viernes, 28 de mayo de 2010

Morro de Sao Paulo, Brasil: "Escondite del espíritu libre"


Me sentía algo agobiado, después de un mes en Salvador Bahía, la gran ciudad del noreste brasilero. La había disfrutado muchísimo, no obstante, anhelaba pasar a un estadio de mayor recogimiento antes de regresar a Europa. “Eu preciso ficar tranqüilo por dois dias” – le dije al mesero de un restaurante en el barrio histórico de Pelourinho, “Você conhece Morro de São Paulo”. Al inicio, pensé que el sujeto me estaba gastando una broma al sugerirme volar a la inmensa metrópoli paulista; pero de lo que el hombre me habló fue de un pueblo en una isla paradisíaca a unos cuantos kilómetros de ahí. Cuando le pedí que me explicara como llegar, me comentó que podía ir en avioneta o tomar un ferry bote. Luego de hacer una simple ecuación de costo y tiempo me decidí por la avioneta (20 minutos y 63 euros).

Esa misma tarde fui a una agencia de viajes y compré el ticket. Al día siguiente hice el check out en el hostal y tomé un taxi al aeropuerto de Salvador Bahía. Mi sorpresa fue enorme al ver que el vuelo no aparecía en las pantallas; salí a la calle, le pregunté al maletero lo qué pasaba y fue él quien me advirtió que los aerotaxis a Morro de Sao Paulo salían desde una pista de aterrizaje detrás, independiente a la del aeropuerto principal. Sólo tenía cinco minutos, así que corrí hasta llegar a la avioneta, la más pequeña en la que haya realizado un vuelo. Luego de veinte minutos de infarto aterrizamos en la isla de Tinharé, un manto verde tapizado de palmeras pletóricas de cocos. Una vez en tierra, el avión giró en un recodo y avanzó hasta encontrarse casi al lado de un hombre moreno con gafas de sol y una cachucha blanca tirada para atrás. No había nadie más aparte de ese sujeto que no hacía ningún tipo de indicaciones. El hombre inmediatamente ofreció sus servicios como carretillero (5 reis por bulto/2.25 euros aproximadamente); en fin, pagué sin dudarlo, mas luego me arrepentí por que mi pousada – a diferencia de la de los otros dos -se encontraba a sólo diez minutos caminando desde la pista de aterrizaje.

Dejé mis cosas en la habitación y luego pregunté a la anfitriona, una morena rolliza de trenzas cortas, como llegar a un buen restaurante. Ella respondió que había varios en la primera playa (las playas, gracias a Dios, tenían un orden consecutivo; y mi pousada, estaba ubicada en la tercera). Le di las gracias, me puse las gafas y salí por la puerta trasera. “¿Dónde va?”, me dijo, “A tomar un bus o arrendar una moto”. “Voce no tem idea”, respondió desnudando su sonrisa perlada. Me comentó que los vehículos motorizados estaban restringidos; debía ir caminado, esperar el burro taxi o el camión que pasaba una hora después. Yo asentí con la cabeza y fue ahí cuando comprendí por qué los jóvenes hippies eligieron aquélla isla como destino durante el período de la dictadura militar en Brasil a mediados de los sesenta. Su fama se extendió hasta convertirse en el escondite del espíritu libre; un refugio para aquellas personas que desean un ambiente natural, lejos de la polución y el comercio desaforado. Empecé a caminar por la tercera playa, una de las menos concurridas de la isla.

De modo que después de caminar unos minutos, tenía el corazón exaltado, no tanto por el esfuerzo físico como por las hermosas vistas de esas costas salvajes, tal vez, unas de las mejores del litoral brasilero. Recomiendo no perder de vista la isla de Caita frente a la costa de la tercera playa: un trocito verde que tiene sembrado, como si fuera una vela, un cocotero en el medio. Además, está rodeada de una barrera de corales donde la visibilidad para una buena tarde de snorkeling es más que recomendable.


Después de atravesar la segunda playa, llegué a la primera, en el mismo Morro de Sao Paulo; subí a la cima del montículo que le da el nombre al pueblo y que luce un faro en la punta. Desde ese lugar pude ver las bahías de las playas primera y segunda; en la cuales se concentra la mayor parte de los visitantes; atraídos por las olas, la cantidad de pousadas, los restaurantes, los deportes playeros o la juerga nocturna, que vive en la segunda playa como en ninguna otra. Las playas eran bonitas pero yo prefería la mía, la tercera: larga, salvaje y sin mucha gente.

Pero estaba solo; por ello, tengo que reconocer que en un momento, lamenté no haber reservado una pousada en la segunda playa. No obstante, también tenía claro que yo pasaría gran parte del tiempo leyendo o escribiendo, por eso me había decidido por la serenidad y la poca concurrencia de la tercera playa, “Ahora. Un poco de relax por la noche no le cae mal a nadie”, pensé, “¿Por qué las pousadas de la tercera playa en adelante atraerán a poca gente?”, me pregunté, “¡Si eran las más bonitas!”. Aún no lo sabía.


En fin; mi estómago rechinaba a esas horas de la tarde, y fue entonces que bajé del morro y recalé en “Strega”: una spaguetteria en pleno centro y a un precio fantástico. Cuando llegué, había cuatro muchachos en una mesa y una pareja en otra. Esta última discutía ardorosamente por el estúpido pero inevitable tema del sabor de la pizza. Los interrumpí con extrema delicadeza, “Disculpen, mi nombre es Carlos”, dije con una sonrisa de conejo feliz, luego proseguí, “Saben de alguna excursión al día siguiente”. El varón, luego de lanzar una mirada furtiva al enrojecido rostro de su mujer, pidió que me acercase a comer con ellos, “No es necesario”, le dije, pero él insistió con un rostro de “Sálvame por favor”. “Mi nombre es Pedro; y ella es María”, dijo; pero ella permaneció inmutable. Durante la comida, Pedro no paró de hablar de la isla de Boipeba: mi parada obligada al día siguiente. Cuando terminamos de comer, él me propuso acompañarlos a beber una caipifruta en la segunda playa; y como es lógico, no me negué; además, pensé que sería una buena cosa que mi presencia los ayude a reconciliarse, “Cómo me gusta justificarme”, pensé riéndome.

El rostro de la mujer seguía teñido de rojo, mas ya no por la discusión sino por las risas que ya habían aflorado después de un sinfín de esos furibundos combinados de vodka con sandía, melón, piña y papaya. Todo era risas, todo felicidad en ese momento; y además, una fogata se había encendido frente a nosotros y un grupo de niños y adolescentes hacía acrobacias en el aire y bailaba capoeira. “Os negros usavam a Capoeira para defender sua liberdade”, había dicho alguna vez Mestre Pastinha, como explicación del origen de esta suerte de arte marcial danzado. Los negros solían defenderse con ella de los colonizadores portugueses en los campos de azúcar y algodón. Luego ésta evolucionaría hasta convertirse en una expresión cultural de la fusión afro brasileña.

Mis ojos se perdían en esas velocísimas patadas que no llegaban, como por arte de magia, a tocar los mentones de esos muchachos. De pronto, María se volvió a mí “¿En que pousada estás alojado?”, “En una de la tercera playa”, “No podrás regresar a esta hora”, “¿Por qué?“, pregunté exaltado. Me explicó que la marea había subido hasta cubrir la tercera playa y el último camión que transcurría por el interior de la isla ya había partido hacía mucho rato. Lancé una risotada; las caipifrutas que tenía en la cabeza me despreocuparon, dormí sobre la arena y al día siguiente me despertó un sol infernal. Me levanté, escupí la arena que hormigueaba mis labios y caminé rápidamente hasta mi pousada. Era mi último día y no podía perder la embarcación que me llevaría a Boipeba. Luego, al volver de la excursión, pagué la habitación en la hermosa pousada donde nunca llegué a dormir. Las mareas de la madrugada me habían hecho comprender por qué la tercera playa no era la más concurrida.

Los escondites del Cronista Errante

¿Qué más visitar?….


Isla de Boipeba
Magnífico destino durante su estadía en Morro de Sao Paulo. El costo aproximado es 75 reis por dos personas (unos 33 euros) y vale la pena, por ser un paseo que toma todo el día. En Boipeba encontrará paz, calma, un pueblito pintoresco y playas aún más vírgenes que las de la isla de Tinharé. Inclusive algunos comentan que se trata de la Morro de Sao Paulo de los años sesenta.

Algunos tips en su excursión a la isla de Boipeba:

- No deje de llevar una prenda cortaviento: en la partida por la mañana puede que sienta frío.
- La excursión tiene una parada en un lugar de buceo de muy buena visibilidad (el problema: si no lleva equipo de snorkeling no podrá disfrutarlo ya que no arriendan equipos).
- No necesita de los “guías” que encontrará en la isla. Lo podrá hacer por su cuenta, dado que el pueblo es pequeño y está señalizado. Además, algunos suman a ese costo, un plato de langosta a un precio alto.
- Casi al final de la excursión, pasará por un lugar donde venden ostras. Guarde un dinerito, ¡1 rei (0.22 euros) por ostra! ¡Un regalo!
- Disfrute los paisajes de los extraordinarios manglares que verá desde la embarcación durante el regreso a la isla de Tinharé.

¿Dónde dormir y comer?….
Pousada Fazenda Caeira
3ª e 4ª Praia - Morro de São Paulo
Ilha de Tinharé - Cairú - Bahia - Brasil
55 75 3652-1310 – 55 75 3652-1042 (Terceira Praia)
55 75 3652-1561 – 55 75 3652-1447 (Quarta Praia)
contato@fazendacaeira.com.br

Una de las pousadas más antiguas de Morro de Sao Paulo, que además de poseer modernas instalaciones, posee una privilegiada vista de trescientos metros de playa y está rodeada de cien hectáreas de cocoteros. Como comenté líneas arriba, es un sitio calmado, lejos del ruido; sin embargo, si desean disfrutar de la noche en el pueblito de Morro de Sao Paulo (en la primera o segunda playas), el regreso por la costa será imposible: la marea sube por la noche. No obstante, el regreso por el interior de la isla es tranquilo y seguro, pero deben llevar linterna o mecheros por el denso follaje de la naturaleza.

Restaurante Tía Dadai

Después de ir a este restaurante localizado en la Vila (parte central de Morro de São Paulo) no querrá probar comida bahiana en ningún otro. Sencillamente exquisito. Las opciones son para dos personas y se recomienda probar más de una vez: moqueca y bobó de camarón.

Fotografía: Fuente, imagenes viajeros

martes, 27 de abril de 2010

Toulouse,Francia: "¿Ciudad de un solo color?"


“¿Y por qué Ciudad Rosa?”, le pregunté a un amigo que fui a visitar hace algún tiempo. “Demos una vuelta por la parte vieja”, propuso. Toulouse es la traducción al francés de Tolosa, nombre original con el que los romanos, en el siglo II Ac, bautizaron a esta ciudad francesa que brota del río Garona.

Lo primero que me impactó fue la calidez que transpiraba ese sinfín de vías antiguas tapizadas de ladrillo. La ausencia de la piedra, tan común en los cascos antiguos, no se echaba de menos en esa monocromía de fuego que acogía a los transeúntes. La ciudad me parecía rojiza; no obstante, mi amigo comentaba que a la hora del crepúsculo el color del ladrillo parecía mutar a rosa.

Caminábamos sin pensar, envueltos en ese sopor monocromático que no dejaba de calentar el inconsciente, hasta que desembocamos al Capitolio: un edificio que alberga un Ayuntamiento neoclásico y cuyo frontis domina la plaza más bonita de la ciudad. Un espectáculo para la vista.

Luego del café en la plaza principal, marchamos hasta el Templo de los Jacobinos, piedra angular del catolicismo que libró una batalla religiosa con los cátaros, fundadores de una forma de cristianismo divergente a la de Roma. El saldo de esta guerra de religión no solo fue la exterminación masiva de los cátaros; sino que también, acabó con la autonomía del entonces condado de Toulouse: en 1271 (y de ahí en adelante) el territorio quedaría anexado al reino de Francia.
Una vez dentro del Templo, levanté la cabeza y pude observar que de unas columnas parecían germinar unas nervaduras que se cerraban en unas bóvedas de ladrillo. Una belleza gótica que desafortunadamente, estuvo al servicio de la intolerancia de la Iglesia durante la Edad Media.

De modo que hasta ese momento, para mi desdicha, había palpado una realidad monocromática y mono-religiosa, dado que la romana, en esa época, era la única forma de concebir el cristianismo. Le pedí a mi compañero que me llevará a un lugar abierto, donde pudiera respirar aire puro. Transitamos unos metros hasta llegar a las orillas del río Garona. Y fue ahí que descubrí el Toulouse de hoy: una masa vital de todos los rincones del planeta, atraída no tanto por la oferta de universidades como por la demanda laboral que tiene la industria aeronáutica y espacial.

Por un grupo de mujeres que cuchicheaban a morir, no me fue difícil comprobar que el español era la segunda lengua más hablada (y pensar que la historia comenzó con los exiliados del franquismo). Antes y durante la primera guerra mundial habían llegado los italianos, y en los últimos años, americanos, ingleses, alemanes, latinoamericanos, y africanos: tunecinos, marroquíes y argelinos, en su mayoría musulmanes. A propósito, encontré dos de las cuatro mezquitas desperdigadas por la ciudad. Cuando observé la última, y la más grande, sonreí con desdén recordando que el gobierno de Suiza había prohibido la construcción de mirabetes en su territorio. “Qué ridiculez. Nunca dejarán a Turquía entrar a la Unión Europea”, pensé al instante. “¿A qué le temen?”, me pregunté, “¿A los turcos o a la expansión del Islam?”. Debemos reconocer, de una buena vez, que ya existe un Islam europeo: la mezcla es un hecho y en lugar de seguir viéndolos como una futura amenaza, deberíamos analizar como la diversidad podría beneficiarnos. En fin.

El crepúsculo moría y la luz del Pont Neuf apergaminaba la tierra. Frente a la lividez del Garona, comprendí que la diversidad cultural, sin duda, enriquece a una sociedad. Ahora, ¿Será lo pluricultural la razón por la cual Toulouse es hoy un referente de tecnología? De eso no tengo certeza, no obstante, puedo asegurar que esta Toulouse variopinta no guarda nostalgias por los sedimentos monocromáticos o mono-religiosos del pasado. Toulouse, entonces, ¿Ciudad de un solo color? Nunca más.

Los escondites del Cronista Errante
Hotel Heliot
3, rue Heliot, 31000 Toulouse, Francia

Ubicado a dos pasos del Capitolio y la línea principal de metro. Fred, el dueño, es encantador y maneja perfectamente el inglés y el español. Las habitaciones están completamente renovadas. Aunque no hay ascensor, este parecería ser un problema menor porque el edificio consta de tres pisos y porque Fred siempre estará dispuesto a hacerlo por ti.

Tarifa: 70 euros promedio año

Y para comer…

Le sherpa
Cocina: Crepería, Francesa
46 Rue du Taur, 31000 Toulouse, Francia
Intervalo de precios: 11-16 €

Un extraordinario ambiente familiar percibe quien visita este establecimiento que consta de un variado menú de crepes y tisanas. Son muy amables con la traducción al castellano. Ojo: Sea paciente, el sitio siempre está a tope.

Fotografía: Ouicando.net

Cajamarca, Perú: "¿Cómo un puñado de españoles hizo caer el magno imperio de los incas?"


Esto fue lo primero que cruzó por mi cabeza aquella tarde en la Plaza de Armas de Cajamarca. Los textos escolares peruanos daban cuenta de ello; sin embargo, esa tarde, con la temperatura lindando los 6°, la ansiedad por ir más profundo me quemó el gaznate con el primer sorbo de caldo de gallina. Detrás de todo; en ese rincón de los Andes, el cielo se teñía de un gris apocalíptico, que bien pudo asemejarse a la tarde de Noviembre de 1532, cuando el inca Atahualpa fue apresado por las huestes pizarristas en ese mismo lugar (en el actual norte peruano).

Me preguntaba cuáles habían sido las principales causas de aquél derrocamiento que marcó un giro trascendental en la historia de América y Europa. Los libros le atribuyen a los europeos, la aventajada tecnología en la actividad bélica: corceles adiestrados en una realidad pacífica de llamas y vicuñas o la pólvora de los arcabuces quemando los valerosos pechos indígenas de Manco Inca, Rumi Ñahui, Cahuide, Yurac Huallpa. Aunque me pareció lógico, no entendía cómo un grupo de aproximadamente 10.000 españoles hizo colapsar a un imperio de varios millones de habitantes; y cuyo dominio, se extendió hasta el río Ancashmayo (Colombia) por el Norte, el río Maule (Chile) por el sur, Tucumán (Argentina) al sur-este, toda la altiplanicie de Bolivia, la región selvática al este, y la totalidad de la costa del litoral.
El apocalíptico atardecer invitaba a las tinieblas a aplastar las realidades. Llegó la noche, y con ella mi abatimiento luego de largas horas de viajes en bus desde Lima. El oxígeno fresco y el cansancio me obligaron a abandonar mis interrogantes: al día siguiente, la luz aparecería para resolverlas. Después de saborear las últimas verduras del consomé andino, atravesé la Plaza de Armas hasta llegar a mi hotel; ubicado a solo unos metros de la Iglesia de San Francisco, monumento religioso tallado en piedra volcánica, y cuya primera etapa de construcción corresponde al siglo XVII.

Por la mañana, bien temprano, me dirigí al restaurante, el mismo en el que había comido la tarde anterior; pero esta vez, mi estómago agradecía la exquisitez de un desayuno cajamarquino: jugo de naranja, café con leche, pan fresco; y por si me quedaba con hambre, unos huevos con queso fresco de la región; sí, con queso blanco inmaculado del mejor ganado del país. Y es que Cajamarca es reconocida por la producción de sus lácteos: con menos de 200,000 habitantes (según censo del 2007), produce más de 200,000 litros de leche.

Dada su cercanía al centro de la ciudad, decidí ir caminando hasta el famoso cuarto de rescate, aquél donde fue llevado el inca luego de su apresamiento. Esa tarde de 1532, Atahualpa, levantado en andas, atendió la cita fijada por Pizarro. Días antes, este le había enviado con un emisario: dos copas de vidrio y una camisa; además del mensaje de ayudarlo a combatir los enemigos de su imperio. Sin embargo, el inca se asombró al encontrar una Plaza de Armas desierta; y cuando preguntó por lo españoles, apareció el cura Valverde llevando una cruz entre las manos. El sacerdote caminó a paso lento y seguro hasta ubicarse frente a Atahualpa, le entregó el evangelio y solicitó que se convirtiera al cristianismo. Después de un exacerbado cambio de opiniones, se escuchó el estruendo de la pólvora; y a este le siguió el ataque del ejército español. La emboscada fue un éxito y Atahualpa fue apresado. En aquella famosa habitación, se le obligó llenar dos cuartos de oro y uno de plata hasta la altura de su mano. De igual manera; el inca, acusado de adulterio y herejía, fue ejecutado.
¿Y qué hicieron los indígenas?, me preguntaba, ¿Se quedaron cruzados de brazos? Ese debió ser el momento para que un ejército incaico, indignado por lo ocurrido, se organizara y venciera a los españoles.

Salí de ese cuarto algo desconcertado y decidí relajarme un poco. Caminé hasta la calle Sabogal; tomé una combi, y luego de quince minutos, bajé en el distrito de Baños del Inca. Era ahí donde el inca tomaba sus baños termales. Luego de veinte minutos al aire libre, con el torso cubierto de aguas mineralizadas a setenta grados centígrados, decidí salir. En un estado de somnolencia, me quedé sentado en el borde de aquél foso, observando como exhalaba un vapor denso y cálido que se desvanecía en el aire.

En ese momento, extraje algunos textos de historiadores y cronistas de la mochila, y comencé a inquirir: “¿Qué otras razones hicieron colapsar el incanato? “
Si bien no podemos ser mezquinos con la ambición y coraje desmesurados de los conquistadores; así como tampoco pretendemos menoscabar las diferencias en cuanto conocimiento bélico se refiere; debemos reconocer que durante la llegada de los españoles por el norte, el imperio inca era testigo de una encarnizada batalla fraticida: Atahualpa asesinaba a su hermano Huáscar y se hacía con la totalidad del imperio. Ambos eran hijos del inca Huayna Cápac, quien había dejado el norte a Atahualpa y el sur a Huáscar. Y luego de esto: “Divide y vencerás”. Así reza el viejo adagio que fue seguido a cabalidad por la astucia castellana. De esta forma, los europeos, apoyaron, a los distintos bandos indígenas para conseguir su posterior desgaste. Además de esto, existía una desintegración entre los pueblos que habían sido anexados al imperio inca: los representantes de vastos señoríos, tenían sed de venganza tras haber sacrificado poder sobre sus tierras al ser sometidos por los incas. Por esto, creyeron a ciegas (para su desventura) en la palabra de los conquistadores cuando se les prometió que recuperarían sus privilegios. De modo que, la astucia hispana venció a la ingenuidad de un vasto imperio que ignoraba las gestas imperialistas en el Caribe y México. Como bien refieren los historiadores: “El imperio de los incas era un gigante con pies de barro”.

Los escondites del Cronista Errante

Donde ir….
Complejo arqueológico Cumbemayo

En la misma Plaza de Armas puede tomar las combis que van hacia Cumbemayo. Entre un bosque de piedras y el oxígeno más puro de los Andres a 3,500 msnm; podrá apreciar vestigios de altares ceremoniales y un complejo sistema de acueductos de culturas preincaicas.

Y para dormir y comer….
El Portal del Marqués
Tarifas: Habitación doble 50 €

Este hotel tres estrellas, ubicado dentro de una antigua casa colonial, ofrece además de una cálida atención, habitaciones muy cómodas y computadoras con servicio de Internet las 24 horas. Por otro lado, también es una buena opción para disfrutar de la gastronomía local.
El Querubino
Jr. Amalia Puga 589), Cajamarca, Perú
Teléfono: 51-076-340900
Intervalo de precios: 7-11 €

Ubicado a unos metros de la Plaza de Armas. Después de una memorable comida con lo mejor de la gastronomía basada en ingredientes del mar peruano, dese un gusto pidiendo un generoso coctel en el bar del restaurante.

Fotografía: Fuente, Flickr by Jorge Ar

jueves, 15 de abril de 2010

St. Jean-Pied-de-Port, Francia: "Anfitriona del peregrino"


Cuando llegamos a St. Jean-Pied-de-Port (San Juan Pie del Puerto en español), pequeña ciudad medieval, enclavada en la región de Aquitania, al sur-oeste de Francia, observé muchos árboles pelados que parecían tomarse, unos a otros de las ramas, para soportar los embates del frío.

Subimos por una cuesta, y observé desde arriba unos tejados, que parecían los sombreros rojizos de aquellas casas blancas, desperdigadas al pie de las montañas de los Pirineos Atlánticos.

Detrás de mi, como un riachuelo humano, caminaban los incansables peregrinos, que al igual que yo, se disponían a ingresar al casco viejo, punto de convergencia de tres rutas francesas (Tours, Vézelay y del Puy-en-Velay) pertenecientes al peregrinaje más importante de toda Europa, el Camino de Santiago. Antes de entrar, me volví nuevamente a los tejados rojizos, y observé el contraste con el aire medieval que se respiraba cerca de esa sólida puerta de piedra, que me daba la bienvenida a la ciudadela de St. Jean-Pied-de-Port.

De pronto, me entraron unas ganas enormes de charlar con alguien.

— Este es sólo el comienzo — Le dije a un tipo que estaba a mi lado.
— Restan 950 kilómetros para llegar a Galicia — respondió, con un acento español magullado.

Era delgado y tenía un semblante taciturno, como si recordase con nostalgia todo lo que se cruzase por su mirada.

— ¿Where are you from?— Pregunté.
— I´m from Ireland. Come on, let´s go.
— ¿Tienes dónde pasar la noche?
— No.
— Yo tampoco — Le dije algo desalentado.
— ¿Tienes shell?
— ¿La concha? Sí. Amarrada al cuello, como una cadena de perro.

Cuando descendíamos por el empedrado camino de la Rue de la Citadelle, giramos la cabeza a ambos lados y observamos a varios peregrinos ingresando a los bares o registrándose en los albergues. “Caminemos un poco más rápido que nos quedamos sin nada” — Le dije.

Llegamos a un lugar llamado: Amigos del Camino de Santiago, una casa donde nos dieron: mapas de la ciudadela, una lista de albergues, y el pasaporte del peregrino, un documento que sería sellado en cada ciudad del Camino, los siguientes veinte días, hasta llegar a Galicia.

Mientras avanzábamos, observaba como “la concha”, aparecía de diversas formas, en todos los rincones de aquella callecita; grabadas en las fuentes, como fósiles sobre los umbrales de las puertas, colgadas en las paredes, labradas en piedra o en hierro.

De pronto, encontramos un albergue disponible. Nos acercamos, tocamos la puerta, y apareció una mujer rolliza, de tez blanca, que desnudó su incompleta dentadura cuando nos mostró su sonrisa. Ambos le mostramos la concha que colgaba de nuestros cuellos (como la de su puerta), y nos hizo pasar a su morada, sin más. ¿Esta concha es magia pura? — Pensé.

St. Jean-Pied-de-Port, posee muchos albergues de distintos precios, desde 1 hasta 20 euros la noche, y en algunos, mostrando la concha sólo dejas una colaboración voluntaria. En la Edad Media, durante el s XII, cuando los peregrinos llegaban a Santiago de Compostela, objetivo final del recorrido, caminaban hasta las costas gallegas, y recogían de sus arenas, las conchas varadas por el mar, y se las colgaban en el cuello, como símbolo de haber ultimado el largo peregrinaje. Una vez expandida la costumbre, se convirtió en el emblema del Camino de Santiago.

Mi eventual compañero y yo, dejamos nuestras mochilas en la habitación, devoramos un buen plato de sopa caliente que nos ofreció la anfitriona, y luego, salimos a la calle.

— Mañana tenemos un día duro — Afirmé.
—Cruzaremos los Pirineos, y llegaremos a Roncesvalles, en España.
— Mira — dije —. Esa debe ser la pequeña Iglesia de Notre Dame. ¿Te animarías a entrar?
— Te espero en esa esquina — Me dijo señalando un bar.

Cuando entré a la Iglesia, encontré a varios peregrinos, que levantaban la mirada, escudriñando la fortaleza de sus columnas y el colorido de los vitrales. Percibí que la observaban, no como un lugar donde pudiesen hallar regocijo espiritual, sino como una reliquia curiosa, como un científico examinaría una anómala especie de anfibio. Una forma de apreciar muy alejada de lo que representaba para los reyes del medioevo, en pleno siglo XII. En aquella época: monasterios, iglesias, puentes, caminos, abadías, basílicas; eran los hitos del cristianismo, en un momento donde la presencia musulmana cumplía quinientos años de expansión en la península, y por ello, Sancho VII El Fuerte, rey de Navarra, impulsó el Camino de Santiago, levantando infraestructura en cada rincón, para que el peregrino no sólo transcurra por ella, sino también, de alguna u otra manera evangelice.

Cuando salí de la Iglesia, caminé hasta el bar, y encontré a mi amigo irlandés con una doble sonrisa.

— Une bière — Ordené al mesero.
Luego agregué:
— Oye. No te estaba obligando a entrar.
— Me querías llevar a tu rebaño. Apártate de mí — Me dijo. Acto seguido, soltó una carcajada.
Me quedé algo pasmado.
— Discúlpame. Soy ateo — Dijo.
— ¿Y qué haces en el Camino de Santiago? —Pregunté.
— Tengo motivos personales — Respondió con seriedad.
— Entiendo.
— ¿Y tú buscas indulgencias de la Iglesia? — Dijo en tono de sorna. Yo sonreí.
— Mis motivos tampoco son religiosos.
— Lo importante es encontrarse a uno mismo — Apostilló.

Bebí un gran sorbo de cerveza, y después de una larga charla, volvimos al albergue.

Durante la Edad Media, la Iglesia otorgaba las famosas indulgencias a los peregrinos que realizaban el Camino de Santiago. Una suerte de crédito hipotecario con que el cristianismo premiaba a los fieles que anhelaban lograr un pedazo de terreno en el cielo, sin intereses, y para la vida eterna. Sin embargo, los peregrinos sensatos, lo hacían como un medio de reflexión, para sanar culpas o aliviar penas irresueltas.

Al día siguiente, salimos muy temprano, cruzamos el antiguo puente sobre el Río Nive y empezamos a caminar por la Rue de Espagne, de gran importancia comercial durante la Edad Media, por su estratégica ubicación en la frontera franco-española.

Cuando los rasgos urbanos desaparecieron, encontramos el sendero para ascender a los Pirineos. Luego de dos horas, empecé a resollar y me detuve. El irlandés caminaba cuesta arriba, a pasos largos, sin mirar atrás. Antes de superar los 1,200 metros, lo vi muy lejos. En un momento, se volvió y agitó la mano, como si se estuviese despidiendo de mí. “¿Qué le pasa a este sujeto? Se supone que lo estábamos haciendo juntos”—Dije para mis adentros. Me sentí solo por un momento. Paré, dejé la mochila en el suelo y busqué como un desquiciado el I-Pod en uno de los bolsillos.

En ese momento se me vino a la mente una frase de JJ Rousseau: “Ser adulto es estar solo”. Cuando la leí por primera vez, no entendí el mensaje tan poderoso que se camuflaba en ella. Y eso fue lo que me pasó en ese momento, cuando vi alejarse al irlandés. A veces, precisamos de compañía para esquivar esos momentos de reflexión. Cuando aparecen esos incómodos encuentros con el pasado, buscamos el I-Pod para llenarnos de ruido, en lugar de escuchar la música que corre por nuestra sangre.

Luego de caminar kilómetros contemplando aquella alfombra verde salpicada de ovejas, me encontré con mi niño interno, ese que todos llevamos dentro. Lo cargué, lo abracé, y le dije “Ya está. Todo está muy bien”. No saben lo bien que me sentí.

Manuel Cruz en su articulo: La construcción social de la soledad, logró una frase brillante: “Nos sentimos solos cuando no importamos de la manera que querríamos importar a aquellos que nos importan”. Por eso les digo, a veces es saludable dejar de mirar afuera, y charlar con ese muchachito que llevamos dentro. Curemos esa heridita, que no solemos ver en el día a día, y que con los años, se ha convertido en un lastre innecesario. De este modo, cuando la soledad nos sorprenda, le demos la oportunidad a ese niño de ser nuestro mejor compañero de viaje.


Los escondites del Cronista Errante
Chez l´HabitantRue de la Citadelle 15. Tel. 0559370583
La decoración es básica, pero es una opción a muy buen precio, en el centro del casco viejo, donde percibirá esa atmosfera medieval tan especial, que acoge a peregrinos y no peregrinos. La habitación doble está alrededor de los 20€ y el desayuno está incluido

Restaurante Le Relais de la Nive2-4 place du Général de Gaulle, 64220, St. Jean Pied de Port
Tel. +33(5)59370422
Restaurante de comida regional, con una vista privilegiada del río Nive, en el centro de Saint Jean Pied de Port. Ofrece la posibilidad de comer a la carta o menú del día. Dispone de terraza en el exterior y está equipado para sillas de rueda. Precios medios en el año 2009: de 11€ a 25 € los menús.

Fotografía: Carlos Modonese

Ayutthaya, Tailandia: "El linaje perdido"


Perdido. Así me sentía en ese bus colorido cuya televisión a todo volumen parecía no turbar a nadie, excepto a mí. Recuerdo que aquel ruidoso aparato proyectaba un programa popular, el típico formato de los sábados, un presentador al centro de un anfiteatro atestado con espectadores de ojos rasgados. Hasta que el conductor –gracias a Dios- detuvo el vehículo en medio de la carretera. En ese momento, abrió la puerta y todos comenzaron a descender. “¿Esta es la glamourosa Ayutthaya?” – Me preguntaba. El lugar parecía arrasado por la desolación. Cuando me asomé por la ventana pude ver un restaurante de medio pelo y escasas viviendas a los lados. No podía creer que ese era el destino de la “antigua y señorial capital de Tailandia” como referían los libros. “Y ¿Adónde se fueron todos?” – Decía mientras bajaba del vehículo.

Minutos después el bus partió. Una guía bajita, enjuta y sonrisa exagerada se dirigía a un centenar de turistas chinos, un grupo de gringos entraron a un restaurante a comerse todo lo que había, y yo, cruzado de brazos, desolado y perdido como aquel lugar, di unos pasos inconcientes hacia adelante. De pronto divisé una tienda con muchas bicicletas estacionadas en la entrada, crucé la vía y arrendé una. El dueño me comentó dónde estaba el templo más cercano. Me trasladé unos kilómetros hasta que vi el primero, dejé la bicicleta amarrada a un árbol y entré. Cuando levanté la vista, me quedé impactado por el tamaño de tres torres de forma cónica que parecían naves espaciales apuntando al azul del cielo. A su lado habían torres menores, algunas, parecían cortadas por la mitad, como si alguien, en años pasados, hubiese puesto una bomba.

Seguí caminando por ese mar de conos gigantes hasta que di con la estatua de un buda blanco cubierto con una manta amarilla. Su figura rebasaba los diez metros y parecía reposar tranquilo, apoyando su cabeza sobre su mano derecha. Más adelante encontré otro, tallado dentro de un árbol, como si quisiese salir de la misma naturaleza. El último que robó mi atención era imponente, cruzado de piernas, en posición de loto. Pasé mi mano por su porosa textura gris, bastante desgastada por el tiempo. La escultura, arte sobresaliente de los tailandeses, tuvo siempre la influencia del budismo, religión oficial del país. En casi todas las edificaciones sobresalía la presencia de un buda, como guardián eterno de aquellos lugares sagrados. Aproximadamente el 95% de la población profesa esta religión que vio sus orígenes en Tailandia en el siglo III a.C, cuando el emperador Asoka de la India envío misioneros a extender el credo que él había establecido en su reino.

De todos modos, me parecía que se respiraba cierta melancolía en todo el complejo, como si alguien le hubiese extirpado su alma. Los libros decían que en su apogeo, entre los siglos XIV y XVIII, su grandiosidad y lujo era comparable con el París de aquella época, sin embargo, a mí, eso me parecía una afirmación excesiva. Era bonito, sí, pero hasta ese momento se me hacía una ciudadela en ruinas, triste, desamparada, como un niño huérfano en aquel rincón del sudeste asiático. ¿Cómo pudo ser ésta la capital de Tailandia? – Me preguntaba.

A medida que iba recorriendo sus parajes, mis impresiones iban cambiando. Aparecían más torres, que a diferencia de las primeras (de carácter cónico), guardaban una estructura en forma de cúpula, labradas y talladas minuciosamente en ladrillo y piedra. Poco a poco, la antigua ciudadela me fue convenciendo de lo importante que pudo haber sido como foco cultural, y el gran puerto comercial en que se convirtió durante el siglo XVII. Por los tres ríos que confluyen en Ayutthaya (Chao Phraya, el Lopburi y el Pa Sak) navegaban las embarcaciones europeas, japonesas y chinas, cargadas con teca, azúcar, cueros, marfil, pieles y sedas.
Me fui alejando de ahí, y me crucé con un elefante tailandés que paseaba a unos turistas. Los elefantes, que en algún momento fueron dignos protagonistas del ejército del país, son en la actualidad explotados para el turismo.

Transcurrí por las calles, crucé un puente y llegué a un conjunto arqueológico. Era hermoso, no obstante, los restos - como todo lo que había visto - parecían ser parte de algo más grande aún. Decidí pagarle a un guía para que me contará un poco de la historia. Al cabo de un rato, me enteré que la ciudad fue duramente azotada por la guerra con un país vecino, Birmania. Todo lo que hoy se puede apreciar de ella, había sido cubierto de oro en sus años de gloria, cuando el reino de Ayutthaya era la capital. Desafortunadamente, la ambición de los birmanos los llevó a invadirla en 1569 (por quince años). Ayutthaya recuperó momentáneamente su independencia, pero finalmente, a mediados del siglo XVIII fue capturada, saqueada y quemada por el ejército birmano.

Después de escuchar la historia, entendí la desolación que se puede sentir en aquel precioso lugar. Parecía como si la tierra misma aún estuviese reclamando la gloria que siempre le perteneció. La gloria que jamás volvería a recuperar. Con aquel saqueo y con la deportación de la familia real a Birmania se perdió un linaje glorioso de cuatro siglos.

La tarde se iba extinguiendo e invitaba al sol a tomar un descanso. El cielo empezó a sangrar y ennegrecía la silueta de Ayutthaya. Por primera vez dejé de mirarla como las ruinas desoladas, vencidas por el tiempo, y quise imaginarla, como aquella capital esplendorosa de la cual hablaban con orgullo los tailandeses. Me invadió la nostalgia al saber que aquella ciudad, de excelso pasado, se convertirá en algún momento en olvido, como toda fama, como toda especie, como toda vida sobre la faz de la tierra.

Los escondites del Cronista Errante

Hotel Krungsri River
27/2 Moo.11.Rojchana Rd., Kamuang Ayutthaya. 13000 Tailandia.

No está ubicado en el centro, sin embargo, el precio es razonable, las vistas al río son fantásticas y el restaurante es bueno. Si decide movilizarse en coche, el hotel tiene aparcamiento. Un consejo: Hay un auténtico salón de masajes con una excelente relación calidad-precio. Lo dirige una madre y su hija. Sales por la puerta principal, gira a la izquierda y caminas 50 metros.

Tarifa: Desde 30 euros en temporada baja.

Y para comer….

Baan Khun Phra
48/2 Th U Thong, Ayutthaya, Tailandia


Dentro de una casa tradicional está ubicado este restaurante. Pequeñito, cálido y de buen servicio, donde podrá disfrutar de una excelente comida tailandesa frente al río, en el centro de Ayutthaya, cerca de los sitios arqueológicos.

Fotografía: Carlos Modonese

martes, 30 de marzo de 2010

Ubud-Bali, Indonesia:"Ubud, centro cultural de Bali"



Al tercer día de playa, y con la piel reventada por el sol, el mesero del bar se me acercó.

- ¿Y usted no corre olas?
- No soy bueno –Le respondí, por no decir que soy malísimo-. Vengo a llenarme de historias para luego escribirlas.
- Está en el lugar equivocado – Me dijo-. Ubud. Allá tiene que ir.

Esa misma tarde hice el check out y fui a un Rent-a-car. Pagué una cantidad de rupias equivalente a quince euros diarios por una Susuki Samurai, y después de las explicaciones del seguro y las herramientas, subí al auto, encendí el motor y ¡Oh sorpresa! El timón a la derecha. Yo lo sabía, sin embargo, comprendí la dificultad una vez experimenté hacer los cambios con la mano izquierda. ¡Muy difícil! Cuando salí del establecimiento estuve a sólo unos metros de colisionar con una palmera. El sujeto de ojos rasgados y piel de corcho salió corriendo de su oficina y me hizo un ademán con la mano para que me pasara al asiento del copiloto. Me llevó a la estación de gasolina más cercana, donde llenó el tanque y me enseñó a retroceder bien y andar en primera. Logrado el objetivo, lo llevé de regreso al Rent-a-car, eché un vistazo al mapa que tenía en el asiento del copiloto y tomé la ruta con dirección a la montaña, al interior de Bali.

Poco a poco fui alejándome de las playas, los bikinis, el ruido de los bares, y las olas balinesas, por las que deliran los surfers del mundo entero. A medida que los kilómetros pasaban, me sentía más cómodo en el carro de timón cambiado, salvo inevitables excepciones, como cuando quería cambiar a segunda, y mi pie izquierdo, siguiendo la lógica occidental presionaba el freno en lugar del embrague. Me llovieron los putazos, sobretodo de los motociclistas que manejaban como diablos en medio de esos caminos que lucían ornamentos de caña y bambú.

Después de una hora de camino, recién me aventuré a intercalar la segunda y la tercera, el camino se fue alargando y la noche parecía querer sorprenderme en la carretera. La luz del día se extinguía, así como también los rastros de civilización, y a partir de ahí, sólo me acompañó un camino asfaltado que se perdía entre los cercos salvajes de bambú. La escasa luz me puso algo nervioso, me impedía observar el mapa con claridad, y decidí detenerme al lado de un niño con un burro que llevaba algunos costales de arroz sobre el lomo. Le di el nombre del lugar y señaló con la mano. “Por lo menos voy bien” – Pensé. En ese momento se me hacía difícil creer que algún hotel aparecería entre ese mar de chacras, por esto, seguí preguntando a todo aquel que me encontrara en el camino. Después de dar vueltas y más vueltas di con el lugar, entorné los ojos y leí el nombre al borde de la carretera: “Kupu-Kupu Barong”. Ingresé y estacioné el auto en un solar de gallinas y algunos cerdos. “¿Será que es acá? Esto parece una broma” – Dije para mis adentros con cierto escepticismo. Dos personas vestidas de blanco, impecables, me condujeron por un camino empedrado y llegué a una recepción con aire místico, de cuyo techo colgaban algunas lámparas de telas rojas y otras forjadas en paja, semejantes a nidos de aves.

Me dejé transportar por ese universo de detalles, cuyos contornos comenzaban a ser ocultados por la noche. Había llegado a Kupu-Kupu Barong, un hotel boutique en el corazón de Ubud, centro cultural de Bali, nido de artesanos y pintores locales, inspiración para algunos escritores contemporáneos. Sorprendiome ver a unos metros de la recepción, en medio de una piscina que perdía su horizonte en el bosque, un caminito moteado con pétalos rojos, blancos y rosados que daban a una mesa flanqueada por dos imponentes candelabros. “¿Y ese lugar?” –Pregunté. “A cada pareja del hotel se le asigna una cena romántica con atenciones especiales” – Respondió amablemente la recepcionista. Dibuje una mueca de asombro, levanté la mochila y caminé hasta la habitación, un bungalow que tenía en la terraza una piscina privada, donde pude reposar la espalda, destruida por el sol y la extensa manejada del día. ¡Merecido!

Al día siguiente, tomé el carro para visitar los impresionantes campos de arroz. La importancia de este cereal, imprescindible en la alimentación de los balineses, es evidente al observar el Subak, el complejo sistema de irrigación, un ecosistema artificial construido en forma de terrazas para un mejor aprovechamiento del agua. Además de ser el ingrediente esencial de la dieta local, la relevancia del arroz también se traslada a su religión, dado que forma parte de un ritual que viven a diario: las ofrendas, símbolo de agradecimiento a los dioses. Existen ofrendas de muchos tipos (de flores, frutas o trozos de la comida del día), sin embargo, una de las más comunes es aquella formada con la base de una hoja de plátano (o de cualquier otra planta) elaborada de tal modo que parezca una flor. Luego se colocan granos de arroz y florecillas de distintos colores en el centro, y finalmente se quema incienso en el momento de la oración. Esta pequeña obra de arte adorna pisos, entradas de casas o templos, y todo lugar donde se quiera rendir tributo a los dioses por las bendiciones con que colma a su pueblo. Las ofrendas son pues, una muestra no sólo del día a día religioso de Bali, sino también del arte que se practica a diario con las manos.

Después de observar los cultivos de arroz, volví a tomar el auto y visité algunos templos. En Ubud hay miles de ellos e incluso las familias construyen en sus propias casas templos hechos en piedra. Si bien el Islam es la religión oficial de Indonesia, el 90% de la población balinesa es hinduista. Sin embargo, lo practica de una forma diferente, dado que tiene matices animistas y se rinde culto a santos budistas. La reencarnación es herencia del hinduísmo, no obstante el animismo es mucho más antiguo en esa tierra, y basa su creencia en que absolutamente todo (incluso los objetos) tiene vida. Por esto, no se sorprendan si encuentran un árbol o alguna estatua vestida con un sarong ¡Ah! Y no intenten ingresar a un templo sin esta prenda sagrada, es una falta de respeto. Fuera de los templos encontraran tiendas atestadas de estas coloridas prendas que se usan como faldas.

De modo que regresando me detuve en el centro de Ubud, entré a un restaurante y pedí un Nasi Goreng, típico arroz balines compuesto de verduras y frutos del mar (Lo podrá encontrar hasta por un euro en algunos lugares). Después de comer, caminé unos pasos hasta llegar al templo Pura Bukit Sari, una joya arquitectónica y uno de los pocos templos grandes ubicados en el mismo centro de Ubud. De pronto apareció un simpático simio, luego otro detrás del primero, pero mi sorpresa fue enorme al ver que salían por montones de recovecos, grietas y de los mismos árboles que se confunden con esta maravilla labrada en piedra. Por un momento tuve la sensación de estar en un templo en manos de primates. Al cabo de un rato apareció el simio más grande, acercose a mí y me miró a los ojos de una manera extraña, como si estuviese leyendo mis pensamientos. Me quedé helado. Recuerdo en una entrevista de la escritora Rosa Montero al naturalista David Attenborough, cuando éste le confesó que uno de los momentos más conmovedores de su existencia fue cuando encontró a un gorila de las montañas, y los dos se miraron a los ojos y se reconocieron. Mi conexión con ese mono no fue tan profunda, no obstante puedo jurar que parecía estar pensando algo como: “Tú eres uno de los míos hermano”. Compré plátanos y se los empecé a lanzar, hasta que un lugareño me advirtió: “Entrégaselos de a pocos. La glucosa de la fruta les genera un vicio que los puede llegar a enrabietar”.

Días de muchas historias aquellos en Ubud. Comprobé que esa isla, como pocas en el mundo, es mucho más que playas, daikiris y buenas olas. Bali respira arte, gastronomía y religión de la manera más natural que un ser humano pueda percibir.

Los escondites del Cronista Errante

Templo Besakih
Conocido también como "el templo madre" por ser el más grande e importante de Bali, fue construido sobre las laderas volcánicas del Monte Agung (el punto más alto de la isla), y tiene sus orígenes en el siglo X. Según las creencias tradicionales, cuando los dioses descienden a la tierra se alojan en este templo. Declarado por la UNESCO como patrimonio de la humanidad, ofrece una impresionante vista en la zona más alta desde donde se puede contemplar el mar.

Hotel Kupu-Kupu Barong

Rodeado por 3 ha de jardines tropicales, tiene una espectacular vista del valle del río Ayung. Aunque no es una opción de bajo coste, considero que la experiencia es ideal para los viajeros más expertos, aquellos que desean disfrutar del auténtico Bali. Mímese con todos los tratamientos que ofrece.

Y para comer….

La experiencia gastronómica de Bali ocurre a diario en casas y palacios. Pregunte en su hotel o en cualquier alojamiento, que días ocurren las ceremonias públicas en Ubud. Las familias normalmente preparan días antes, una docena de platos a gran escala para esas celebraciones.

Cafe Wayan
En la misma calle del bosque de los monos. Ofrece menús de comida balinesa todos los días, no obstante sugiero que lo visite cualquier sábado por la noche, preparan un buffet enorme, un verdadero festín.


Fotografía: Carlos Modonese

martes, 23 de marzo de 2010

Providencia, Colombia: "Un paraíso llamado Providencia"


Partimos desde Bogotá, capital colombiana, hacia la isla de San Andrés. Dormía yo plácidamente, sin esperar nada del mundo, hasta que el avión comenzó a descender. Fue en ese momento que abrí la ventana, y observé por primera vez el mar del caribe colombiano. Mi boca se abrió lentamente, como si quisiese tragar aquellas imágenes para que el inconsciente las haga aparecer en los sueños. Mis pupilas absorbían las distintas tonalidades del mar, donde cabía la ilusión de estar viendo lagos turquesas superpuestos en un océano infinito. Aterrizamos en San Andrés, pero no para quedarnos, sino para tomar el trasbordo en una pequeña avioneta que llevaría a sólo quince privilegiados, hasta una isla aún más pequeña, un paraíso llamado Providencia.

Como si todo hubiese sido urdido milagrosamente, me encontraba leyendo el retazo final del microcuento de Julio Cortázar llamado “Historia verídica”.

“A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora”

Resolví en ese momento buscar en mi pequeño diccionario el significado de la palabra Providencia, y encontré que la primera definición que le otorgaba la Real Academia Española es: El cuidado que Dios tiene de la creación y sus criaturas. Fue en ese momento que encontré todo el sentido el haber llamado Providencia a este punto verde, que pareciese querer esconderse de todo aquello relacionado a “desarrollo” o “desarrollo sostenible” como le llaman ahora. Ocultarse para permanecer intocable a través del tiempo, como un secreto de pocos, porque en la genética de las cinco mil personas que la habitan está grabado el sentido de la preservación, un anhelo que surge desde el significado de su nombre, Providencia.

La avioneta sobrevoló aquella isla de 17 km2 de abundante en vegetación que parecía haberse posado sobre el turquesa más claro del océano. Sus montañas, semejantes a unos volcanes verdes, lucían en sus faldas unos techos de casitas que imitaban el color del mar.

El piloto, que inclinó la avioneta hacia un lado, inició el descenso y logró un éxito abrumador luego del aterrizaje. Las quince personas que estuvimos ahí, aplaudimos a rabiar. Un gesto de sobrevivencia si tenemos en cuenta lo diminuta que resultó ser la pista de aterrizaje. ¡Y el aeropuerto!, muy semejante a una cajita de cartón, pero abierta.

Afuera un taxista se me acercó. Era un moreno alto y pelo cano ensortijado que se apuró en extenderme su mano. Pude sentir su piel callosa, de años de tierra y sol. Mientras conducía hacia el hotel, me hablaba en un dialecto ininteligible. De a pocos fui entendiendo algunas palabras, y comprendí que su idioma era un inglés con matices isleños (creole english). De pronto, lancé un fuerte resoplido debido a ese calor infernal que mordía mi cuello y las orejas, y el hombre me ofreció tomar algo. Así que paramos en una pequeña caseta ubicada en un muellecito. Mientras bebía una cerveza fría, escuchaba que de la radio del auto salían las tonadas del gran Bob y a unos metros un niño con las trenzas de un rastaman jugaba descalzo en un muellecito.

“…Said said, said I remember when we used to sit. In the government yard in Trenchtown. Oba, ob-serving the hypocrites. As they would mingle with the good people we meet. Good friends we´ve had, oh good friends we've lost along the way. In this bright future you can't forget your past. So dry your tears I say. No woman, no cry…”

La música de Marley me conectó con el espíritu de aquél lugar, y una vez en el hotel, dejé mis cosas en la habitación y me arranqué la ropa como el propio increíble Hulk. Luego bermudas, camiseta, sandalias ¡Y a la calle! Arrendé una moto y empecé a recorrer las playas de la isla, cada una mejor que la anterior. Primero llegué a Agua Dulce, luego recorrí Sur Oeste y al final de la tarde estuve en Manzanillo, una playa donde por la noche tuve la suerte de ver tocar un par de bandas de reggae latino en el Bar “Rolando”.

Al día siguiente por la mañana, llegó la embarcación que nos llevaría a bucear. Una marea ondulante de montañas verdes aparecía ante nosotros cuando nos alejábamos de esta isla, que alguna vez fue astilladero de Sir Henry Morgan o el Pirata Morgan, quien con el consentimiento del gobernador de Jamaica y la Corona británica realizó ataques marítimos contra las posesiones españolas en Santiago de Cuba, Puerto Príncipe, Maracaibo, Portobelo, Santa Marta y Panamá. Después de una hora, la lancha se detuvo, nos pusimos el equipo de buceo y previas recomendaciones empezamos a descender a un mundo ajeno, donde el tiempo parecía respirar a un ritmo más lento. Cuando tocamos tierra, observé a mi lado la barrera de coral semejante a un muro enorme, poroso y amarillo, que servía de fondo a una peregrinación de peces azules, mientras el sol filtraba sus rayos en el agua. La claridad hacía perfecta la visibilidad y permitía observar los distintos colores de las algas, rayas, peces y corales. Luego de una hora de magia en ese mundo desconocido ascendimos lentamente, subimos a la lancha y volvimos al hotel.

Luego de comer un congrio acompañado de arroz con coco, tomé una siesta, y por la tarde salí a hasta la playa. De pronto, cuando me disponía a recoger un mango del suelo, una moto se detuvo y se ofreció llevarme (En Providencia la gente es amable y si te encuentras caminando en el mismo sentido de los vehículos, basta levantar el dedo para que ellos se detengan). La moto me dejó en la playa y yo caminé unos metros hasta llegar a Richard´s Place, el bar de Richard, un auténtico rastaman que me preparó un mojito superlativo y con quien disfruté una buena charla bajo la atenta mirada del sol que tornaba violáceo el horizonte.

Mientras el sol se ocultaba, le pregunté a Richard: “¿Qué más hay para hacer en la isla?” “Nothing (Nada)” – Respondió a secas. Yo asentí con la cabeza, y al ver que no agregaba nada más, empecé a reír, y él rió también agitando las trenzas de su cabeza. Cuando escuché esa sabia respuesta, recordé un artículo de Xavier Guix que decía:

“Occidente se ha especializado en la capacidad de transformar el mundo, mientras que en Oriente ha predominado la contemplación, la aceptación de la vida como es”.

Mi realidad era Providencia en Colombia, no el Oriente, no obstante, después de escuchar la respuesta de Richard comprendí que eso era lo que debía hacer los siguientes siete días que me quedaban en aquella joya caribeña: Contemplar.

Los escondites del Cronista Errante

Buceo en Providencia


El parque Old Providence McBean Lagoon consta del arrecife de coral más extenso de Colombia, con un total de 32 km de largo. Si desea hacer buceo superficial (skorkeling) recomendamos vaya a Cayo Cangrejo. Los hoteles de la isla brindan el servicio de transporte. Por otro lado, si nunca en su vida a buceado con tanque y desea aprender, esta es su oportunidad. La academia de Felipe Cabeza, contigua al hotel Sol Caribe, consta de un equipo profesional especializado, paciente y que ofrece una clase didáctica en la orilla.

Hotel Sol Caribe

Una opción muy buena justo frente al mar.

Tarifa Plan de 2 Noches: $1.090.000 (280 euros)
Incluye: Pasaje aéreo ida y regreso a Providencia, alojamiento de dos noches, desde acomodación doble, pensión completa: desayuno, comida y cena.
No incluye: Impuestos aéreos, tarjeta de Entrada a la isla, tarjeta de Asistencia Medica, traslados aeropuerto/hotel/aeropuerto.

Y para comer….

La mayoría de hoteles cuentan con servicio de restaurante, pero usted obtendrá más calidad fuera de ellos. Si le gusta la comida italiana, recomiendo Pizza Place en la playa Agua Dulce. Sin embargo el más gourmet de todos es Donde Martín. Las muelas de cangrejo al ajillo están increíbles.

Fotografía: Carlos Modonese