Mostrando entradas con la etiqueta Tailandia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tailandia. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de abril de 2010

Ayutthaya, Tailandia: "El linaje perdido"


Perdido. Así me sentía en ese bus colorido cuya televisión a todo volumen parecía no turbar a nadie, excepto a mí. Recuerdo que aquel ruidoso aparato proyectaba un programa popular, el típico formato de los sábados, un presentador al centro de un anfiteatro atestado con espectadores de ojos rasgados. Hasta que el conductor –gracias a Dios- detuvo el vehículo en medio de la carretera. En ese momento, abrió la puerta y todos comenzaron a descender. “¿Esta es la glamourosa Ayutthaya?” – Me preguntaba. El lugar parecía arrasado por la desolación. Cuando me asomé por la ventana pude ver un restaurante de medio pelo y escasas viviendas a los lados. No podía creer que ese era el destino de la “antigua y señorial capital de Tailandia” como referían los libros. “Y ¿Adónde se fueron todos?” – Decía mientras bajaba del vehículo.

Minutos después el bus partió. Una guía bajita, enjuta y sonrisa exagerada se dirigía a un centenar de turistas chinos, un grupo de gringos entraron a un restaurante a comerse todo lo que había, y yo, cruzado de brazos, desolado y perdido como aquel lugar, di unos pasos inconcientes hacia adelante. De pronto divisé una tienda con muchas bicicletas estacionadas en la entrada, crucé la vía y arrendé una. El dueño me comentó dónde estaba el templo más cercano. Me trasladé unos kilómetros hasta que vi el primero, dejé la bicicleta amarrada a un árbol y entré. Cuando levanté la vista, me quedé impactado por el tamaño de tres torres de forma cónica que parecían naves espaciales apuntando al azul del cielo. A su lado habían torres menores, algunas, parecían cortadas por la mitad, como si alguien, en años pasados, hubiese puesto una bomba.

Seguí caminando por ese mar de conos gigantes hasta que di con la estatua de un buda blanco cubierto con una manta amarilla. Su figura rebasaba los diez metros y parecía reposar tranquilo, apoyando su cabeza sobre su mano derecha. Más adelante encontré otro, tallado dentro de un árbol, como si quisiese salir de la misma naturaleza. El último que robó mi atención era imponente, cruzado de piernas, en posición de loto. Pasé mi mano por su porosa textura gris, bastante desgastada por el tiempo. La escultura, arte sobresaliente de los tailandeses, tuvo siempre la influencia del budismo, religión oficial del país. En casi todas las edificaciones sobresalía la presencia de un buda, como guardián eterno de aquellos lugares sagrados. Aproximadamente el 95% de la población profesa esta religión que vio sus orígenes en Tailandia en el siglo III a.C, cuando el emperador Asoka de la India envío misioneros a extender el credo que él había establecido en su reino.

De todos modos, me parecía que se respiraba cierta melancolía en todo el complejo, como si alguien le hubiese extirpado su alma. Los libros decían que en su apogeo, entre los siglos XIV y XVIII, su grandiosidad y lujo era comparable con el París de aquella época, sin embargo, a mí, eso me parecía una afirmación excesiva. Era bonito, sí, pero hasta ese momento se me hacía una ciudadela en ruinas, triste, desamparada, como un niño huérfano en aquel rincón del sudeste asiático. ¿Cómo pudo ser ésta la capital de Tailandia? – Me preguntaba.

A medida que iba recorriendo sus parajes, mis impresiones iban cambiando. Aparecían más torres, que a diferencia de las primeras (de carácter cónico), guardaban una estructura en forma de cúpula, labradas y talladas minuciosamente en ladrillo y piedra. Poco a poco, la antigua ciudadela me fue convenciendo de lo importante que pudo haber sido como foco cultural, y el gran puerto comercial en que se convirtió durante el siglo XVII. Por los tres ríos que confluyen en Ayutthaya (Chao Phraya, el Lopburi y el Pa Sak) navegaban las embarcaciones europeas, japonesas y chinas, cargadas con teca, azúcar, cueros, marfil, pieles y sedas.
Me fui alejando de ahí, y me crucé con un elefante tailandés que paseaba a unos turistas. Los elefantes, que en algún momento fueron dignos protagonistas del ejército del país, son en la actualidad explotados para el turismo.

Transcurrí por las calles, crucé un puente y llegué a un conjunto arqueológico. Era hermoso, no obstante, los restos - como todo lo que había visto - parecían ser parte de algo más grande aún. Decidí pagarle a un guía para que me contará un poco de la historia. Al cabo de un rato, me enteré que la ciudad fue duramente azotada por la guerra con un país vecino, Birmania. Todo lo que hoy se puede apreciar de ella, había sido cubierto de oro en sus años de gloria, cuando el reino de Ayutthaya era la capital. Desafortunadamente, la ambición de los birmanos los llevó a invadirla en 1569 (por quince años). Ayutthaya recuperó momentáneamente su independencia, pero finalmente, a mediados del siglo XVIII fue capturada, saqueada y quemada por el ejército birmano.

Después de escuchar la historia, entendí la desolación que se puede sentir en aquel precioso lugar. Parecía como si la tierra misma aún estuviese reclamando la gloria que siempre le perteneció. La gloria que jamás volvería a recuperar. Con aquel saqueo y con la deportación de la familia real a Birmania se perdió un linaje glorioso de cuatro siglos.

La tarde se iba extinguiendo e invitaba al sol a tomar un descanso. El cielo empezó a sangrar y ennegrecía la silueta de Ayutthaya. Por primera vez dejé de mirarla como las ruinas desoladas, vencidas por el tiempo, y quise imaginarla, como aquella capital esplendorosa de la cual hablaban con orgullo los tailandeses. Me invadió la nostalgia al saber que aquella ciudad, de excelso pasado, se convertirá en algún momento en olvido, como toda fama, como toda especie, como toda vida sobre la faz de la tierra.

Los escondites del Cronista Errante

Hotel Krungsri River
27/2 Moo.11.Rojchana Rd., Kamuang Ayutthaya. 13000 Tailandia.

No está ubicado en el centro, sin embargo, el precio es razonable, las vistas al río son fantásticas y el restaurante es bueno. Si decide movilizarse en coche, el hotel tiene aparcamiento. Un consejo: Hay un auténtico salón de masajes con una excelente relación calidad-precio. Lo dirige una madre y su hija. Sales por la puerta principal, gira a la izquierda y caminas 50 metros.

Tarifa: Desde 30 euros en temporada baja.

Y para comer….

Baan Khun Phra
48/2 Th U Thong, Ayutthaya, Tailandia


Dentro de una casa tradicional está ubicado este restaurante. Pequeñito, cálido y de buen servicio, donde podrá disfrutar de una excelente comida tailandesa frente al río, en el centro de Ayutthaya, cerca de los sitios arqueológicos.

Fotografía: Carlos Modonese

martes, 2 de marzo de 2010

Bangkok, Tailandia: "El mercado flotante"


El reloj marcaba las nueve de la noche, y ahí estaba yo, con un calor insoportable, en medio de la nada, observando como el chofer brincaba, haciendo señas con las manos en el borde de la carretera, intentando detener a cualquier otro autobús. Habían pasado dos horas desde que el nuestro se averió, cuando restaban sólo unos cuantos kilómetros para llegar a Rachburi. Parecía como si el mismísimo infierno me hubiese enviado esa maldición, después de estar quejándome mentalmente por el nivel de audio del televisor del vehículo.

Me paré de golpe cuando vi que otro autobús paró en la ruta. Nuestro chofer arregló con su colega, luego, el copiloto se volvió a nosotros y nos lo comunicó, yo no entendí nada por supuesto, pero por los gestos adiviné que debíamos subir de inmediato. Las luces internas –gracias al universo- estaban apagadas, caminé hasta el final del pasillo, tomé asiento, abrí la ventana y me quedé dormido. Una hora después, el olor a combustible quemado y el sonido del motor me despertaron. Habíamos llegado. A las doce de la noche, Rachburi, era un pueblo desolado, y la ausencia de algún cartel luminoso de hostal o bar, permitía pensar en lo difícil que sería encontrar transporte. Todas las personas que me acompañaron en la travesía fueron recogidas por familiares, excepto una señora obesa, que aguardaba pacientemente a mi lado. La ansiedad me devoraba de sólo pensar que me quedaría solo en esa calle que cruzaba aquél pueblo de trescientos metros de largo.

Me apuré en hablarle, pero lamentablemente, cualquier idioma distinto al tailandés parecía sonarle a lengua de otro planeta. Ella sonreía amablemente, pero negaba con la cabeza. De pronto, cuando apareció un tuk-tuk (una mototaxi), ella levantó la mano, y un hombrecillo delgado identificó a su señora y estacionó a nuestro lado. Me acerqué y vocalicé el nombre del hotel en Damnoen Saduak al que me dirigía. Él miró a su señora extrañado, ella se encogió de hombros y sonrieron a la vez. Le mostré la guía donde aparecía el nombre en tailandés, y por la forma como entornó los ojos pareció recordarlo. Mi rostro pálido volvió a tomar color, le rogué que me llevara y él accedió. Me senté en el lado derecho del asiento largo del tuk-tuk. El sobrepeso de la señora me obligó a poner la maleta de mi lado, y cuando el hombre giró a velocidad trescientos sesenta grados, pensé en las consecuencias siniestras si no lo hubiese hecho.

Mientras conducía por un estrecho camino asfaltado, la noche sólo me permitía ver siluetas de arbustos negros a ambos lados, que empalizaban campos de cultivo. Después de una hora de camino, por un momento pensé que no llegaríamos a ningún lado, hasta que apareció una calle grande, iluminada, pero absolutamente desierta. Después de dar una y mil vueltas llegamos al establecimiento que parecía más una tienda de abarrotes que un hostal. Cuando toqué el timbre, me abrió un tipo somnoliento y de bigote fino. Agradecí el aventón al hombrecillo del tuk-tuk, le quise dar unos bahts pero no los aceptó, hizo una venía amable y partió rápidamente.

El hotel no llegaba a media estrella, y el sujeto, hablaba un inglés muy malo, pero pudimos comunicarnos. Logré entender que dentro del costo de la habitación estaba incluido el paseo por el mercado flotante al día siguiente. Me comentó que a las cinco de la mañana tocarían mi puerta para iniciar la travesía, me dio un jaboncillo y una toalla celeste desgastada. El cuarto tenía dos camas individuales juntas, unas cobijas rosadas y un baño donde pude identificar la ducha por el orificio del piso. Me bañé con agua helada (no había agua caliente), y cuando salí me desplomé en la cama. Sentí que recién había cerrado los ojos, cuando golpearon mi puerta con fuerza. Me cambié, y cuando bajé, algunos turistas ya esperaban en recepción. Salimos del hostal, caminamos por las calles hasta llegar a un canal ancho donde había tres canoas esperándonos. Un grupo de irlandeses subieron a una, la pareja de japoneses a otra, y yo a la mía, con mi propio balsero, un lujo.

El balsero, que vestía camisa, shorts, sandalias y estaba coronado por un sombrero cónico hecho de paja, me comentaba que antiguamente los canales atravesaban todas las calles de la ciudad, pero la evolución en los años fue desapareciéndolos poco a poco. Remaba lentamente, con respeto, como pidiéndole permiso a esas aguas verdosas que habían transportado el comercio de la zona por siglos. La neblina, diáfana, me permitía observar un tipo de vida desconocido. En lugar de autos estancados en semáforos, aparecían a mi lado personas navegando hacia sus trabajos, niños trasladados al colegio en la canoa de su padre, frutas y verduras en camino hacia al mercado flotante donde nos dirigíamos.

De pronto el mercado flotante apareció ante mis ojos con sus canaletas delgadas, donde cabían hasta tres canoas a lo ancho. A medida que ibas transcurriendo por esas aguas mansas, a ritmo de los brazos del balsero, señoras en sus canoas te ofrecían sus productos. Las muestras de afecto con una fruta como muestra, las sonrisas, la entrega del dinero, el sonido de las voces del comercio, la cocina fatigando los arroces matinales, los colores, los sombreros, las flores, toda esa dinámica comercial acuífera se me hizo fascinante e insólito.

Luego de unas horas, el paseo había llegado a su fin, y regresando al lugar donde me recogieron, me sorprendí al ver entrar al mercado decenas de canoas atestadas de turistas que llegaban en buses desde Bangkok. En ese momento comprendí que había valido la pena dormir la noche anterior en Damnoen Saduak para explorar el mercado real, cuya espontaneidad se empezaba a desdibujar entre las nueve y diez de la mañana. Muchas tiendas de souveniers abrieron al unísono, un hombre, con el cuerpo forjado a pesas apareció con una boa en su cuello, y me ofreció una foto por 20 bahts. Cuando miré a mi balsero, este sonrió y dijo: “Time is money”.

Los escondites del Cronista Errante
El Gran Palacio


Este debe ser el primer destino de su visita a Bangkok. Tómese tres o cuatro horas para apreciar este conjunto arquitectónico de extraordinaria belleza que sirvió como residencia oficial del Rey de Tailandia desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XX. Los detalles de los templos y las esculturas mitológicas componen la historia, cultura y religión del pueblo Tailandés.Destacan el Dusit Maha Prasat, un vestíbulo construido en forma de cruz, la Residencia Chakri, de estilo europeo, donde se albergan las urnas funerarias de los reyes, y el Templo del Buda Esmeralda, una capilla real, ligeramente elevada sobre una terraza de mármol y rodeada de chedis dorados, tallas de elefantes y bailarinas. En su interior se encuentra la estatua de Buda tallada en jade de 65 cm.
Hotel Arnoma****

Rajdamri Road, 99 - Bangkok 10330 - TailandiaExcelente opción de la capital tailandesa, que se puede convertir en su base para los destinos del interior como: el mercado flotante, el templo de los tigres o la reserva natural de Erawan. Si no desea aventurarse a tener una estancia de una noche al lado del mercado flotante en Damnoen Saduak, puede contratar las excursiones que salen del mismo hotel. El sky train está a sólo cien metros, tiene uno de los centro comerciales más importantes justo al frente y el desayuno bouffet es muy bueno (está incluido en la tarifa). En la parte exterior del hotel podrá encontrar una piscina y una terraza con sombrillas y tumbonas.

Restaurante Mango Tree
37 Soi Tantawan, Surawongse Road
Después de un día ajetreado en Bangkok, dese un gusto en este restaurante de excelente comida tailandesa a buen precio (menús entre 300-700 bahts). La casa antigua es el marco perfecto para la exposición permanente de cámaras antiguas que tiene el restaurante. Se recomienda: el curry picante verde y rojo.