jueves, 22 de octubre de 2015

Cashahuacra


Parecía un domingo cualquiera, en Cashahuacra, un caserío ubicado en una ladera pedregosa de Santa Eulalia.
“Ojalá vuelvan otra vez”, me dijo uno de sus pobladores. Sus palabras sonaban a esperanza vacía, quizá, por el cansancio de las promesas incumplidas. 
Ese domingo cualquiera cruzamos un puente que atravesó una zanja enorme, tan profunda como un cañón. Esa grieta profunda la produjo un huaico en el  2014. Marcó la tierra y la vida de estos pobladores.   

Los peruanos sabemos que esto del Fenómeno del Niño se repite cada 15 años, entonces, le pregunté a la presidenta del ONG Todo Suma, si saben que va a venir otro huaico por este cauce, ¿por qué siguen aquí? Ella sonrió como quien sonríe a la ignorancia. Estas familias están ubicadas aquí hace muchos años, me dijo. El año pasado nadie sabía que un huaico pasaría por aquí. Lo más importante ahora es censarlos y prepararlos en primeros auxilios, para que estén preparados para el Fenómeno del Niño de este verano. Y luego reubicarlos en algún lado. Eso es lo ideal. Por lo pronto, darles luz y esperanza.
“Ojalá vuelvan otra vez”, me dijo Jorge, un shipibo de 22 años, porque su familia, junto a un puñado de familias shipibas, fueron traídos desde la Amazonía por un político que les prometió educación, luz, agua y desagüe, a cambio de votos. El político obtuvo los votos, pero nunca entregó lo que prometió. Los dejó ahí, en esa ladera pelada.
 

Lo cierto es que no fue una mañana cualquiera en Cashahuacra.   
Debajo de esos techos de calamina que ardían sobre nuestras espaldas, nos reunimos con ellos para darles una charlas de auto liderazgo. En sus ojos se intuía una chispa de esperanza que quería encenderse. Al ver esas miradas, me avergoncé cuando esa misma mañana protesté por estar viajando a Santa Eulalia, un domingo, en lugar de disfrutar de un espacio en paz en mi casa.
Gracias por la invitación a Todo Suma, gracias por hacernos sentir que hay esperanza en la humanidad cuando sumamos estos pequeños detalles.
Ya en el bus, de regreso, viendo esas pinturas que hicieron los niños en sus paredes, recordé las palabras de Jorge: “Ojalá vuelvan otra vez”, me dijo. Y ahí. Ahí comprendí perfectamente a que se refería.




viernes, 5 de junio de 2015

Booktrailer- JAHUAY – Behind the Scenes 4




A solo un día de la presentación, recuerdo perfectamente esa noche: el eco de la canción de Bareto pegándose en cada rincón de ese sótano en el barrio Opera, en Madrid, el estudio fotográfico de un gran amigo, Erik. Brother, me decía alargando la "o", tú ponte a escribir los textos y consigue a la gente, después yo me encargo de la cámara y la edición. Su tono de voz era lánguido y vital al mismo tiempo, mientras se servía un poco de Mahou en el vaso.
Una semana después de ese encuentro vendría la crónica urbana.
Tú eres igualito al personaje vasco, le dije a un guitarrista callejero que encontré justo enfrente del Museo del Prado. ¡Te lo juro!, le explicaba la historia con detalles, pero más hablaban mis manos, porque a mi voz la había vencido la ansiedad. El sujeto movió las greñas rubias y sonrió (pocos dientes): despacio, por favor, español, poco, soy finlandés.
Luego, a conseguir a la perra. Y ese detalle de prestármela para la escena se lo agradezco a Gonzalo: sácala a pasear, hombre, que la pobrecilla solo conoce este parque. A la perra la hice caminar desde el barrio La Latina hasta la estación Banco de España. Media hora a buen ritmo, incluyendo sus meadas. A pesar de su tamaño de juguete, la perrita caminaba con una prestancia insólita por el centro de Madrid, cuello alzado y muy segura, como diciendo ya estuve por aquí. No sacó la lengua en ningún momento y al llegar a la estación de metro Banco de España, bajó por las escaleras y se puso al lado del finlandés como si lo conociera de toda la vida. ¡No! ¡Por qué te cortaste el pelo!, le dije al finlandés cuando lo vi. Hostia, tenía que salir bien en la película. De modo que, Erik levantó el pulgar: ya teníamos la primera escena.
La segunda escena se la debo a tres grandes personas, a Eduardo, un gigante del tenis de LA MUSA MALASAÑA y a Patricia (Pato, echo de menos nuestras caminatas al banco). Y a Lolo, la sonrisa underground diurna más simpática del barrio que le dio vida a la movida madrileña. Oye, Lolo, y me encantó que me pidieras quedarte con la camiseta de Iron Maiden. Era lo mínimo que podía hacer como gasto de producción. De la escena final, no voy a decir los nombres, solo mi reconocimiento total a ese par de actores de primera categoría.
Al chino Percy, muchísimas gracias por su talento en la edición. Y claro, a la cámara de Erik que, sin ella, este booktrailer no hubiese sido una realidad. Su único error es seguir siendo del Atlético de Madrid, pero yo lo quiero igual. Menos mal que llegó el cholo Simeone, hermano. En fin, gracias, Erik, gracias por las horas de calle entre Malasaña y Opera, por la música en los bares, por el brillo que te da tomarle fotos a Antón, por la Vespa descontrolada, por tu ojo atento y por ser, tú, pólvorita, nada más y nada menos.
Mi último agradecimiento es al escenario vivo del booktrailer, a la verdadera capital que nunca duerme. ¡Gracias Madri!



lunes, 25 de mayo de 2015

Los chispazos - JAHUAY – Behind the Scenes 3


Mas de uno me ha preguntado cómo crea el escritor. Pocos, menos mal, se han referido al proceso creativo como “debe ser una volada”. Cuando escucho cosas como esta solo sonrío de medio lado, porque si bien cada escritor tiene su propio proceso creativo; tomando notas en un café o en la sala de la casa mientras se escucha música, la mayor parte del proceso, si me lo permiten afirmar mis colegas, ocurre frente a la pantalla del computador. Es decir, cuando se ejerce el oficio; trabajando, como sentenció Picasso. Ahora, no vamos a negar que también existen los “chispazos”. Que nos sorprenden en los lugares menos pensados, en las sonrisas de personas desconocidas, en el ángulo de un bastón sostenido por una mano arrugada o en las reveladoras conversaciones que se filtran por las paredes de los edificios.

En mi caso, algunas de esas luces de inspiración se suelen colar, involuntariamente, en conversaciones con mi pareja, cuando ella parece descubrir algo raro en mis pupilas. Epifanías que aparecen en el aire. Sin mas. Y ahí, furtivamente, intento seguir la conversación con ella, como si nada hubiera pasado, pero ya es muy tarde cuando la densa laguna mental se ha apoderado de mí. Sin embargo, por ese “chispazo”, todo lo vale. A pesar de conocerla casi diez años y saber como soy, no siempre salgo triunfante de estas situaciones, depende mucho del período en que se encuentra la luna.
Los chispazos pueden sorprendernos en los parques, mirando el mar o paseando perros, en los bares, en cenas donde todo el mundo quiere hablar al mismo tiempo o en el baño, sagrado lugar donde nadie habla, refugio oportuno en ciertas reuniones sociales, donde uno está bien sentado, pero sin escribir. El oficio conlleva, para algunos escritores, cierta disciplina en los horarios. Algunos son diurnos, otros nocturnos. Pero los “chispazos” se introducen en la cabeza a cualquier hora, como estrellas fugaces que uno intenta amarrar en servilletas, la libreta o en las notas del Smartphone. Confieso que me gusta desafiar al hemisferio derecho a soltar su artillería creativa, como lo solía hacer en Madrid, en imanes de palabras (gran regalo de mis amigos Nuria e Idir), para jugar un rato, relajarme y no tomarme tan en serio el rol, el rótulo de escritor. 


En la calle Vizcaya, en la última cocina que tuve en Madrid, apareció el poema de Koldo de mi primera novela, JAHUAY. Un chispazo que comparto con ustedes en esta foto de mi archivo personal.

jueves, 14 de mayo de 2015

Hondarribia - JAHUAY - Behind the Scenes Part 2

Qué me habrá llevado a escribir una ficción en ese lugar donde parece que la erosión del viento se llevó hasta las emociones que viví. Me preguntaba esto mientras caminaba entre los escombros de Jahuay, pedazos de paredes grises y fríos, en donde con la velocidad de un trueno mi memoria rotaba imágenes del pasado: la casa con la bandera pirata, las caminatas en el río seco, las cometas de caña y seda bailando con las gaviotas por los aires y las excursiones al País de los Nombres. Nombres que ya se fueron y que tampoco volverán. En ese momento se me vino a la mente el instante en el que entré al hotel San Nicolás por última vez. Un hotel de cuatro pisos con balcones y marcos de madera azul pastel. Inclinado hacia delante como un juguete que tuviese vida. 

Hotel San Nicolás, Hondarribia, España

¡Ay Hondarribia!, así se llamaba ese pueblito vasco que me había recibido en el 2009, el año en que llegué a España. Ya no viene por aquí hace mucho tiempo, me dijo el mesero, al preguntarle por Koldo. Ese era el último lugar en que nos habíamos visto, cuatro años atrás, el mismo en el que nos reuníamos todos los viernes cuando, en lugar del frío invierno casero, prefería el calor de la charla en el bar. Salía de mi pequeño estudio dentro de ese viejo casco amurallado con el abrigo grueso, las manos en los bolsillos y el cuello levantado cubriendo hasta las orejas, para que no las alcanzará el viento helado del Cantábrico. Atravesaba esa placita medieval rodeada de casas de colores. Si me hubiesen elevando cien metros hacia el cielo juro que la plaza parecía el centro de un pastel de cumpleaños. 

 Hondarribia, España

Al entrar al bar del hotel San Nicolás siempre lo veía ahí: acodado, con una copa de vino en la mano y sus greñas escapando de la gorra rasta como anguilas amarillas.¡Ey chaval, ya estabas tardando! Le fascinaba escuchar reggae: me trae recuerdos en mis días en el Caribe, decía. Oye, tú no eres el que tocaba la guitarra en esta plaza en el verano, le pregunté la primera vez que lo vi en el bar de ese hotel. ¿Y tú, no eres el que se paseaba de una mesa a otra, buscando internet? Sí, ¡soy yo!, ¿y tu perrita, dónde está?; Hostia, ¿acaso no la véis? Yin estaba sentada sobre sus patas traseras y barría el suelo al mover la cola. Chaval, yo trabajé 10 años en un crucero que navegaba desde Burdeos hasta el Caribe, fue lo primero que me comentó Koldo con cierta urgencia, la primera vez que lo vi en ese bar. Cocinaba 15 horas diarias, hasta que me cansé. Lo mío es la música, tío. Yo trabajé en una multinacional en Sudamérica, la misma cantidad de años y la misma cantidad de horas, pero repartidas entre la oficina, mi casa y mi mente, durante los fines de semana. Sonrió, asintiendo con la cabeza mientras liaba un cigarrillo. ¿Dónde vives?, le pregunté, pero se quedó callado mientras movía el tabaco sobre el papel. No me respondió la pregunta hasta meses después: ven que te la enseño, me dijo una tarde sin mirarme. Cruzamos la plaza y señaló con el índice hacia la bahía de Txingudi. Esa barca, la del mástil roto. Esa es mi casa. Nos quedamos mirándola unos minutos. El viento helado nos obligaba a entornar las miradas. Koldo encendió el cigarrillo. A partir de ese día comenzó una historia de permanentes confesiones.   

Terminé mi copa de vino y antes de irme pregunté: ¿Sabes donde puedo ubicar a Koldo? El mesero negó con la cabeza y siguió limpiando los vasos. Salí del bar del hotel San Nicolás y caminé hacia la bahía, por última vez. Al día siguiente regresaría a Madrid y volvería a Sudamérica. No sabía cuando volvería a ese pedazo de tierra vasca donde sentía que restaba una tarea pendiente: despedirme de Koldo. Su barca con el mástil roto, tampoco flotaba más al lado de esos veleros blancos y ostentosos. 

Al pisar los bloques de paredes destruidas de Jahuay lo imagino a él, tocando la guitarra en ese malecón inexistente, a su perrita Yin recogiendo la limosna en una gorra rasta. Los veo como si realmente hubiesen pasado por Chincha, alguna vez. Y comprendí la razón por la que había decidido levantar una ficción ahí: Sendero Luminoso voló en pedazos esas casas, pero nunca destruirá a los corazones empeñados en no querer que los recuerdos se sumerjan debajo de la tierra.


jueves, 30 de abril de 2015

Chincha - JAHUAY - Behind the Scenes Part 1



Así como Juan Preciado, el inolvidable personaje del mexicano Juan Rulfo, volvió a Comala, un pueblo al sur de la frontera de Jalisco, para desenterrar su pasado y sus orígenes; yo volví a Jahuay, por primera vez, después de 30 años. Juan Preciado tenía un gran motivo: ir en la búsqueda del padre que nunca conoció. Yo, en cambio, no sabía con certeza por qué hice detener el auto en ese pedazo de tierra del litoral peruano, 30 años después.

En el cuento de Rulfo, un minuto antes de que Dolores Preciado exhalara su último suspiro le pidió a su hijo, Juan, quizá como una revancha póstuma, que vaya a Comala a buscar a su padre, Pedro Páramo: No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.

Nosotros volvíamos a la casa de mis padres, en Chincha, después de haber pasado un día de playa, cuando vi el cartel de Jahuay en la carretera Panamericana. Detén el auto, le pedí a mi hermana. ¿Para qué?, me preguntó. Ya no hay nada, ahí. Y, sí. Era cierto. Del barrio donde viví los primeros veranos de mi infancia (a finales de los setenta y comienzos de los ochenta), solo quedaban escombros. 


En el camino a Comala, Juan Preciado se encontró a Abundio, un campesino que le reveló tres cosas que Juan no esperaba oír: Qué él también era hijo de Pedro Páramo, que su padre ya había muerto y que vaya a visitar a Eduviges Dyada, íntima amiga de su madre, que lo acogería en su casa.

Mientras caminaba por Jahuay, entre esas colinas de desechos, paredes derruidas y pintarrajeadas con propaganda política de los ochenta, intenté reconstruir mi casa de muros azules con techo de guayaquiles, los caminos de conchas blancas, la pequeña iglesia; el barrio en el que un grupo de familias chinchanas se saludaba en medio del desayuno, corría detrás de las olas al mediodía y jugaba cachito en medio de cervezas a la hora de la luna.

 
No ve que casi sí eres mi hijo”, le dijo Eduviges a Juan Preciado. Y le confesó que en la noche de bodas ella tuvo que reemplazar a su madre (Me imagino a Juan levantando las cejas). El adivino Inocencio Osorio le había advertido que esa noche era Luna Brava, y que no se acostase con Pedro Páramo. Para no defraudar a su marido, Dolores Preciado le pidió a Eduviges, su mejor amiga, que la reemplace en el lecho nupcial. Tremendo encargo el de Dolores, y que no se pudo concretar: Pedro Paramo se quedó dormido, borracho de sueño. El pobre Juan que no tenía ni un día en Comala, ya se enteraba de la primera pieza del rompecabezas de la vida de su padre, un cacique despiadado que tenía hijos regados por toda la región.



 
A unos metros, al lado del auto, mi hermana me esperaba de pie, con las manos en la cintura. No me decía nada. Solo me observaba caminar con la mirada pegada al polvo. Yo sentía mis pies pesados por no poder reconstruir Jahuay. Era imposible. Ya no era Jahuay. No era mía. No era de nadie. ¿Qué pensamientos habrán pasado por las cabezas de esos terroristas, antes de destruirla? Fue ahí que recordé a Juan Preciado. No solo lo recordé, también pude sentir como se instalaba debajo de mi piel y descubría que en Comala no vivía nadie. Porque solo fantasmas le hablaban.  


jueves, 23 de abril de 2015

Equilibrio


Equilibrio. Sobre eso trataba la clase que debía enseñar en la universidad. El bus, el morado, el “todo Salaverry”, iba prácticamente vacío y por las ventanas entraba una brisa suave. Abrí el libro para empezar a leer la Parte 1: Equilibrio corporal. El deporte depura los químicos liberados por el estrés y favorece el equilibrio corporal. El bus frenó en seco en el paradero y yo me agarré fuerte del asiento para no deslizarme. Bajaron dos personas y subieron quince. Una de ellas, un poco subida de peso, se sentó a mi lado. Me acomodé en el asiento al sentir que su rabillo del ojo apuntaba hacia mi libro. No sé porque me sigue incomodando que la gente pose sus ojos en lo que leo, quizá, porque mi alma se siente leída. Parte 2: Equilibrio mental. La respiración es muy importante para el equilibrio mental, envía un mensaje al cerebro que dice: Todo está bien. Tranquilo. Fui ahí cuando lo vi subir, el pelo lamido y el ceño arrugado. Analicé su actitud corporal: el cuerpo erguido y unos brazos seguros cogían su guitarra. Pero su voz tenía un tono muy bajo y miedoso, incongruente con su postura firme. Vengo a alegrarles la tarde con tres huaynos. Rasgueó con fuerza el instrumento. Demasiada. Los pallares del almuerzo saltaron en mi vientre cuando de su garganta salió una estrofa brusca y desafinada. Seguí leyendo: La respiración acelerada remite a la época de las cavernas; se envía un mensaje al cerebro en señal de peligro y el cuerpo, automáticamente, detiene su flujo sanguíneo en el estómago y lo traslada a las extremidades. En el siguiente paradero bajaron cuatro personas y subieron veinte. Ya no veía al guitarrista, solo axilas húmedas encima de mí. El hígado, decía el libro, produce azúcar para darle energía a las extremidades, de esta manera, prepara al cuerpo para atacar o huir. El páncreas, para compensar ese exceso de azúcar en el cuerpo produce insulina, a veces insuficiente para el exceso de azúcar que libera el hígado. Yo respiré tres veces y miré hacia atrás, por si había algún asiento libre, pero el bus estaba casi lleno. Parte 2: Equilibrio mental. Comparándolo con las tuberías de la ciudad, en nuestra mente no hay una vía para el agua potable y otra para el desagüe. Nuestra mente posee una sola tubería, por donde transcurren los pensamientos positivos y buenos, pero, también, los pensamientos contaminantes, hirientes, destructivos. Cierro el libro y me vuelvo al músico que se disponía a comenzar su tercera canción. La cantó con los ojos cerrados y el mentón alzado, sin importarle quien lo estaba viendo, quien le daría dinero. Y eso me hizo recordar algo. Parte 3: Equilibrio emocional. Cuando la mente percibe la belleza que hay en los detalles, el agua dentro de nosotros se purifica, las emociones se equilibran y el cuerpo reduce la tensión, la respiración vuelve a su cauce. La gente seguía subiendo al bus, pero el cantante no miraba a nadie; solo él, él y su guitarra, que deslizaba sus notas sobre su voz fina, que relucía como su guitarra, un sol de madera que brillaba dentro de ese bus cargado de indiferencia. Antes de bajarme en la calle Cádiz, puse dinero en sus manos. No me dijo gracias, él seguía cantando, pero sí me miró. La sonrisa agradecida, sin ansiedad, libre. Equilibrada.

domingo, 19 de abril de 2015

Hoy cumplo 40





Hoy cumplo 40.
Hace 6 años decidí emprender un camino sin retorno.
Vámonos de aquí y vendamos todo. Yo no pienso estar a mi lado con un tipo que es infeliz, me dijo. Pero, ¿y mi carrera?; ¿Carrera, qué carrera? Si tú lo que quieres es escribir.
Decidí irme, no porque aquí no pudiese escribir, sino que necesitaba escapar de algunos casilleros. Y así fue. En el 2009, en plena crisis española, llegué a San Sebastián, en el País Vasco, para vivir en un pueblito llamado Hondarribia. A intentar que el aislamiento y un trabajo de medio tiempo en una agencia de viajes, me ayudasen a creer en aquello que yo consideraba en un momento imposible: Escribir ficción.
A mis 33 años ya había escrito algunas cosas, pero, ¿una novela? No tenía ni idea por donde empezar. Entendí lo que me dijo un mentor: “Escribe. Sin prisa. Escribe y lee. Y vive lo que tienes que vivir”.
Hoy tengo la certeza de no haberlo vivido todo, aunque puedo afirmar, con cierto entusiasmo, que un puñado de personajes me acompañaron en la soledad del café, bajo la luz de la lámpara. Y sus historias me han hecho comprender un poco más la vida.
Todo cae por su propio peso, escuché desde que era niño. Pero ya no creo en ese estúpido refrán. Al contrario, soy testigo de que todo cayó cuando el peso se fue. Cuando dejé de esperar.
Por eso, veo la portada de mi primera novela y parece que forma parte de la misma historia de ficción.

viernes, 27 de marzo de 2015

La esquina

Todo iba muy bien hasta que llegué a esa esquina.
Salí de mi casa a las 18:00 horas para encontrarme con un amigo en un café cercano. Para estos días calurosos del verano limeño, una hora agradable para dar un paseo y mimetizarse con esa atmósfera tibia y letárgica que envuelve al malecón de Miraflores. Cuando el sol, un gran ojo rojo, disfruta viendo como flotan las siluetas ennegrecidas de los que hacen parapente, péndulos humanos que sobrevuelan El Faro.
Pero dejémonos de tanta poesía y vamos a la historia. Llegué a una esquina del ovalo de la plaza Bolognesi (No voy a comentar nada de él, la foto es suficiente). 

Foto: Ovalo plaza Bolognesi, Miraflores. IMAVAL / Proyecto Burano

Lo que sí quería compartir con ustedes es que esa esquina es, quizá, una de la más apacibles de Miraflores. Para que los peatones puedan pasar, sobre la calle hay un paso peatonal marcado sobre un badén (rompemuelle para los peruanos, policía acostado para los colombianos, no los busquen en el diccionario, no existen, pero cómo me gustan estos sinónimos latinoamericanos, los nombres ya son un relato). Bueno, decía, a pesar de esa doble señal en el suelo de ¡Pare, Stop!, los conductores pasaban a toda velocidad y los carros se elevaban por los aires sobre los badenes marcados con paso de cebra. Además, cuando varios vieron que yo tenía la intención de cruzar, amagando con la rodilla levantada, cambiaron la marcha y apretaron el acelerador.
Esperé un buen rato hasta que un auto blanco se detuvo al verme, me hizo un ademán para que pasara y los demás, que venían detrás (es decir no podían pasar), se volvieron civilizados de un momento a otro. Hasta me sonreían los desgraciados. ¿Y ese carro blanco, por qué se detuvo así, de improviso, se habría dado cuenta de que la paciencia dignifica al ser humano? En fin, mientras cruzaba la calle lo miré de reojo y le levanté la mano agradeciendo el gesto, más que con gratitud con cierto miedo de que no me pase por encima. Cuando llegué a la otra orilla recién exhalé el aire contenido. El tipo del carro blanco también me levantó la mano y se desveló el misterio cívico, ¿Taxi, señor?   




Hoy volví a la universidad

Hoy volví a la universidad. No como alumno sino como profesor; no en Fundo Pando, en Salaverry, con pantalones un poco más formales que lo jeans desgastados, pero con una caminada que, quizá, buscaba imitar a los alumnos. Tan viejo no estoy (sonrisa estomacal). 
Miradas atentas, algunas inquisitivas, durante mi presentación en clase; en lugar de reglas de juego propuse un código de honor y todo fluyó hasta que vi el inevitable, relajado y desvergonzado bostezo leonesco, a lo Metro Goldwyn Mayer, de una alumna, felizmente, casi terminando la clase. 

Adrenalina a tope, sonrisas al final y en el bus de vuelta me dormí como en mis épocas de cachimbo, soñando un futuro.
Me despertó el aroma a Comandante Espinar. El chofer del bus ETUSA, lleno hasta la médula, me exigió el pago del pasaje. Yo le mostré el ticket de su bus a gas destartalado que anunciaba el cuidado que tenía del medio ambiente. No me dijo pie derecho, pero al partir su motor rugió como un insulto y su estela de humo me cubrió como lo hace la niebla miraflorina los días en que las cosas me salen bien.


 

miércoles, 18 de marzo de 2015

El Diez



 

Ni una michelada más, nada de Dobles X ni rodajas de limón dentro de Coronas, le dije al mesero. Acodado en la barra de un bar del aeropuerto bebía la última Coca Cola y no quería nada que tuviese recuerdo a Cancún. Tenía la cabeza entre mis dos manos, mirando sin interés un partido de fútbol; cuando de pronto, vi salir del baño a un gordito de pecho inflado con el mentón altanero y gafas negras. Delante de él, un sujeto pálido y musculoso, con una nariz tan afilada como la punta de un lápiz. El sujeto, rapado como un neo nazi, cargaba dos grandes maletas en las manos. El gordito, que iba con camiseta blanca y pantalón Adidas, no llevaba nada en la manos, salvo su celular, al que miraba todo el tiempo. El de nariz filuda giraba la cabeza de un lado a otro, todo el tiempo. Una actitud algo pretenciosa. Pero a pesar de los tatuajes sobre los músculos, cubiertos solo con un bivirí blanco (musculosa para los amigos de la península), al graffiti humano no lo miraba nadie. Me puse de pie de inmediato y los seguí, detrás, casi pegado a sus talones.

Coincidimos en la misma puerta de embarque del vuelo con destino Lima, que hacía escala en Panamá. Ya en la manga, a punto de entrar en el avión, estaban unos pasos delante de mí. Saqué de mi mochila, lentamente, mi cámara analógica. Me quedaba solo una foto por tomar: resoplé de alivio. La mayoría de las fotos de ese rollo las había tomado sin ganas, quizá, representaba lo que ese viaje a Cancún había sido para mi: un chicle al que se le agota el dulce en un segundo. México tiene lugares espléndidos y la Riviera Maya, también, pero a esa parte donde me tocó ir no la salvaba ni el mar de siete colores. Por sus calles solo transcurrían zombies hipnotizados por una música alta pero sin alma, tragos gigantes pero adulterados, rubias grandes pero infladas. Un paraíso de goma.

Pero ya no importaba nada, ¡tenía al Diez delante de mí! Y nadie lo había notado. Ni lo miraban. Diego estaba sentado sobre su maleta, con la espalda apoyada en la manga, la mirada en el piso. El guardaespaldas lo cubría con las dos piernas abiertas y los brazos cruzados. Corría el año 2002. No era el Maradona que vi en el año 81 en un partido con Alianza Lima en Matute, con la cabeza de borrego y bailarín de la cancha; pero, tampoco, el nuevo engendro de la cirugía plástica que vi hace unos días en la televisión, con labios carnosos y rosados. En esa manga de avión, en Cancún, el Diez estaba pasado de kilos; sin embargo, aún conservaba un destello de la expresión pícara del niño que corre detrás de un balón como si fuese un helado.


Foto: minuto1.com

Cogí mi cámara con las dos manos, pasé saliva y di un paso adelante. ¿Diego?, le dije. El Diez no levantó la cabeza, el guardaespaldas, en cambio, sí estiró el brazo tatuado (alcancé a ver uno de Sam El Pirata). ¿Adónde vas pibe? Contigo no quiero hablar, le dije, y me volví nuevamente al Diez. 22 de junio de 1986, minuto 55, segundo gol a los ingleses; julio de 1987, 75,000 hinchas asistieron a tu presentación pública en el San Paolo de Nápoles; 1979, campeonato mundial juvenil... Pará, me interrumpió el Diez. Dejá al pibe, le murmuró al tatuado, mientras se apoyaba en Sam El Pirata para ponerse de pie con dificultad. ¿De dónde sos?; de Perú, Diego, de Perú. Le di la cámara al guardaespaldas, que se sintió un poco tonto y lanzó la placa. Apenas me la devolvió, todas las personas de la fila comenzaron a caer como kamikazes. Al Diez le cambió la cara y el guardaespaldas estiró los brazos, que no le hinchen las pelotas al Diego, ¿ok? Ya en el avión, el Diez iba en un asiento con la mirada pegada a la ventana. Comía Doritos con ansiedad. Durante el vuelo fui al baño varias veces con el propósito de acercarme a él, pero el guardaespaldas, atento, levantó la cabeza y me fulminó con la mirada en todas las oportunidades. Desistí en todas.    


 Foto: Miguel Gutiérrez / EFE

Lo primero que hice llegando a Lima, lógicamente, fue ir a la calle Porta a una tienda Tu rollo en 1 hora. Lo dejé y me di quince vueltas seguidas por el parque Kennedy, haciendo tiempo antes de recogerlo. Cuando llegué a la tienda me di con una sorpresa: el dueño de la tienda, bajo y obeso como un cuy con dientes de platino, ya había colocado la foto revelada en la puerta de vidrio, en la misma entrada del local. Ahí estaba yo, en medio de personas que posaban con Gisela Valcarcel, Machín, Julinho, Eva Ayllón y Almendra Gomelsky. Me enervé tanto que arranqué la foto de la puerta y me fui del local, dejando todas mis fotos de Cancún, ahí, reposando en algún cajón de esa tienda Tu rollo en 1 hora.

sábado, 7 de marzo de 2015

El corcho




Muchas cosas pasan cuando estoy frente a ese corcho. Este fin de semana, apenas llegué a Chincha, entré a mi antiguo cuarto donde, salvo ese corcho, todo ha cambiado. Hace 23 años, cuando me trasladé a Lima para empezar mi vida universitaria en La Católica, le pedí a mi madre que no lo mueva nunca de su sitio. Me puse en cuclillas y me inmovilicé. Como siempre, percibí, extrañamente, como si fuese la primera vez que veía esas fotos. Las revisé una a una: el ceño fruncido y agobiado por tanta gente en un cumpleaños que celebré en Jahuay, donde solía veranear de niño; gafas negras y cuerpo erguido en las montañas de el Camino del Inca; curioso y alerta en los primeros campamentos de la universidad.
Vi la grieta en la pared, resultado del terremoto del año 2007 que, según mi viejito, fue la única vez en su vida que vio al “diablo calato”. Vi la grieta y volví a las fotos en el corcho. Proveniente del maravilloso árbol del alcornoque, el corcho tiene la noble tarea de guardar los vinos; y de guardar, también, lo mejor de nuestros años en esas fotos. Ahora, cuando hay poca suerte, el oxígeno se cuela en el corcho y avinagra los vinos. O como se dice por acá, los “pica” o siendo más coloquiales, los caga. De modo que, sonreí al ver las fotos, porque es como si la vida hiciese versiones diferentes de uno, cada cinco años. En una foto, de niño, tengo el pelo claro y lacio; en otra zambo, como un casco de moto; en otra aparezco comiendo una concha a la parmesana, los ojos abiertos, gordo y fofo; en la última, debajo a la izquierda, le doy una pitada a un cigarrillo, nada de bacán, al contrario, medio asustado, marginal y periférico. Y ya no quiero seguir mirando fotos. No. Siento un poco de vergüenza. 


Luego vi mi último corcho. El que tenía en Madrid. Ya no existe, pero sobrevive en una foto que tomé con el I-phone. En él hay una librería de Corrientes, Argentina. Una mirada de tigre me vigila. Y cuando me sentía estancado en mis horas de escritura, me volvía a un Vargas Llosa relajado, que me serenaba. Truman Capote, con la copa de champaña en los labios, era mi cómplice cuando andaba espeso y necesitaba quitar el corcho de una botella de vino. Pero también estaba Conrad. El gran Joseph. Su mirada grave y profunda me sugería que sea solemne con el oficio: vamos, tú puedes hacerlo mejor, Carlos. 


Al igual que el corcho que me espera siempre en Chincha, este lo guardo en el I-phone, porque quiero volver a verlo en unos años, más adelante. Seguramente vuelva a pasar por la nostalgia, la alegría y la vergüenza. Porque las versiones de uno mismo, como las aplicaciones del I-phone, siempre se actualizan.
Vi la grieta de la pared y vi las fotos del corcho. Y al volver a las fotos, como siempre, volví a ver la grieta.

domingo, 1 de marzo de 2015

Carnaval




En la terraza, el rincón más pequeño de la casa pero en el que más disfruto estar, arrastro una silla y pongo el tema de conversación. Ella se lleva la taza de café a los labios y no contesta a mi pregunta. No tiene ganas ni palabras. Se sienta mirando al sol. Yo también me siento a la mesa, en sentido opuesto, mirando al mar. A ella le gusta el sol, lo vio asomarse por la sabana durante toda su vida. Yo elijo el mar, donde pasé todos los veranos de mi infancia. Ella mira al este y yo al oeste. No words.

Durante los últimos días de febrero, el mes del carnaval, la muerte realizó su inevitable visita. Rozó a algunos pero, también, se llevó a varios parientes cercanos. Es rara la muerte. Y más aún en carnaval. ¿Acaso no es paradójico? Aunque reflexionando sobre el origen latín de la palabra descubro algo: “Carnelevarium” se puede traducir al español como “quitar la carne”, que hacía referencia a la prohibición religiosa de consumo de carne durante los cuarenta días de la cuaresma. La muerte se lleva la carne en febrero: Ahora si cobra algo de sentido.

Luego de la siesta, nuevamente en la terraza, el rincón más pequeño de la casa, pero donde suceden las preguntas más grandes, yo vuelvo a tocar el tema, ¿adónde ira el abuelo? Ella no responde. Pestañea y continua mirando al sol. Yo miro al oeste. Ella al este. Debe ser algo cómo cuando la nube se convierte en lluvia, le digo. No words. De pronto, en un momento, ella deja de mirar al este, gira su silla y se sienta mirando al oeste, al mar, donde justo en ese preciso momento el sol y el mar se funden. Y ahí, ella, me toma la mano.

jueves, 5 de febrero de 2015

Toño el de Cartagena



Fotografía: Cartagena de Indias / Patricia Patrón

Veinte años después, había vuelto a pisar una cancha de tenis de polvo de ladrillo. Fue en Bogotá, en el 2006. Mi suegro, Ricardo, rolo de nacimiento pero cartagenero de corazón, me invitó a jugar a su club, el Bogotá Tennis Club. Acepté algo indeciso, porque no jugaba hace mucho tiempo y porque no conocía a ninguno de sus amigos.   
Me encontré a un grupo de señores que jugaban dobles. Me saludaron de manera cordial, con el mucho gusto y demás, pero en algunas miradas percibía cierta preocupación. Uno de ellos, Jorge, se acercó a mi suegro y le habló al oído. Él hizo un ademán con la mano, como diciendo, “despacio”. No debí haber venido, pensé (mordiéndome los labios), estos tipos juegan seguido. De pronto, me alivió ver que los señores jugaban como yo. No eran buenos. Tampoco malos. Pero sí eran dañados, como dicen los bogotanos. No aplaudían las buenas jugadas ni guardaban silencio, por el contrario, durante el partido comenzaban a tomarse el pelo con un humor garciamarquiano, de un mordacidad desmesurada. A mi me dio gusto ver a mi suegro en ese contexto, jugando y luego observando desde el restaurante, sirviéndose unos tragos de vodka y montándosela a todos. Al final, sazonados por el licor y las bromas, se dirigían al sauna y conversaban unas horas más, adentro, al lado de un televisor gigante que solía pasar tenis o fútbol. Cuando salí del sauna, escuché que uno le decía al otro: Así que ese era Toño el de Cartagena. Y soltaban unas risas, largas e interminables. Más de uno se ahogaba en ellas. Cuando aparecía a la mesa, Alvaro, Canal y Tello notaron mi gesto fruncido. En ese entonces yo tenía dándome vueltas en la cabeza el cambio de trabajo y el cambio de ciudad. Se van a Medellín, se adelantó mi suegro. Tómese algo viejo Charlie, me dijo, ya cuando esté en Medellín pensará en eso. Ahora estamos aquí. Y yo no me podía quitar eso de la cabeza. No se ponga serio, hombre, me dijo Jorge Guzmán, el compinche de dobles de mi suegro, bajo y de barba tupida, ojos lúbricos y grandes, con la risa más estruendosa y simpática de todas. Ese es, pues, Toño, el de Cartagena, repetía entre risas; y mi suegro se inclinaba y me decía: Sabroso Charlie, llevándose el vodka a los labios.

Dejé el tenis a los 10 años cuando mi familia decidió, de manera inesperada, dejar Lima e irnos a vivir a Chincha, un pueblo costero a 200 kilómetros al sur del Perú. No fue algo voluntario. A mí me encantaba el tenis. Pero el día en que me aparecí con mi raqueta en el Complejo Deportivo de Chincha, todos me miraron como si hubiese llegado con un traje espacial. No entendía por qué, en el complejo había una cancha de tenis, justo al lado de las cuatro paredes de Frontón, donde mujeres, ancianos y niños le pegaban con fiereza a esa pelota de goma negra. Yo no los miré al pasar y me dirigí a la cancha de polvo de ladrillo; quería jugar tenis y ya está, por qué me miran así, sigan jugando su Frontón, ese deportucho, carajo, me decía. La cancha de tenis no estaba marcada con cal. Tarea prácticamente imposible porque parecía el desierto rojo de Namibia. La red estaba muy baja, con una curva en el medio y muchos huecos, como el calzoncillo viejo de un gigante. Ante la mirada atónita de todos, que me rodearon como si fuese a realizar alguna proeza, me puse algo nervioso y quise ensayar un saque. Al dejar caer la pelota de tenis, no botó. Se enterró en la cancha. Ese día empecé a jugar Frontón. 

Ricardo, cuéntale la de Toño; Jorge Guzmán le ponía la mano en el hombro a mi suegro, como buscando su aprobación. Un vodka más para el yerno, le pidió mi suegro al mesero.
Conocería a Toño, después, en uno de mis viajes a Cartagena, a la casa de playa de mis suegros. Toño era un burro con mirada melancólica (qué burro no tiene esa mirada) que se encargaba de jalar una carretilla para levantar la basura de la playa. Era un burro esbelto y eficiente, que además le gustaba llevar a los niños sobre su lomo. Aparentemente el calor cartagenero lo tenía un poco deprimido y, un día, se rebeló y no quiso volver a trabajar ni a llevar niños sobre su lomo ni nada. Andaba atado a una palmera, cabizbajo, moviendo las orejas para espantar a los mosquitos que invaden los manglares cartageneros a las 6 de la tarde.

Fotografía: Blog La CINEFILIA NO ES PATRIOTA

Pero durante nuestros años en Madrid, mi suegro sufrió de una operación en el estómago, que casi lo deja fuera de las canchas de la vida. Paula, su única hija y mi mujer, lo recordaba a cada instante en nuestro apart-estudio de Atocha, 90. No tuvo ni un día de sosiego hasta que pudo viajar a Bogotá a visitarlo. Ricardo, mi suegro, le decía que detestaba esa válvula asquerosa que salía de su estómago. Paula lo convencía para que le ofreciese mantras de amor a esa válvula maravillosa, que cumplía la noble función de mantenerlo vivo. La visita de Paula fue vital. En pocos días mi suegro recuperó el ánimo caminando todas las mañanas con ella, a paso lento, mientras hablaban como perfectos cómplices.

Mi suegro volvió a la canchas de tenis con el ánimo fortalecido y decidió, con inusual firmeza, crear la “Copa Toño”. En su primera edición, este verano del 2015, todos los amigotes del Bogotá Tennis Club viajaron a Cartagena a jugar la copa, pero a sobre todo mirar las puestas de sol con los vodkas en la mano; y a recordar a Toño el de Cartagena, cuya leyenda se encumbró en una asamblea de propietarios del condominio. Ahí se habían dado cita todos los propietarios para tratar algunos puntos de buena convivencia. Entre los puntos a tratar estaba la crítica situación de Toño. El burro se negaba a trabajar y la basura se acumulaba en la playa. No era flojo y no estaba enfermo, ¿por qué no se movía, entonces?, preguntaron los propietarios. Jairo, el guardián del condominio, un lugareño de piel morena, un conocedor de la fauna cartagenera, parecía un hombre especializado en psicología de asnos. Se sacó el sombrero vueltiao y miró al público con ligero rubor (Un rubor en un moreno pasa de oscuro a oscuro violeta). Debemos comprarle una burra, dijo con una voz apagada de tristeza. Mi suegro, que presidía la reunión, tomó la palabra: Estamos o no de acuerdo en dar una cuota extraordinaria para comprarle una burra a Toño. Para que recupere de una buena vez el ánimo, dijo con gesto grave. Todos los asistentes a la asamblea se miraron, levantaron los hombros, asintieron, y que lógico, pero que sea una buena burra, dijo una señora de rulos rubios con exceso de rubor en los labios. Ahí, todos rieron y esas risas se extendieron al club bogotano.   
Ningún propietario estuvo presente en el momento del encuentro de estos dos animales, pero Jairo, el guardián, comentó en la siguiente asamblea que fue un espectáculo hermoso. A partir de ahí, Toño volvió a trabajar mejor antes. Volvió a la vida.

Fotografía: Copa Toño, Verano 2015, Cartagena de Indias. De izquierda a derecha: Ricardo Muñoz, Rómulo Niño, Ismael Tello, Alvaro Rodríguez, Mauricio Canal, Adriana de Canal, Jorge Guzmán / Patricia Patrón  

LOGO COPA TOÑO 2015 / Cartagena de Indias

                       

lunes, 26 de enero de 2015

Qué no me ha pasado


Ayer, domingo, me sacaron la uña del dedo gordo del pie derecho. Completa. Me dolió mucho. Cuando la Providencia me toca la piel en un momento de paz no lo entiendo y, obvio, me quejo.
Pero la camioneta de un amigo me llevó hasta el pueblo más cercano, Curarrehue. Aunque prometió recogerme una hora después, fueron cinco horas en total las que esperé. Antes que nada, una quitada de uña no se la deseo a nadie. No tanto por la extracción de la uña como por la limpieza que hicieron debajo de ella. Había mucha tierra y cada pasada de algodón era como si rozaran la herida en carne viva de mis intestinos.
Después de la intervención médica, me senté en la sala de espera y llegó un hombre de paso lento. Al entrar al Consultorio Médico de Curarrehue se sentó a mi lado. Ni siquiera me saludó, solo se quitó el sombrerito que se lo quería patear por el dolor que tenía en el dedo. 
Al pasar unos minutos y ver como miraba el piso, le pregunté qué le había pasado. Que no me ha pasado, me respondió con una sonrisa neutra, leve. Quise volver a preguntar, que cosa le había pasado en la vida, pero preferí respetar el silencio y esperar a que me contara algo. No lo hizo. Y a usted, señor, ¿qué le pasó?, preguntó él. Momento perfecto para extenderme y decirle cómo había sido ese pisotón en la fogata, las “No disculpas” del tipo que lo hizo y, finalmente, mi dolor, extenso, variado, de colores. Un mierdón. 
El sujeto asentía con tranquilidad, como queriendo entender lo que me había pasado. Después de la explicación, no dijo nada. Señor, le dije. Mi nombre es Alejandro, corrigió. Alejandro, le repliqué, a mí ya me atendieron, puede pasar. Y él solo asintió, sin apurarse por nada. Qué le ha pasado a usted, le pregunté. Qué no me ha pasado, volvió a decir. Yo asentí, no quise preguntar nada más y miré el piso. Cómo él. Como si el brillo del sol sobre esas losetas sucias le dijeran algo. Te duele mucho, me dijo. Un huevo, le respondí. Él extendió la media sonrisa y se puso el sombrero. Por un momento pensé que algún viento del sur de Chile lo puso a mi lado para algo. Pero, ¿para qué? De pronto llegó la camioneta de mi amigo. Tocó el claxon y yo salí del centro médico. Adiós, Don Alejandro, le dije, pero él me siguió. Voy contigo. ¿Con quién?, le pregunté. Cruzó la carretera conmigo y le preguntó a mi amigo si lo podía llevar hasta el puente, a un kilómetro de ahí, agregó. Mi amigo dijo que sí, que no había problemas, y él subió a la camioneta. ¿Por qué no se quedó en el centro, acaso no tenía alguna dolecia, qué hacía en esa camioneta, con nosotros? 
Todo el camino lo observé por el espejo del copiloto. Alejandro miraba las montañas, con una sonrisa tranquila, contemplando el volcán Lanín y el vasto verde que cubre toda la zona de Curarrehue. 
Justo en el momento en que le iba a preguntar, qué le había pasado en la vida, él dijo que en el próximo puente debía bajar. Adiós, dijo, sin mirarme. Cruzó a paso lento la carretera, mientras yo me preguntaba por qué había llegado al Centro Médico de Curarrehue. 
Mira la cima del volcán Lanin, me dijo mi amigo, mientras yo solo recordaba a Don Alejandro diciendo, Qué no me ha pasado.