivos de arroz, volví a tomar el auto y visité algunos templos. En Ubud hay miles de ellos e incluso las familias construyen en sus propias casas templos hechos en piedra. Si bien el Islam es la religión oficial de Indonesia, el 90% de la población balinesa es hinduista. Sin embargo, lo practica de una forma diferente, dado que tiene matices animistas y se rinde culto a santos budistas. La reencarnación es herencia del hinduísmo, no obstante el animismo es mucho más antiguo en esa tierra, y basa su creencia en que absolutamente todo (incluso los objetos) tiene vida. Por esto, no se sorprendan si encuentran un árbol o alguna estatua vestida con un sarong ¡Ah! Y no intenten ingresar a un templo sin esta prenda sagrada, es una falta de respeto. Fuera de los templos encontraran tiendas atestadas de estas coloridas prendas que se usan como faldas.

De modo que regresando me detuve en el centro de Ubud, entré a un restaurante y pedí un Nasi Goreng, típico arroz balines compuesto de verduras y frutos del mar (Lo podrá encontrar hasta por un euro en algunos lugares). Después de comer, caminé unos pasos hasta llegar al templo Pura Bukit Sari, una joya arquitectónica y uno de los pocos templos grandes ubicados en el mismo centro de Ubud. De pronto apareció un simpático simio, luego otro detrás del primero, pero mi sorpresa fue enorme al ver que salían por montones de recovecos, grietas y de los mismos árboles que se confunden con esta maravilla labrada en piedra. Por un momento tuve la sensación de estar en un templo en manos de primates. Al cabo de un rato apareció el simio más grande, acercose a mí y me miró a los ojos de una manera extraña, como si estuviese leyendo mis pensamientos. Me quedé helado. Recuerdo en una entrevista de la escritora Rosa Montero al naturalista David Attenborough, cuando éste le confesó que uno de los momentos más conmovedores de su existencia fue cuando encontró a un gorila de las montañas, y los dos se miraron a los ojos y se reconocieron. Mi conexión con ese mono no fue tan profunda, no obstante puedo jurar que parecía estar pensando algo como: “Tú eres uno de los míos hermano”. Compré plátanos y se los empecé a lanzar, hasta que un lugareño me advirtió: “Entrégaselos de a pocos. La glucosa de la fruta les genera un vicio que los puede llegar a enrabietar”.

Días de muchas historias aquellos en Ubud. Comprobé que esa isla, como pocas en el mundo, es mucho más que playas, daikiris y buenas olas. Bali respira arte, gastronomía y religión de la manera más natural que un ser humano pueda percibir.

Los escondites del Cronista Errante

Templo Besakih
Conocido también como "el templo madre" por ser el más grande e importante de Bali, fue construido sobre las laderas volcánicas del Monte Agung (el punto más alto de la isla), y tiene sus orígenes en el siglo X. Según las creencias tradicionales, cuando los dioses descienden a la tierra se alojan en este templo. Declarado por la UNESCO como patrimonio de la humanidad, ofrece una impresionante vista en la zona más alta desde donde se puede contemplar el mar.

Hotel Kupu-Kupu Barong

Rodeado por 3 ha de jardines tropicales, tiene una espectacular vista del valle del río Ayung. Aunque no es una opción de bajo coste, considero que la experiencia es ideal para los viajeros más expertos, aquellos que desean disfrutar del auténtico Bali. Mímese con todos los tratamientos que ofrece.

Y para comer….

La experiencia gastronómica de Bali ocurre a diario en casas y palacios. Pregunte en su hotel o en cualquier alojamiento, que días ocurren las ceremonias públicas en Ubud. Las familias normalmente preparan días antes, una docena de platos a gran escala para esas celebraciones.

Cafe Wayan
En la misma calle del bosque de los monos. Ofrece menús de comida balinesa todos los días, no obstante sugiero que lo visite cualquier sábado por la noche, preparan un buffet enorme, un verdadero festín.


Fotografía: Carlos Modonese

martes, 23 de marzo de 2010

Providencia, Colombia: "Un paraíso llamado Providencia"


Partimos desde Bogotá, capital colombiana, hacia la isla de San Andrés. Dormía yo plácidamente, sin esperar nada del mundo, hasta que el avión comenzó a descender. Fue en ese momento que abrí la ventana, y observé por primera vez el mar del caribe colombiano. Mi boca se abrió lentamente, como si quisiese tragar aquellas imágenes para que el inconsciente las haga aparecer en los sueños. Mis pupilas absorbían las distintas tonalidades del mar, donde cabía la ilusión de estar viendo lagos turquesas superpuestos en un océano infinito. Aterrizamos en San Andrés, pero no para quedarnos, sino para tomar el trasbordo en una pequeña avioneta que llevaría a sólo quince privilegiados, hasta una isla aún más pequeña, un paraíso llamado Providencia.

Como si todo hubiese sido urdido milagrosamente, me encontraba leyendo el retazo final del microcuento de Julio Cortázar llamado “Historia verídica”.

“A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora”

Resolví en ese momento buscar en mi pequeño diccionario el significado de la palabra Providencia, y encontré que la primera definición que le otorgaba la Real Academia Española es: El cuidado que Dios tiene de la creación y sus criaturas. Fue en ese momento que encontré todo el sentido el haber llamado Providencia a este punto verde, que pareciese querer esconderse de todo aquello relacionado a “desarrollo” o “desarrollo sostenible” como le llaman ahora. Ocultarse para permanecer intocable a través del tiempo, como un secreto de pocos, porque en la genética de las cinco mil personas que la habitan está grabado el sentido de la preservación, un anhelo que surge desde el significado de su nombre, Providencia.

La avioneta sobrevoló aquella isla de 17 km2 de abundante en vegetación que parecía haberse posado sobre el turquesa más claro del océano. Sus montañas, semejantes a unos volcanes verdes, lucían en sus faldas unos techos de casitas que imitaban el color del mar.

El piloto, que inclinó la avioneta hacia un lado, inició el descenso y logró un éxito abrumador luego del aterrizaje. Las quince personas que estuvimos ahí, aplaudimos a rabiar. Un gesto de sobrevivencia si tenemos en cuenta lo diminuta que resultó ser la pista de aterrizaje. ¡Y el aeropuerto!, muy semejante a una cajita de cartón, pero abierta.

Afuera un taxista se me acercó. Era un moreno alto y pelo cano ensortijado que se apuró en extenderme su mano. Pude sentir su piel callosa, de años de tierra y sol. Mientras conducía hacia el hotel, me hablaba en un dialecto ininteligible. De a pocos fui entendiendo algunas palabras, y comprendí que su idioma era un inglés con matices isleños (creole english). De pronto, lancé un fuerte resoplido debido a ese calor infernal que mordía mi cuello y las orejas, y el hombre me ofreció tomar algo. Así que paramos en una pequeña caseta ubicada en un muellecito. Mientras bebía una cerveza fría, escuchaba que de la radio del auto salían las tonadas del gran Bob y a unos metros un niño con las trenzas de un rastaman jugaba descalzo en un muellecito.

“…Said said, said I remember when we used to sit. In the government yard in Trenchtown. Oba, ob-serving the hypocrites. As they would mingle with the good people we meet. Good friends we´ve had, oh good friends we've lost along the way. In this bright future you can't forget your past. So dry your tears I say. No woman, no cry…”

La música de Marley me conectó con el espíritu de aquél lugar, y una vez en el hotel, dejé mis cosas en la habitación y me arranqué la ropa como el propio increíble Hulk. Luego bermudas, camiseta, sandalias ¡Y a la calle! Arrendé una moto y empecé a recorrer las playas de la isla, cada una mejor que la anterior. Primero llegué a Agua Dulce, luego recorrí Sur Oeste y al final de la tarde estuve en Manzanillo, una playa donde por la noche tuve la suerte de ver tocar un par de bandas de reggae latino en el Bar “Rolando”.

Al día siguiente por la mañana, llegó la embarcación que nos llevaría a bucear. Una marea ondulante de montañas verdes aparecía ante nosotros cuando nos alejábamos de esta isla, que alguna vez fue astilladero de Sir Henry Morgan o el Pirata Morgan, quien con el consentimiento del gobernador de Jamaica y la Corona británica realizó ataques marítimos contra las posesiones españolas en Santiago de Cuba, Puerto Príncipe, Maracaibo, Portobelo, Santa Marta y Panamá. Después de una hora, la lancha se detuvo, nos pusimos el equipo de buceo y previas recomendaciones empezamos a descender a un mundo ajeno, donde el tiempo parecía respirar a un ritmo más lento. Cuando tocamos tierra, observé a mi lado la barrera de coral semejante a un muro enorme, poroso y amarillo, que servía de fondo a una peregrinación de peces azules, mientras el sol filtraba sus rayos en el agua. La claridad hacía perfecta la visibilidad y permitía observar los distintos colores de las algas, rayas, peces y corales. Luego de una hora de magia en ese mundo desconocido ascendimos lentamente, subimos a la lancha y volvimos al hotel.

Luego de comer un congrio acompañado de arroz con coco, tomé una siesta, y por la tarde salí a hasta la playa. De pronto, cuando me disponía a recoger un mango del suelo, una moto se detuvo y se ofreció llevarme (En Providencia la gente es amable y si te encuentras caminando en el mismo sentido de los vehículos, basta levantar el dedo para que ellos se detengan). La moto me dejó en la playa y yo caminé unos metros hasta llegar a Richard´s Place, el bar de Richard, un auténtico rastaman que me preparó un mojito superlativo y con quien disfruté una buena charla bajo la atenta mirada del sol que tornaba violáceo el horizonte.

Mientras el sol se ocultaba, le pregunté a Richard: “¿Qué más hay para hacer en la isla?” “Nothing (Nada)” – Respondió a secas. Yo asentí con la cabeza, y al ver que no agregaba nada más, empecé a reír, y él rió también agitando las trenzas de su cabeza. Cuando escuché esa sabia respuesta, recordé un artículo de Xavier Guix que decía:

“Occidente se ha especializado en la capacidad de transformar el mundo, mientras que en Oriente ha predominado la contemplación, la aceptación de la vida como es”.

Mi realidad era Providencia en Colombia, no el Oriente, no obstante, después de escuchar la respuesta de Richard comprendí que eso era lo que debía hacer los siguientes siete días que me quedaban en aquella joya caribeña: Contemplar.

Los escondites del Cronista Errante

Buceo en Providencia


El parque Old Providence McBean Lagoon consta del arrecife de coral más extenso de Colombia, con un total de 32 km de largo. Si desea hacer buceo superficial (skorkeling) recomendamos vaya a Cayo Cangrejo. Los hoteles de la isla brindan el servicio de transporte. Por otro lado, si nunca en su vida a buceado con tanque y desea aprender, esta es su oportunidad. La academia de Felipe Cabeza, contigua al hotel Sol Caribe, consta de un equipo profesional especializado, paciente y que ofrece una clase didáctica en la orilla.

Hotel Sol Caribe

Una opción muy buena justo frente al mar.

Tarifa Plan de 2 Noches: $1.090.000 (280 euros)
Incluye: Pasaje aéreo ida y regreso a Providencia, alojamiento de dos noches, desde acomodación doble, pensión completa: desayuno, comida y cena.
No incluye: Impuestos aéreos, tarjeta de Entrada a la isla, tarjeta de Asistencia Medica, traslados aeropuerto/hotel/aeropuerto.

Y para comer….

La mayoría de hoteles cuentan con servicio de restaurante, pero usted obtendrá más calidad fuera de ellos. Si le gusta la comida italiana, recomiendo Pizza Place en la playa Agua Dulce. Sin embargo el más gourmet de todos es Donde Martín. Las muelas de cangrejo al ajillo están increíbles.

Fotografía: Carlos Modonese




Cuzco, Perú: "El enigmático Camino del Inca"



Cuando anunciaron la llegada al aeropuerto, dejé de leer, abrí la ventanilla, y me encontré con el cielo más turquesa que hallase visto en mi vida. Un marco ideal para la enigmática ruta incaica que guardaban las insondables montañas de los Andes Peruanos. Sentado a mi lado, un arqueólogo de luenga barba colorada, me comentó que El Camino Inca hacia Machu Picchu era sólo un tramo de la extensa red vial, con más 23,000 kilómetros, que integró al Imperio del Tahuantinsuyo (que significa “cuatro partes del mundo”), y que cubría lo que actualmente es: Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia, el oeste de Brasil, centro de Chile y la parte norte de Argentina.

Nuestro piloto intentaba sortear las montañas, y cuando el avión se empezó a balancear de un lado a otro, mis ojos se extraviaron y me agarré de la camisa de mi compañero de viaje. Me disculpe. Le expliqué que se trataba de mi quinta visita al Cuzco, sin embargo, como en todas las anteriores, me atemorizaban aquellas maromas, tan necesarias para eludir semejante geografía.

Cuando tocamos tierra, sonreí, lancé un resoplido, y escuché los aplausos primerizos de algunos idiotas. Tengo que reconocer que me provocó hacerlo también. Mientras bajábamos por la escalera del avión, el sol, que parecía estar a unos metros de mi cabeza, me cegó, saqué unas gafas de mi mochila, me las puse y empecé a caminar. Unos cuantos pasos bastaron para entender lo que es estar a 3,500 metros de altura. “Carlos, despacio, no hay apuro” — Dije para mis adentros. Dosifiqué el oxígeno, no obstante, llegué a migraciones con cierta dificultad. En la sala de las maletas, bebí un matecito de coca que me ofreció una guapa anfitriona de largas trenzas negras.
Una vez afuera del aeropuerto, detuve un taxi. ¿Cuánto me lleva hasta el centro? — Le pregunté. En el Perú, las tarifas de los taxis, comparadas con otros países de la región, no son elevadas, pero los taxímetros no existen, por ello, la negociación entre el conductor y el pasajero, es fundamental para obtener un precio justo. Hágalo una vez y se hará un experto. Los cuzqueños, llevan años acogiendo turistas de todo el mundo, muestran siempre una sonrisa amable, y los taxistas no son una excepción, solucionan dudas, y en muchas ocasiones, se ofrecen de guías turísticos.

Me llevó hasta la hermosa Plaza de Armas del Cuzco, de calles adoquinadas, flanqueada por dos iglesias coloniales, pletórica de restaurantes y bares, y con un techo de nubes que parecía urdido con un algodón inmaculado. Caminé hasta la Calle del Medio donde contraté un operador para hacer el Camino del Inca al día siguiente, luego, rumbo al hotel, en la Calle San Blas, encontré dos cosas que llamaron mi atención: la primera; el sincretismo en las edificaciones de la ciudad, de cuerpo colonial pero de base netamente incaica; y la segunda, la famosa piedra de los doce ángulos, ajena a la vista de los distraídos. “Menudo trabajito. ¿De qué manera la habrán hecho encajar los incas? “– Me pregunté.

Día 1
Muy temprano, una combi atestada de pasajeros me recogió en el hotel, y después de tres horas de camino (eso me dijeron porque yo iba dormido), llegamos hasta Piscacucho, en el Km 82, donde se inicia el Camino Inca.

Nos desplazamos a paso lento para lograr una aclimatación a la altura. Gran parte de ese trayecto era llano, y carecía de pendientes pronunciadas. A nuestra vista aparecían las conocidas terrazas, donde se desarrolla la actividad agrícola. Una sabia práctica incaica, donde se sembraban los cultivos, según la altura más conveniente para ellos.

Día 2
El más exigente de todos. Sentí cada escalón que subí, maldije cada prenda que llevaba en la mochila, y apesadumbrado, abandoné a su suerte la botella de ron que guardaba para el último día. Cuando una pareja de abuelos alemanes pasó delante de mí, dejándome muy atrás, resollando, abatido, me detuve, y puse mis manos en la cintura. “Hubiese tomado el tren a Machu Picchu y se acabó la historia” - Pensé. Furtivamente, me hice a un lado, detuve a un niño y le solté unos dólares para que su llamita, de excelso estado físico, llevase mi equipaje. Recuerdo hasta hoy, los chiflidos de muchos caminantes por haberlo hecho. “Es un desafío colectivo ché” – Me dijo un argentino. “Si ché, pero no me quiero morir aquí”- Respondí. Cuando llegué a la cima, observé que todos comían como ovejas, hundiendo la cara dentro del plato. “Gracias al cielo” – Dije. En ese momento me alcanzaron un plato de pasta que devoré en segundos. “¿A que altura estamos?”, “A 4,200 metros” respondió un tipo que iba por su segunda vuelta de espaguetis”.


Día 3
El tercer día fue una bendición del cielo. Entre tambos y caminos estrechos, comenzamos a descender. Según el historiador peruano, José Antonio del Busto, el Inka Huayna Capac mandó a construir la mayoría de los caminos de la red de vial para así poder movilizar su ejército rápidamente. Los caminos variaban en calidad y tamaño, ellos podían ser de 6 a 8 metros de ancho en la costa, pero en las montañas, los caminos eran sólo de un metro de ancho, y audazmente empinado.
De un momento a otro el paisaje cambió dramáticamente. Después de estar contemplando los nevados de la cordillera a más de 4,000 metros, nos internábamos en una selva tropical por debajo de los 3,000 metros. En ese momento me puse los audífonos, caminé sin prisa, y disfruté de “Inka Terra”, trabajo del músico peruano Miki González, tremenda fusión de la música andina y electrónica. De pronto, observé unas ruinas llamadas Huayña Wayra, y por primera vez desde que iniciamos el Camino Inca, sentí que Machu Picchu latía, que se encontraba muy cerca, esperándome.

Día 4Cuando nos despertaron, el cielo aún estaba oscuro. La gente terminaba de desayunar, y apresuraba el paso. La adaptación durante esos cuatro días en alturas insospechadas, convirtió los 2,800 metros del último tramo en un juego de niños. A medida que avanzaba, la oscuridad cedía el paso a la luz del alba, un manto violeta que parecía murmurar: “Estás muy cerca”. Me sobrevinieron ganas de trotar, corrí, y observé llamas pululando en las laderas, y entre la vegetación abundante, lagartijas enormes se cruzaron a mi paso, y cuando llegué a la Puerta del Sol, enmudecí. La mochila se cayó al suelo como si también estuviese hechizada. El amanecer sobre la ciudadela de Machu Picchu. Justo frente a mí. Me estremecí, y dos lágrimas surcaron mis mejillas. Sublime.
Cada vez que revivo aquella postal de mis nostalgias le doy la razón a la historia cuando dice que El Camino Inca, liderado por el Rey Inca entre el siglo XV y XVI, fue una ruta de peregrinación para honrar a las montañas y nevados. Y puedo comprender también, por que el inglés Hiram Bingham sucumbió ante su magia, quedándose boquiabierto cuando la descubrió, entre el follaje, navegando por el río Urubamba, a inicios del s XX.


Algunos tips…Es de carácter obligatorio hacer el Camino del Inca con guía acreditado (para mayor información visitar el Instituto Nacional de Cultura de Cusco. Además el número de personas que puede ingresar por días (incluyendo guías y porteadores) está limitado a 300.
Precio aproximados…
Temporada Alta (Junio – Agosto): Se debe reservar con mucha anticipación. Tarifas: 400-500 dólares.
Temporada baja (Diciembre – Enero): Basta reservar con 2 o 3 días de anticipación, por lo que se puede hacer cuando se llega a Cusco. Tarifas: 120 – 140 dólares. En esta temporada es importante no dejarse engañar por las agencias que venden el paquete por Internet al mismo precio que durante la temporada alta.

Los escondites del Cronista Errante

Fortaleza de Sacsayhuamán (3600 msnm)Ubicado a sólo 2 kms. de la Plaza de Armas, su construcción se le atribuye al Inka Pachacutec, que inició la expansión del imperio. Fue construida con enormes rocas talladas, unidas con extraordinaria precisión. Además de haber sido una fortaleza, en la actualidad el escenario de la ceremonia del Inti Raymi, una celebración ancestral en honor al dios Sol.

Hotel Casa Andina Classic – Cusco San Blas

Ca. Chihuampata 278-San Blas T 5184.26.3694 / 5184.25.2400 E cac-sanblas@casa-andina.com
Para su estadía en el centro del Cusco, recomiendo esta casona colonial escondida en San Blas, uno de los barrios más bonitos de la ciudad. Este apacible lugar ofrece unas habitaciones con una hermosa vista de los típicos tejados de Cusco y de las hermosas montañas que rodean la ciudad, así como del patio interior con su pileta y amplia terraza.
Tarifas (Sin impuestos): de 99-152 dólares.

Restaurante Inka GrillPortal de Panes 115, Plaza de Armas, Cusco. Teléfono: +51 84 262992

Ubicado en un portal de la Plaza de Armas, se especializa en cocina criolla y novo-andina. Recomiendo asistir –a los que disfrutan de la música en vivo- asistir los días en que se presenta una banda de música andina. Atención al decorado con elementos rústicos basado en el arte incaico, como cerámicos, textiles precolombinos y una selección de artesanías andinas.

Fotografía: Fuente Indigitale 7 wonders.

martes, 16 de marzo de 2010

Saint Emilion, Francia: "En el corazón de Burdeos"


“… ¡Ama! Ea, ponme en ánforas dulce vino, el que sea más suave después del que guardas para aquel infeliz; esperando siempre que vuelva Odiseo, del linaje de Zeus por haberse librado de la muerte y de las Moiras. Llena doce ánforas y ciérralas con sus tapaderas…”

Basta leer este eufórico discurso de Telémaco en un pasaje de La Odisea de Homero, para comprender la importancia de esta noble bebida en la historia occidental. Debemos tener en cuenta que este texto fue escrito hace aproximadamente 3,000 años, lo cual hace suponer que los romanos, quienes conquistaron a los griegos en el siglo I dc, fueron los responsables de la expansión del vino a lo largo y ancho de Europa. Pues bien, veamos entonces como llegó a Francia.

Cuando observé el reflejo de los predios del siglo XVIII frente a la place de la Bourse, empecé a respirar parte de la historia de Burdeos, capital de la provincia de Aquitania, región francesa en donde la historia del vino abarca casi dos mil años. Precisamente fueron los romanos quienes plantaron las primeras vides, sin embargo, fue en el siglo XII, cuando el matrimonio de Enrique II de Inglaterra y Leonor de Aquitania anexó la provincia francesa al territorio inglés, que Burdeos alcanzó el relieve mundial que hasta hoy se le conoce.

Para ponernos en contexto, el nombre Burdeos deriva del francés au bord de l'eau, en español esto es: "al borde del agua", y se refiere al estuario de la Gironda, donde desembocan los ríos: Garona y Dordoña. Es en toda esta región, donde se encuentra ese clima ideal que le otorgó el privilegio de ser hoy la segunda región vinícola más grande del mundo (284.320 has de vid), y poder contar con un volumen de negocio de 14.500 millones de euros y nada menos que con 57 denominaciones de origen.

Pero nuestro propósito de viaje, no era el de untarnos con la próspera ciudad de Burdeos, sino conocer los orígenes más antiguos que la bebida gastronómica más famosa del mundo tuvo en Francia. Para ello, tomamos el auto y nos adentramos en ese mar de viñedos que se perdía en una línea verdusca en el horizonte del distrito de Libourne, también perteneciente a la región de Burdeos o como también le llaman: Viñedo de Burdeos (en francés, Vignoble de Bordeaux).

Fue así que recorrimos 35 kilómetros teniendo a diestra y siniestra, surcos atestados de hileras verdes, perfectas, infinitas, inacabables, que parecían haber sido trazadas por alguna divinidad. De pronto apareció frente a nosotros Saint Emilion, un pueblito medieval caprichosamente encumbrado en una colina que dominaba todo el paisaje vinícola.

Cuando ingresamos, una nube gris cubrió la ciudadela dándole un aspecto cinematográfico a aquellas casas, que ordenadas de manera escalonada, parecían anhelar llegar hasta la Iglesia monolítica que coronaba la colina. Las calles de suelo empedrado, gastado por los pasos muertos y las lluvias de siglos, se inundaban de brisa fresca con aromas de vid.

Arrendé una bicicleta, salí de la ciudadela y seguí los pasos de la vid. Perdí la mirada en el verde infinito de Saint Emilion, y recorrí sus campos entre ruinas románicas. La historia nos cuenta que la producción del vino en Francia comenzó algún tiempo después del año 48, durante la ocupación de Saint Emilion por los romanos, quienes establecieron viñedos para cultivar vino para los soldados. Sin embargo, la ciudad recién fue bautizada en el siglo VIII por el monje Émilion, un confesor viajero que se estableció en una ermita excavada en la roca. Fue forjador de la producción comercial de vino en la zona.

Después de pasear cerca de una hora, mi nariz anegada de esos perfumes vinícolas me sugirió que buscase un châteaux. Les recomiendo que si gozan del tiempo necesario, se pierdan ya sea caminando o en bicicleta entre los caminos asfaltados que cruzan esas alfombras verdes, y cuando descubran algún châteaux que les llame la atención, ingresen y disfruten de la amabilidad con que las familias, dueñas de las fincas, les explican el complejo proceso de elaboración de la bebida. El vino en la región de Saint Emilion es en su mayoría una mezcla o ensamblaje entre dos variedades: Merlot (70%) y Cabernet Franc (30%).
Bastaron unas cuantas catas para que la alegría brote por los poros y el espíritu obedeciese a comprar un par de botellas de vino. Recomiendo que lo hagan por tratarse de producciones limitadas de óptima calidad, y que se encuentran a precios más altos en cualquier supermercado de Europa.

Finalmente tomamos el coche y nos fuimos alejando de Saint Emilion, patrimonio mundial de la humanidad por la UNESCO desde 1999, sueño de todas aquellas personas que hemos sido criados con esta bebida en la mesa. Luego de una hora, pasamos por última vez frente a Burdeos, donde el sol se despedía de nosotros tiñendo de rojo las nubes y lanzando una pincelada negra en sus edificios.

Los escondites del Cronista Errante

El campanario de la Iglesia monolítica


Vamos. Animo. Suba los 196 escalones del campanario de la Iglesia Monolítica. Una vez arriba, tomé aire y disfrute de la vista panorámica mas linda de la ciudadela de Saint Emilion.

Hotel Balladins**
Lieu-dit du Bois de l'Or. Route de Castillon D670.
33330 SAINT-EMILION
05 57 25 25 07

Excelente opción a sólo 3 km de la ciudadela de Saint Emilion. Cuenta con sala de descanso y una piscina bastante agradable para los días de verano. Las tarifas de las habitaciones van desde los 56 euros.

Restaurante Amelia Canta

Ubicado en el antiguo mercado local, posee una terraza fresca que permite una vista excepcional de la iglesia monolítica y la emblemática torre del reloj. Recomiendo el set-menú: “En-cas d’Yssy”, servido sobre una superficie de madera y con una copa de vino incluida. Todo por 10 euros.

Fotografía: Carlos Modonese

Chefchaouen, Marruecos: "El pueblo azul"


Cuando llegué al aeropuerto de Tanger, ciudad costera marroquí, frente al Peñon de Gibraltar, me esperaba un auto pequeño que había arrendado desde España. Comencé a bordear la costa por una carretera estrecha, un sólo carril de ida y vuelta, y cuya sinuosidad, me hacía cruzar los dedos en cada encuentro con los vehículos que venían en sentido contrario. A pesar de que la temperatura rozaba los treinta grados, la brisa marina no me hizo extrañar el aire acondicionado, inexistente en aquél coche diminuto. Con las ventanas abiertas, y el viento galopando sobre mi cabeza, entorné los ojos, y colmé la mirada con ese azul del Mediterráneo, que teñía una costa atestada de acantilados, moteados con luengos pastizales.

Afortunadamente, el cochecito tenía radio. Puse a cantar a Manu Chao, una voz perfecta para ese momento de carretera, una voz exploradora, libre de paradigmas, clandestina, para mentes que suelen dibujar.

“Solo voy con mi pena, sola va mi condena, correr es mi destino, para burlar la ley, perdido en el corazón de la grande Babylon, me dicen el clandestino por no llevar papel. Para una ciudad al Norte yo me fui a trabajar, mi vida la dejé entre Ceuta y Gibraltar…”

Como si soplasen vientos clandestinos, intentando huir para buscar refugio en un lugar en donde el alma pueda ser alma, así yo también conducía, con la mirada viva, clandestina, fija en el camino, cuando de pronto, el hambre llegó y decidí parar en un pueblo de pescadores a comer un tajine de pescado.

Luego de saciar el hambre, subí al auto, seguí con el concierto interior de Manu Chao y continué manejando, pero esta vez, hacia el interior. Me alejé del mar y los acantilados que se estrellaban en él. Los vientos clandestinos me seguían acompañando, haciéndome volar sobre las montañas de la Cordillera del Rif, donde reposaban lagos anónimos.
Como aquellos vientos clandestinos, así me sentía. Quería huir, alejarme de todo lo conocido, dejar atrás los caminos recorridos por la civilización, olvidar los paisajes fatigados por la visión. Desaprender, desaprender, desaprender. Y para ello precisaba de un lugar indiferente a mi existencia, ignoto para mentes llenas de información, creencias y colores. Fue así como llegué a Chefchaouen, un pueblo azul, a cien kilómetros de Ceuta.

Fundada por Mulay Alí Ben Rachid en 1471, fue poblada por los andaluces, expulsados de España con la Reconquista. Situada en un enclave de difícil acceso, dominaba la ruta mercantil entre Tetuán y Fez, y servía como base para frenar la entrada e influencia de los portugueses de Ceuta. La ciudad estaba cerrada a todos los extranjeros, especialmente a los cristianos, hasta que fue ocupada por los españoles en 1920. Finalmente, la libertad volvió con la independencia marroquí en 1956.

Estacioné el carrito, saqué mi mochila, caminé hasta la Medina y me registré en un hotel. Los vientos clandestinos y las horas conduciendo me habían dejado exhausto, por ello, cuando llegué a la habitación, abrí la ventana, me tumbé en la cama, y el azul hipnótico, poco a poco, fue relajándome hasta ser presa del sueño, cómplice de una luna majestuosa que alumbraba la ciudad. Al día siguiente tomé el desayuno en la terraza del hotel, desde donde podía apreciar la Kasbah, fortaleza construida por Mulay Alí Ben Rachid, para defender la ciudad primero de los portugueses, luego de las tribus rebeldes bereberes y después de los españoles.

Lo primero que anegó mis sentidos al salir del hotel, fue el aire fresco de esa ciudad ubicada a más de 600 metros de altura, y dos gatos que parecían estar charlando sobre el tiempo. El nombre Chefchaouen (Xauen en español, según documentos del Protectorado), quiere decir en berebér: “mira los cuernos”, una suerte de homenaje a los dos picos que duermen en sus faldas, el Tisouka (2050 m) y el Megou (1616 m).

Luego, transcurrí por sus calles, sinuosas y estrechas, que se elevaban para volver a descender. Los vientos clandestinos soplaban por esas arterias azuladas, pletóricas de especies y crepitares de leña horneando el pan del día. Navegando entre burkas y turbantes, observé como los mosaicos árabes adornaban sus rincones únicos, y los hombres, bebían té y jugaban naipes en los cafés, ajenos a la vida de las mujeres, quienes estaban prohibidas de ingresar a estos.
De pronto percibí que me miraban, hablaban de mí en secreto, me atosigaban con preguntas. Aunque no entendía nada, imaginé algunas cosas y aceleré el paso, mi corazón se agitaba, y mi vista se perdía en la monocromía de sus paredes, en un dialecto que sonaba a una música que parecía ser palpado por mis oídos. Y en un momento desaceleré y empecé a caminar despacio, no pasaba nada, el que se perseguía era yo mismo. Me invadió una fascinación por que me observen, anhelaba que lo hagan y no me reconozcan, que me examinen y comenten, como si fuese un bicho raro. Percibí como los rumores soplaban como vientos secretos, como me perseguían por el mercado, desembocaban por las mismas calles que yo atravesaba, hasta que me encontraban, desprotegido y sólo en un callejón, y yo, sólo yo, les permitía que toquen mi alma, para que estallase dentro de mí una carcajada loca, clandestina.

Los escondites del Cronista Errante

La Kasbah y la Mezquita Jemaa Bouzafar

La Kasbah, que fue construida por Mulay Alí Ben Rachid, está ubicada justo en frente a la Plaza Uta el-Hammam. Recomiendo que visite sus jardines y el pequeño museo que alberga una modesta colección de armas antiguas, así como instrumentos, textiles y algunas fotos históricas de la ciudad. Al finalizar la tarde, ingresé a la pequeña mezquita Jemaa Bouzafar y desde Ras el-Maa podrá ver una magnifica puesta del sol.

Casa Hassan – Restaurante Tissemlal

Este hotel acogedor y de pocas habitaciones, está ubicado en pleno centro de la Medina. Por otro lado, su restaurante, el Tissemlal, es una excelente opción, no sólo por la sabrosa comida típica, sino por el cálido ambiente que otorgan la chimenea y los faroles. Además, las vistas desde la terraza son únicas y permiten a los huéspedes observar el trabajo de los chefs.

Recomendación: El tajine de cordero y pollo, el cous-cous y la ensalada marroquí.

Tarifas:

Habitación individual en media pensión entre 700 y 800 Dhs
Habitación doble en media pensión entre 850 y 1200 Dhs

1 euro equivale a 11.20 Dhs

Fotografía: El baraka.net

martes, 2 de marzo de 2010

Bangkok, Tailandia: "El mercado flotante"


El reloj marcaba las nueve de la noche, y ahí estaba yo, con un calor insoportable, en medio de la nada, observando como el chofer brincaba, haciendo señas con las manos en el borde de la carretera, intentando detener a cualquier otro autobús. Habían pasado dos horas desde que el nuestro se averió, cuando restaban sólo unos cuantos kilómetros para llegar a Rachburi. Parecía como si el mismísimo infierno me hubiese enviado esa maldición, después de estar quejándome mentalmente por el nivel de audio del televisor del vehículo.

Me paré de golpe cuando vi que otro autobús paró en la ruta. Nuestro chofer arregló con su colega, luego, el copiloto se volvió a nosotros y nos lo comunicó, yo no entendí nada por supuesto, pero por los gestos adiviné que debíamos subir de inmediato. Las luces internas –gracias al universo- estaban apagadas, caminé hasta el final del pasillo, tomé asiento, abrí la ventana y me quedé dormido. Una hora después, el olor a combustible quemado y el sonido del motor me despertaron. Habíamos llegado. A las doce de la noche, Rachburi, era un pueblo desolado, y la ausencia de algún cartel luminoso de hostal o bar, permitía pensar en lo difícil que sería encontrar transporte. Todas las personas que me acompañaron en la travesía fueron recogidas por familiares, excepto una señora obesa, que aguardaba pacientemente a mi lado. La ansiedad me devoraba de sólo pensar que me quedaría solo en esa calle que cruzaba aquél pueblo de trescientos metros de largo.

Me apuré en hablarle, pero lamentablemente, cualquier idioma distinto al tailandés parecía sonarle a lengua de otro planeta. Ella sonreía amablemente, pero negaba con la cabeza. De pronto, cuando apareció un tuk-tuk (una mototaxi), ella levantó la mano, y un hombrecillo delgado identificó a su señora y estacionó a nuestro lado. Me acerqué y vocalicé el nombre del hotel en Damnoen Saduak al que me dirigía. Él miró a su señora extrañado, ella se encogió de hombros y sonrieron a la vez. Le mostré la guía donde aparecía el nombre en tailandés, y por la forma como entornó los ojos pareció recordarlo. Mi rostro pálido volvió a tomar color, le rogué que me llevara y él accedió. Me senté en el lado derecho del asiento largo del tuk-tuk. El sobrepeso de la señora me obligó a poner la maleta de mi lado, y cuando el hombre giró a velocidad trescientos sesenta grados, pensé en las consecuencias siniestras si no lo hubiese hecho.

Mientras conducía por un estrecho camino asfaltado, la noche sólo me permitía ver siluetas de arbustos negros a ambos lados, que empalizaban campos de cultivo. Después de una hora de camino, por un momento pensé que no llegaríamos a ningún lado, hasta que apareció una calle grande, iluminada, pero absolutamente desierta. Después de dar una y mil vueltas llegamos al establecimiento que parecía más una tienda de abarrotes que un hostal. Cuando toqué el timbre, me abrió un tipo somnoliento y de bigote fino. Agradecí el aventón al hombrecillo del tuk-tuk, le quise dar unos bahts pero no los aceptó, hizo una venía amable y partió rápidamente.

El hotel no llegaba a media estrella, y el sujeto, hablaba un inglés muy malo, pero pudimos comunicarnos. Logré entender que dentro del costo de la habitación estaba incluido el paseo por el mercado flotante al día siguiente. Me comentó que a las cinco de la mañana tocarían mi puerta para iniciar la travesía, me dio un jaboncillo y una toalla celeste desgastada. El cuarto tenía dos camas individuales juntas, unas cobijas rosadas y un baño donde pude identificar la ducha por el orificio del piso. Me bañé con agua helada (no había agua caliente), y cuando salí me desplomé en la cama. Sentí que recién había cerrado los ojos, cuando golpearon mi puerta con fuerza. Me cambié, y cuando bajé, algunos turistas ya esperaban en recepción. Salimos del hostal, caminamos por las calles hasta llegar a un canal ancho donde había tres canoas esperándonos. Un grupo de irlandeses subieron a una, la pareja de japoneses a otra, y yo a la mía, con mi propio balsero, un lujo.

El balsero, que vestía camisa, shorts, sandalias y estaba coronado por un sombrero cónico hecho de paja, me comentaba que antiguamente los canales atravesaban todas las calles de la ciudad, pero la evolución en los años fue desapareciéndolos poco a poco. Remaba lentamente, con respeto, como pidiéndole permiso a esas aguas verdosas que habían transportado el comercio de la zona por siglos. La neblina, diáfana, me permitía observar un tipo de vida desconocido. En lugar de autos estancados en semáforos, aparecían a mi lado personas navegando hacia sus trabajos, niños trasladados al colegio en la canoa de su padre, frutas y verduras en camino hacia al mercado flotante donde nos dirigíamos.

De pronto el mercado flotante apareció ante mis ojos con sus canaletas delgadas, donde cabían hasta tres canoas a lo ancho. A medida que ibas transcurriendo por esas aguas mansas, a ritmo de los brazos del balsero, señoras en sus canoas te ofrecían sus productos. Las muestras de afecto con una fruta como muestra, las sonrisas, la entrega del dinero, el sonido de las voces del comercio, la cocina fatigando los arroces matinales, los colores, los sombreros, las flores, toda esa dinámica comercial acuífera se me hizo fascinante e insólito.

Luego de unas horas, el paseo había llegado a su fin, y regresando al lugar donde me recogieron, me sorprendí al ver entrar al mercado decenas de canoas atestadas de turistas que llegaban en buses desde Bangkok. En ese momento comprendí que había valido la pena dormir la noche anterior en Damnoen Saduak para explorar el mercado real, cuya espontaneidad se empezaba a desdibujar entre las nueve y diez de la mañana. Muchas tiendas de souveniers abrieron al unísono, un hombre, con el cuerpo forjado a pesas apareció con una boa en su cuello, y me ofreció una foto por 20 bahts. Cuando miré a mi balsero, este sonrió y dijo: “Time is money”.

Los escondites del Cronista Errante
El Gran Palacio


Este debe ser el primer destino de su visita a Bangkok. Tómese tres o cuatro horas para apreciar este conjunto arquitectónico de extraordinaria belleza que sirvió como residencia oficial del Rey de Tailandia desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XX. Los detalles de los templos y las esculturas mitológicas componen la historia, cultura y religión del pueblo Tailandés.Destacan el Dusit Maha Prasat, un vestíbulo construido en forma de cruz, la Residencia Chakri, de estilo europeo, donde se albergan las urnas funerarias de los reyes, y el Templo del Buda Esmeralda, una capilla real, ligeramente elevada sobre una terraza de mármol y rodeada de chedis dorados, tallas de elefantes y bailarinas. En su interior se encuentra la estatua de Buda tallada en jade de 65 cm.
Hotel Arnoma****

Rajdamri Road, 99 - Bangkok 10330 - TailandiaExcelente opción de la capital tailandesa, que se puede convertir en su base para los destinos del interior como: el mercado flotante, el templo de los tigres o la reserva natural de Erawan. Si no desea aventurarse a tener una estancia de una noche al lado del mercado flotante en Damnoen Saduak, puede contratar las excursiones que salen del mismo hotel. El sky train está a sólo cien metros, tiene uno de los centro comerciales más importantes justo al frente y el desayuno bouffet es muy bueno (está incluido en la tarifa). En la parte exterior del hotel podrá encontrar una piscina y una terraza con sombrillas y tumbonas.

Restaurante Mango Tree
37 Soi Tantawan, Surawongse Road
Después de un día ajetreado en Bangkok, dese un gusto en este restaurante de excelente comida tailandesa a buen precio (menús entre 300-700 bahts). La casa antigua es el marco perfecto para la exposición permanente de cámaras antiguas que tiene el restaurante. Se recomienda: el curry picante verde y rojo. 

Tolosa, España: "El carnaval es del pueblo"


Cuando sonó el despertador, me levanté y caminé hacia la cocina. Como se supone que el carnaval era la fiesta de la carne, le di la razón a la historia, y me preparé un buen desayuno; un par de huevos fritos con jamón, jugo de naranja natural, pan fresco y un café con leche bien caliente. La Real Academia de la Lengua, define carnaval, como esos tres días que preceden a la Cuaresma. Etimológicamente, de cuna italiana, proviene del latín medieval, “carnelevarium”, que significaba “quitar la carne” y que se refería, a la prohibición religiosa de consumo de carne durante los cuarenta días de la cuaresma.

Luego del banquete, me asomé a la ventana y ¡Sorpresa! Todo lo que podía ver, estaba cubierto de un manto blanco. Blasfemé mirando al cielo. Encendí el televisor, y en el noticiero anunciaban que la temperatura en Tolosa, oscilaría entre 2 y menos 3 grados. “¿Y los carnavales?” — Pensé. Me vestí como un visitante de los fiordos noruegos y salí de casa. Luego de unos minutos, llegué a la estación, y cuando tome asiento dentro del tren, que salía a las diez y treinta de la mañana, un par de payasos con trajes cuadriculados y sombreros con flores se sentaron a mi lado. Me miraban extrañados al ver que no iba disfrazado.

Cuarenta minutos después habíamos llegado a Tolosa. Su casco antiguo y la Iglesia de Santa María al fondo, parecían estar flotando sobre las mansas aguas del río Oria, que se había disfrazado de lienzo verde para que los montes nevados pudiesen apreciar su reflejo.

El día iba a ser bastante largo, así que dándole otra vez la razón a la historia, caminé a saciar mi hambre, antes de que el Miércoles de Ceniza se encargue de quitarme la carne. Llegué al café Errotatxo, y en la entrada, me recibió una comparsa de bebés, pero bebés adultos, con trenzas largas y abdómenes orgullosos. Simpatiquísimos.

Luego de comer un par de pintxos, me retiré, y empecé a transcurrir lentamente por la vía principal, convertida en un río denso, compuesto por las aguas de distintas regiones del mundo. Aguas convertidas en sonrisas africanas, castañuelas de Granada, lanzas de tribus de Papua-Nueva Guinea, kimonos de geishas y cascos vikingos.

Me impresionó ver a los 18,000 habitantes de esta ciudad, capital de Guipuzcoa entre 1844-1854, volcados en las calles, construyendo un mundo onírico, donde no hay espacio para lo imposible. Empecé a dejarme llevar por las aguas mágicas de ese río, mientras mi mente se atestaba de preguntas, ¿Qué hace la muerte seduciendo a una hippie?, ¿Cómo se dejó embarazar esa monja? Y nada menos que por el arzobispo. Y si una Jane en sobrepeso, se entregó a los brazos de un King Kong, ¿Por qué una niña no podría encarcelar por un día a su querida madre?

Navegando por ese río mágico, pletórico de emociones, perdí la noción del tiempo. Escuché las campanadas de la catedral que anunciaba las tres de la tarde. En ese momento entendí las protestas de la huelga estomacal y me dirigí a un bar a comer un par de pintxos más. Antes de entrar al bar una puerquita coquetona me lanzó un beso volado, le sonreí y ella rió conmigo.

De pronto, me toqué los bolsillos, dueños de sólo un par de monedas. Resignado y sin ganas de buscar un cajero automático, me dirigí donde una viejita a comprar unas galletas. Cuando llegué hasta ella, me di cuenta que era una niña, disfrazada de un célebre personaje callejero: Teresa González “La Pirula”. Una chocolatera que se ubicaba hace muchos años en el lugar que la párvula ocupaba. Debía haber sido famosa, porque descubrí que hasta una pintura en su homenaje le había dedicado la ciudad. Increíble.

Después de liquidar el paquete de galletas, observé que la gente se movía en masa. “¿Adónde van?” — Pregunté a un muchacho. “A la Plaza de Toros. Las vaquillas, las vaquillas” — me decía alejándose. Apuré el paso y llegué hasta la entrada, que tenía una placa en homenaje al centenario de la Plaza de Toros, fundada en 1903, y en donde también se rubricaba la importancia que el pueblo tolosarra daba a los carnavales.

Desafortunadamente no tenía dinero para ingresar, sin embargo, me comentaron que había entrada gratis para los que entraran por el portón que conducía al ruedo, pero eso sí, había que esquivar a las vaquillas que salían. “¿Qué tan grandes son? — Pregunté, “Pequeñas. Además, los cuernos están limados” — Respondió haciendo una mueca desdeñosa. Unas cien personas esperaban a que se abriera la puerta, cuando de pronto, la multitud comenzó a avanzar, como en una procesión, lentamente, sin prisa, hasta llegar al centro de la fiesta brava. Afortunadamente pude ver una de las vaquillas esperando detrás de la puerta, ansiosa por salir al ruedo. “¿Pequeñas?”— Dije para mis adentros. Decidí saltar a la tribuna y observar sin riesgos el espectáculo. Las comparsas bailaban, un arzobispo saludaba a las 5,000 personas que ovacionaban a los valientes.

De pronto, sonó la trompeta, y apareció la vaquilla. Miraba nerviosa de un lado a otro, con los cuernos erguidos, sacando su lengua rojiza, mostrando orgullosa ese lomo enlutado, capaz de matar de un infarto a cualquiera. El público enmudeció.

La vaquilla buscaba un punto de referencia, hasta que lo encontró. Inclinó su cabeza, hundió su pata delantera, lanzó barro húmedo hacia atrás, y se lanzó tras la capa roja del arzobispo. El representante divino empalideció al ver aquella bestia de 120 kilos que se le venía encima, comenzó a correr como loco, como si hubiese visto al mismo diablo, saltó el cerco de madera y cayó cómo un costal en el suelo de cemento pulido. Llegaron a socorrerlo y se lo llevaron en camilla. “Primera vez en la historia del pueblo que la Cruz Roja se lleva a un arzobispo” — Me dijo un corralero sonriendo.


Los escondites del Cronista Errante

Museo de Chocolates de Gorrotxategi
Calle de Letxuga 2, 20400. Tolosa.

En el pleno casco antiguo, Xaxu, es un museo confitero, que engloba las técnicas de trabajo de los confiteros entre los siglos XIV y XIX y da cuenta del desarrollo de las técnicas de elaboración de productos tales como el café, el chocolate, el caramelo, el helado, el batido y el alcohol.

Restaurante FrontónFrontón restaurante – Jatetxea. San Francisco, 4 1er piso – 20400. Tolosa.
Teléfono: 943 652941

De diseño modernista, basado en el Art-Decó, es un punto de referencia gastronómica en Tolosa. La apuesta por los productos locales (las alubias, las guindillas de Ibarra y los pimientos de Gernika) ha sido la clave para desarrollar una cocina tradicional muy actualizada.

Hotel Oria TolosaCalle Oria 2, 20400. Tolosa.
Tel: 2273-1035
Situado en el centro de la villa e inaugurado en el año 97, el Hotel Oria es un hotel que mezcla dos estilos. El primero, moderno y vanguardista; El segundo ubicado en una villa ajardinada, mantiene su arquitectura original de principios de siglo.
Tarifas:
Temporada Baja:

H.Individual (1 pax) 54,00 €
H.Doble Uso Ind (1 pax) 54,00 €
H. Doble (2 pax) 78,00 €
H. Triple (3 pax) 110,00 €

Temporada Alta (Carnavales - Navidad)

H.Individual (1 pax) 58,00 €
H.Doble Uso Ind (1 pax) 58,00 €
H. Doble (2 pax) 84,00 €
H. Triple (3 pax) 120,00 €

Fotografía: Carlos Modonese