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domingo, 27 de junio de 2021

Caperucita roja

Eran las tres de la madrugada cuando la vi entrar a mi habitación. ¿Qué pasó, hija?
Un gato, papá. Un gato grande, me dijo con la mueca desbordada por el susto. 
No hay ningún gato, Samara, la consolaba, mientras pensaba en las posibles causas de esa pesadilla.
Se me vino a la mente el paseo en el parque del día anterior: 
"Ponte tu mascarilla, Samara", "Todavía no podemos jugar en los columpios, el bichito todavía esta por ahí".
También recordé el cuento de la Caperucita roja que le leí durante el almuerzo: en el momento en que el lobo perseguía a Caperucita, no pude evitar abrir la boca y mostrarle mis dientes, y Samara se abalanzó a los brazos de su madre.
Si le hacemos caso a Freud en eso de que los sueños son manifestaciones del inconsciente acerca de las experiencias que vivimos durante el día, puedo inferir que la Caperucita roja fue la causa de ese gato negro que Samara soñó.
Esto me llevó a indagar en el origen del cuento:¿Qué tendrían los hermanos Grimm en la cabeza para escribirle a los niños acerca de un cazador que le abre la panza al lobo y saca a la abuelita que se ha comido?
Parecía haber encontrado la respuesta cuando me puse a leer el ensayo infantil "Juguemos en el bosque" (@Jorge Gundemar, Casa de Cartón, 2017) que hace un profundo análisis acerca del origen de algunos cuentos de hadas.
En el de la Caperucita roja descubrí que el cuento de los hermanos Grimm era más inofensivo que sus versiones anteriores.
Por ejemplo, en la versión de Charles Perrault no existe ningún leñador y la historia termina con el lobo devorando a Caperucita roja. 
¡Y peor aún!, en la versión oral que se contaba en los pueblos de los Alpes franceses, a finales del siglo XVII, el lobo no se come a la abuelita, sino que la corta en rebanadas, las pone en un plato y se las da a Caperucita para que coma a su abuelita.
Si le hubiese contado a Samara esta versión, el gato negro, posiblemente, habría sido una orca asesina.
¿Qué hongos alucinógenos comerían los campesinos franceses para contar que un lobo cortó en trozos a la abuelita?
El ensayo cuenta que, por esos años en Francia, se daban las guerras de religión entres católicos y protestantes, y que el rey Luis XIV implantó las llamadas dragonadas.
¿En qué consistían las dragonadas?
"Consistía en que una familia protestante debía alojar y alimentar en su casa a una compañía de dragones (soldados). Estos dragones, mientras la familia siguiese siendo protestante, podía robar, vejar, torturar y hacer lo que les viniese en gana. Esta era la forma en la que se esperaba que los protestantes renegasen de su religión y se convirtiesen al catolicismo".
De modo que, al leer todo esto, comprendí que en mis almuerzos con Samara debía moderar mi actuación del lobo. Le diría, también, que no tenga miedo a esos gatos grandes de sus sueños, que no existen tales gatos. 
Nada es como parece, le diré en algún momento, cuando le explique que, lamentablemente, los seres humanos nos hacemos daño sólo porque pensamos que los que tienen creencias diferentes son como esos gatos grandes. 

Principito

Esta semana mi hija cogió de su estantería El Principito y me pidió que se lo leyera.
Samara tiene sólo tres años y me pareció extraño que quisiese escuchar la historia de un libro para niños más grandes.
Por las noches siempre le leo un cuento y, quizá, el haber escuchado varias veces las historias de la Sirenita, El soldadito de plomo, El zorro y la liebre, etc., la animó a pedirme que le lea la única historia que aún no conocía. 
"Creo que él aprovechó, para su fuga, una migración de pájaros salvajes". 
En el momento que abrí el libro me encontré con esta frase e inmediatamente caí en cuenta que yo nunca había leído El Principito. 
Luego de leer las dos primeras páginas recordé que, así como el personaje del cuento se frustró cuando las personas mayores, equivocadamente, llamaban sombrero a su boa comiéndose a un elefante, yo también me había frustrado de niño, al no entender el sentido de muchas cosas que se contaban en el libro.
Decidí hacer algo por Samara: Durante los últimos días he estado metido en mi estudio leyendo El Principito, tomando algunas notas para contarle la historia, de manera que pueda entenderla sin problemas. 
Lo cierto es que, mientras lo hacía, me emocionaba al comprender sus profundas reflexiones.
Descubrí que, al hacer algo por mi hija, también estaba haciendo algo por mí. 
Sin darme cuenta, estaba superando la frustración de no haber entendido una historia cuando tenía siete años y, además, dejando atrás esa vergüenza que sentía en mi adultez por no haber leído una de las grandes obras de la literatura universal infantil.
Tal vez esa temprana frustración de no entender la historia me indujo a dejar el libro en la estantería por cuarenta años, hasta que me hija me lo volvió a poner en las manos, hace unos días.
¿Cuántas veces nos puede pasar esto? 
Que la frustración nos obligue a abandonar el conocimiento de algunas posibles maravillas.
Seguramente mi hija encontrará sus propias frustraciones en el camino de la vida.
No sólo son inevitables, pienso, también, que son importantes para desarrollar el coraje de un ser humano. 
Sin embargo lo que sí me gustaría seguir impulsando es su creciente gusto por las historias. Que el no entender algo no frustre su imaginación, al contrario, que la impulse a hacer migraciones con pájaros salvajes que la inspiren con sus infinitas posibilidades.