viernes, 8 de marzo de 2024

La foto

"Cuando hablas sobre los sentimientos,

las palabras son demasiado rígidas

y no pueden incluir todos los significados"

Janet Fitch

¡Hola!

Esta semana me pasó algo muy curioso relacionado con el retiro que tuve en una isla de arena blanca del río Orinoco. 

Fueron cinco días de conexión conmigo mismo y con otras personas maravillosas.

La última noche, mientras observábamos cómo las chispas de una fogata se confun-

dían con las estrellas del cielo, me dejaron un sobre al lado de una vela encen-

dida. Me levanté y abrí el sobre. Al ver a ese niño con sombrero de maestro de

ceremonias, en el nido/jardín, a los cinco años, un gatillo en mi corazón dispa-

ró los recuerdos de mi infancia. 

Volví del retiro el domingo y el lunes dediqué la tarde entera a jugar con mis

hijas. Al final del día, después de dormirlas, entré a mi estudio, saqué la foto

del sobre y sentí un impulso de tener a ese niño más presente en mi día a día. 

Encontré un marco que reservaba para alguna foto de mis hijas y decidí colocar

la foto ahí, ¡qué bien se veía Carlitos! 

Ha sido la primera vez que pongo una foto mía de niño en un marco y debo confe-

sarte que se me quedan cortas las palabras para expresar lo que ha significado

para mí. 

Suelo tomarme la vida con mucha seriedad, es cierto, pero esta semana me he

reído y he jugado más. Entendí que tenerlo cerca me está ayudando a preocuparme

menos por el futuro y a conectar más con la energía del juego, la luz del tiempo

presente. 

Te animo a buscar una foto tuya de niño y ponerle un marco especial. 

Tu niño se lo merece, ¿cierto? 

Colócala en un lugar donde la puedas ver todos los días y experimenta qué pasa

dentro de ti en los próximos días. 

Te mando un abrazo grande y ¡feliz viernes!

martes, 11 de abril de 2023

La autopista Lincoln



Imagínense a dos hermanos, uno de dieciocho y el otro de ocho años de un pueblo en Estados Unidos, que deciden hacer un viaje en auto.
Tienen un deseo enorme por recorrer la autopista Lincoln, esa súper carretera gringa que une la costa Este y la Oeste, desde Nueva York hasta San Francisco. 
¿Por qué deciden emprender esa aventura?
Emmett, el hermano mayor, acaba de cumplir una sentencia en una correccional. 
Su padre había fallecido unos meses antes y, cuando Emmett abre la puerta de su casa, encuentra a un funcionario bancario que lo está esperando para que firme unos papeles. 
Estaba a punto de quitarle las tierras, su casa y todos los recuerdos de su vida por una deuda que su padre había contraído con el banco.
Todo menos un auto: el Studebaker celeste que estaba a nombre de Emmett y brillaba como una estrella escondida en su establo.
Billy, su hermanito de 8 años, le pregunta qué vamos a hacer, ahora.
Nos vamos para Texas, Billy. 
No, Emmett, nos vamos a San Francisco, porque tenía que mirar algo que había encontrado: Unas postales que su madre les había escrito a los dos desde que decidió separarse de su padre, cuando Billy era un chiquitín de dos años.
Su padre nunca se las mostró, pero las postales recorrían la autopista Lincoln, desde Nebraska hasta San Francisco. 
Pero lo más interesante de la novela de Amor Towles (Ed. Salamandra, 2022) no es el destino del viaje, sino el desvío inesperado.
No sé si te ha pasado que has querido viajar a algún lugar, pero el universo te tenía preparado un desvío, un trozo nuevo de vida que necesitabas saborear.
Ese desvío, ese trozo de vida que viven los hermanos entre predicadores errantes, vagabundos y artistas de circo, es la epifanía de esta historia que revela de una forma maravillosa cómo cualquiera de nosotros nos hemos ganado el derecho de abrigar esperanzas por algo que aún buscamos en esta vida. 

Foto:La Autopista Lincoln/Carlos Modonese

martes, 21 de febrero de 2023

Leer es un acto de revolucionaria empatía


En las últimas semanas han llegado a mí algunas profundas reflexiones acerca de la lectura. 

La primera es del escritor colombiano Mario Mendoza, que en su libro “Leer es resistir”(Ed. Planeta, 2022), a través de una serie de relatos, le rinde tributo al acto de leer. 

No es para menos, a los siete años una peritonitis casi le quita la vida y en los meses que pasó en el hospital descubrió la llave de la libertad con los libros. Se convirtió en lo que él cree que es todo lector: un aprendiz de brujo.

En una entrevista que Mendoza dio a El Tiempo (1/8/2022) comentó: “Yo no me hice lector con un manual ni con un listado avalado por los académicos, sino que los libros fueron llegando a mis manos como mensajes que me iban ayudando a solucionar mis conflictos interiores, que me iluminaban, que me ayudaban a entenderme y a entender a los otros un poco mejor”.

Por otro lado el escritor peruano Ivan Thays, en su magnífico blog “La vida real”, me compartió las razones que le han hecho abrazar la lectura como un hábito que ha definido su estilo de vida.  
Leo, declaró Thays, porque desde el momento que abro el libro, esas palabras me pertenecen. Los libros que han dejado más huella en mí no son necesariamente los mejores o más trascendentes, sino aquellos cuya piel he logrado traspasar hasta hacerla mía. 
Thays afirma que las líneas de los libros que leemos nos pertenecen tan igual como si las hubiésemos escrito, porque nuestra existencia es la que les da sentido: sin nosotros solo serían líneas negras sobre un fondo blanco.

Con las reflexiones de Mendoza y Thays caí en cuenta que la lectura es un acto de revolucionaria empatía. 
Es revolucionario porque implica detener la frenética marcha de las responsabilidades diarias y las exigencias sociales. 
Leer supone hacer una pausa a un mundo pletórico de estímulos externos para concentrarnos en cultivar nuestro jardín interior. 
Ese es un acto de empatía, primero, hacia nosotros mismos, porque en la lectura buscamos un refugio para expandir nuestra libertad, un lugar secreto donde podemos pasar del pensar al sentir. 
Ahora, la lectura es también un acto de empatía hacia los demás. Cuando leemos una historia bien construida vivimos las experiencias de los personajes como si fuesen nuestras: nos alegramos con su dicha y nos conmovemos con sus pesares. 
Esa profunda conexión con nuestras emociones es la que nos lleva a activar esa empatía por esos personajes cuyas vidas ya no me son ajenas. Son también mías desde el momento en que las líneas escritas se convierten en cuerdas musicales. Son las cuerdas internas de nuestra alma que hacen un eco íntimo y silencioso por lo que acabamos de leer.  

Ilustración: Carlos Modonese
Fotos: Mario Mendoza/Fuente:El cronista.co
Ivan Thays/Fuente:Cuentos peruanos contemporáneos 

jueves, 8 de septiembre de 2022

Croac

 


Me atrajo la ilustración de esa rana con camisa sentada en el inodoro, pero no imaginé que sería la protagonista de la nueva novela de Ricardo Sumalavia. 

Sigo leyendo y me encuentro con el Cabezón, ese típico vago que cae bien y vive arrimado en la casa de su abuela, esperando a que un día alguien valore los libros que escribe. Mientras tanto la rana aparece en el jardín de la casa y dice Croac. No dice más. Sin embargo, el Cabezón sí consigue entender lo que quiere decir. Con los primeros Croac se me vino a la mente una reflexión de Edward de Bono, el maestro del pensamiento lateral. 
En su libro “Seis sombreros para pensar”, De Bono sostiene que nuestra mente racional, ubicada en el hemisferio izquierdo, cuando enfrenta una idea fuera de lo normal, distinta, loca, lo que tiende a hacer es querer aterrizarla, convertirla en algo real y posible: que sea lógica.

Por eso que yo quería comprender, desde el inicio, a quién pertenecía las historias de la rana, ¿a la abuela, al Cabezón, a la rana misma? 

Una idea inicial, ilógica e incomprensible, según De Bono, no se puede aterrizar al mundo real en el momento que aparece. Es preciso que la mente creativa (hemisferio derecho) la zarandeé un poco para que sea un trampolín hacia otras ideas, de manera que esta pueda germinar hasta llegar a ser una flor nueva y diferente: el juicio debe ceder al movimiento.

Y eso fue lo que me ocurrió con Croac y el nuevo fin del mundo. En lugar de buscar resolver testarudamente el misterio de las historias de la rana, me atreví a subir a su espalda verde y viscosa, y comencé a saltar con ella. Después de varios intentos, logramos hacer un viaje juntos a través del inodoro (“solo si tu mierda gira en remolino significa que se activó el proceso con éxito”). El inodoro es, pues, la insólita máquina del tiempo que inventó Sumalavia para atar de manera onírica las historias, esas múltiples vidas o reencarnaciones sucesivas, que van desde un indígena amazónico hasta un monje budista. Son estas historias las que parecen ayudar al Cabezón a comprender un poquito más de sus miedos, fobias y desconciertos. Eso sí, a mí también me consoló la rana cuando dijo que no hace falta comprenderlo todo, que debemos aprender a vivir con el misterio de las cosas y el misterio de los seres: “No tenemos que sacudir las ramas para que caigan las hojas”.

Sumalavia ya me había sorprendido con esos microrrelatos de “Enciclopedia plástica”, semejantes a haikus occidentales. “Historia de un brazo” me introdujo en un mundo familiar con un matiz Real Maravilloso. Y ahora, esta loca y simpática ranita lo llevan a dar un salto cualitativo (ranesco) en su narrativa. 

En estos tiempos de incertidumbre, con una pandemia que todavía renguea en medio de sacudones político-económicos, la disrupción en la literatura nos inspira a movilizarnos, a dejar el asiento cómodo y tomar senderos más audaces.

jueves, 4 de agosto de 2022

Días de bici


Cuando vi su bicibote me pregunté cómo se le ocurrió internarse en la selva y meterse al Amazonas en una vaina así. Después de miles de kilómetros recorriendo Europa, Asia, África y Latinoamérica, ¿por qué se quedó en Leticia?
Hace dos décadas, Hervé era un chico de veintipocos años que salía de su casa en Zúrich para recorrer un puñado de kilómetros en bici hasta llegar a su trabajo.
En ese trayecto corto, bordeando un lago, nunca imaginó adonde lo llevaría su bicicleta años más tarde. 
Amante de la filosofía budista hizo un viaje como mochilero a la India y regresó a Zúrich con la firme convicción de hacer un viaje más largo. Pero en bicicleta. 
Con la idea rondándole en la cabeza, llegó a un parque a comer un sándwich. A su lado escuchó hablar a unas personas acerca de un viaje que habían hecho en bici desde Suiza hasta Hong Kong. 
Para Hervé aquella conversación fue una señal. 
Llegó a la oficina y le comentó a su jefe que quería renunciar. El jefe puso cara de Pokemón. No entendía cómo Hervé podía renunciar a un salario de seis mil euros y a la seguridad que le ofrecía el sistema bancario suizo. 
Una madrugada Hervé cogió su bici y partió de Zúrich, cruzó los Alpes, recorrió Italia, los Países balcánicos hasta llegar a Bulgaria, Turquía y luego a Siria. 
Descendió a Líbano, Israel, Egipto, Sudán, Etiopía, Burundi, Tanzania, Mozambique, Sudáfrica, hasta llegar a Namibia.    
En medio de selvas y desiertos, replanteó su viaje: No iría al Tibet. ¿Por qué decidió Hervé cambiar de rumbo?
Un australiano que iniciaba su aventura en bicicleta por África le preguntó a Hervé qué había sido lo más difícil de su viaje: “Las horas de calor, amigo. A mí me encanta la bici y yo podría seguir manejando mucho más tiempo, pero lo haría rodeado de agua y bajo techo”.   
Hervé le dijo esto en broma, sin embargo, entre sueños se le apareció la idea de construir un bicibote y recorrer un río. Había escogido el río Congo, pero pensó que tenía que ser uno más largo, ¡El Amazonas!

“Y si quería recorrer el Amazonas, tenía que hacer dinero, mi amigo”.
En Namibia escaseaban los guías de safari que hablasen francés y los kilómetros recorridos en bicicleta le desarrollaron una intuición feroz para identificar hacia dónde se dirigían las manadas de ñus, hipopótamos y elefantes. Bastaba que Hervé señalara con la mano hacia un lugar en la llanura, para subir a cientos de turistas en avionetas. 
Con el dinero en el bolsillo cogió un avión de Namibia hasta Río de Janeiro. En su bici recorrió Brasil, Uruguay, Argentina hasta la Patagonia; subió por Chile hasta Bolivia, y atravesó el Perú desde Puno hasta Tumbes. 
Aunque ya había recorrido 40,000 kilómetros en bicicleta, Hervé estaba listo para la travesía que le cambiaría la vida: “Una voz interna me decía que debía continuar, que algo me estaba esperando en el Amazonas”.

En el puerto ecuatoriano de Tena construyó el bicibote. Incrustó su bici en la popa de una canoa, le soldó dos hélices que lo movilizarían con el pedaleo y en la parte izquierda colocó un timón para poder girar. Se hizo un techo para cubrirse del calor y la lluvia, ¡y listo!
Navegó en el río Napo, pasó por Iquitos, Pacaya Samiria, Manaos y Macapá. 
A medida que avanzaba la anchura del Amazonas crecía hasta que desaparecieron sus costas. Se asemejaba a un mar con olas de 3, 4 metros que casi tumban el bicibote. Hervé divisó en el horizonte la desembocadura, pero no quiso llegar al Atlántico: “Ni hablar, amigo, la corriente del mar me hubiese llevado hasta Venezuela y seguro hubiese muerto”. 


Le dio la espalda al oceáno y siguió navegando hasta completar 26 ríos y 7,500 kilómetros en bicibote.   
Llegó a una laguna calmada. Hervé la recuerda como un paraíso, con sus aguas llenas de peces y árboles con frutas. 
Ese remanso se llamaba Leticia: “Aquí voy a parar”. 
Meses más tarde, en una galería de arte donde Hervé iba a exponer las fotos de su viaje, conoció a Adriana: ¿Cómo hiciste para llegar desde Suiza hasta Leticia? Con mi bici, respondió Hervé. Adriana lo tasó de loco, pero se ofreció a escribir los textos para sus fotos.
Tomó el lápiz y Hervé comenzó: “Esta foto fue en la noche en que un hipopótamo casi se traga mi carpa; esta otra cuando llegué a un carnaval en Los Andes a 5,000 metros y me cogieron a costalazos y me mojaron con agua fría”.   
Adriana abría los ojos mientras tomaba notas: no podía creer lo que escuchaba acerca de la tarde en que Hervé nadó con 40 delfines rosados y fue secuestrado por los piratas del Amazonas.
El tipo lo contaba con una serenidad insospechada y, de pronto, Adriana se volvió a Hervé y pudo ver cómo, a través de sus ojos, se desbordaba esa selva que ella estaba esperando.  
Hervé y Adriana siguen juntos hasta hoy. Lideran juntos Habitat Sur, una fundación cuyo propósito es generar consciencia sobre lo importante que es cuidar y proteger la Amazonía.
Larga vida, Adriana y Hervé.
A los dos, mi admiración profunda.
 

I´m amazed

 



Solo en casa dejé a Spotify que me sugiriese alguna canción de McCartney, la que le diera la gana.
Iván ya me había dicho que el trabajo de McCartney en solitario era increíble, pero yo solo quería escuchar al McCartney de los Beatles. Lo demás no me interesaba. Él insistió: “Escucha, nomás, huevonazo”.
Spotify eligió I`m amazed, que arranca con un piano suave y pinchafibras como el Nocturno (Op 9 Nº2) de Chopin o Home Sweet Home de Motley Crue.
Y la voz de McCartney: Maybe I´m amazed at the way you love me all the time, maybe I`m afraid of the way I love you…
Y de pronto escuché el grito gutural “Maybe I´m a man, maybe I´m a lonely man in the middle of something, that he doesn´t really understand…”, y me cogió las vísceras de tal manera que me puse a googlear de dónde venía toda esa magia.
Corría el año 69: Lennon le había dicho a McCartney que The Beatles ya no iba más, que todo se había desgastado y McCartney no lo podía creer: “Y ahora qué mierda voy a hacer…”, debe haber pensado.Entró en una depresión de la cual solo lo pudo sacar la motivación que le produjo la mujer que llegó a su vida. Linda McCartney lo inspiró a que vuelva a creer en él, en su arte, a creer en que podía seguir creando todo lo que él quiera y más. Me imagino a Linda diciéndole: ¡Desahuévate y ponte a tocar genio de genios!
De hecho, Lennon le había dicho a McCartney que ni se le ocurriese sacar un disco como solista antes de que se publicase el Let It be, el último disco de Los Beatles.
Pero McCartney no hizo caso a las amenazas de Lennon y sacó McCartney, su primer disco como solista con I´m Amazed, el 17 abril de 1970.
El disco no fue bien recibido, pero eso poco importaba porque Linda le había vuelto a encender la estrella al exBeatle, que se casó con ella en 1969, el gran amor que lo inspiró a crear 18 discos y con quién concibió 4 hijos antes de que ella muriese de cáncer en 1998.
Llamé a Iván y le dije que I´m Amazed me había volado la cabeza y que recién entendía todo lo que me quería decir la canción en este momento:
Para la creación siempre habrá nuevos comienzos.

viernes, 11 de marzo de 2022

La pulga

 


Hoy por la mañana mi hija Samara no quería despertar.
Tenía mucho sueño y el cansancio le endurecía los gestos.
Yo también me siento algo difuso.
Ayer vi un largo reportaje sobre la guerra.
Aunque ahora tengo un poco más de claridad sobre los hechos, una inevitable confusión me recorre el cuerpo entero.
Quizá porque me siento muy pequeño ante todo lo que está ocurriendo. 
No poder hacer algo grande, relevante, me hace caminar por un sendero invisible y frío. 
Sin huellas de luz intento ahorcar a la razón.
Las sábanas, el agua en los hombros, el sabor del café pierden sentido.
Solo se me viene a la cabeza una reflexión de Victor Frankl. 
En su libro El hombre en busca de sentido narra su experiencia en los campos de concentración nazi. 
Escribe que cuando el horror de la guerra lo circundaba se dio cuenta que nada ni nadie podía vencer lo único que podía controlar:
Su voluntad de compartir el pedacito de pan que tenía para comer.
Su capacidad de elegir acerca de lo que quería pensar.
La ilusión de su propósito lo salvó.
Pienso en Frankl, mientras llevo a Samara en el auto.
“¿Papi, jugamos a la pulguita?”.
En las mañanas siempre jugamos a la pulguita que no se quiere despertar ni bañar ni desayunar para ir al colegio. 
Juntos bañamos a la pulguita con agua tibia, la vestimos y le damos la avena.
Al bajar del auto pongo a la pulguita en su mochila, y a Samara le acomodo la mascarilla (tapabocas) y le digo en el oído que cuide a su pulguita.
Que se cuide mucho. Mucho.
Le suelto la mano. La dejo ir.
La observo mientras vuelvo a subir al auto.
Comprendo que yo también soy una pulga.
Una pulga que elige ser amable con Samara.
Elijo ser alguien mejor.
Elijo la paz dentro de mí.

Foto: Dibujo de Samara (4 años). Lo tituló “Muñeca en la selva”

Maldito karma

 


La vida exitosa podría estar representada en Kim Lange: La presentadora del programa de entrevistas con más éxito de Alemania, que se acuesta con los chicos más guapos de la tele y tiene el dinero suficiente para complacer cualquier deseo que se le antoje.
Al mismo tiempo su matrimonio se está desmoronando y la relación con su única hija se distancia, inevitablemente, por sus compromisos con la fama que ella misma eligió tener.
¿Es feliz Kim Lange? O mejor dicho, ¿logrará la felicidad?
Un camino de aprendizaje le espera cuando se reencarne en hormiga. ¡Y en su propio jardín!
Desde un hormiguero macabro y gigante, Kim Lange alcanza a ver la nueva vida de su esposo y su hija, una vida que ella se niega a aceptar para ellos.
A partir de ese momento, inicia un viaje samsárico donde se reencarnará en lombriz, conejo, ardilla, perro y, finalmente (no voy a decir en qué más se reencarna, lo prometo), para intentar comprender eso que llaman los budistas, la búsqueda del buen karma.

jueves, 10 de febrero de 2022

De animales a dioses


Varios años atrás comencé a leer algunas historias de la humanidad y las abandoné. Porque hay un monstruo grande y lento con el que me es imposible luchar: el aburrimiento. 
Ese monstruo no se me apareció al leer De animales a dioses. 

Yuval Noah Harari logró desde el inicio que yo viajara en el tiempo y me internara en una cueva para ser testigo de ese momento único cuando nuestros ancestros descubrieron el fuego. Sí, ese fuego que les permitió moldear metales para mejorar su cacería, la chispa que unió a la comunidad en un crepitar vibrante alrededor de las primeras historias, ¡la hoguera que los impulsó a cocinar! 

Por Dios, ¿quién se iba a comer una papa cruda antes? 
La cocción ablandó los alimentos y consiguió que el homínido invirtiera, ya no cinco horas en comer (como los chimpancés en la actualidad) sino solo una. Inevitablemente nuestra mandíbula se contrajo. Los dientes y las vísceras redujeron su tamaño y, todo ese exceso de energía inutilizada, ¿adónde fue a parar?: A nuestro cerebro que comenzó a crecer y crecer y, sin darse cuenta, este homo dio un salto cualitativo que no pudieron alcanzar las otras especies de homo que también habitaban el planeta. 

Nació el Sapiens.
Nacimos nosotros.

De animales a dioses es un libro atractivo, interesante y, también, contiene mucha información. Desde mi punto de vista recomiendo saborearlo de a pocos, combinando su lectura con otras. 
La grandiosa historia del hombre también puede abrumar si no se le permite a los sentidos percibir su belleza en una justa medida. 

Afortunadamente Noah Harari, como buen profesor que es, tiene esa generosa cualidad de narrar lo complejo de manera simple.   
Su sentido del humor y esa titánica capacidad de comparar la diversidad del mundo en la realidad que experimentaban los mayas, los incas, los chinos, los indios, los persas, etc, me atraparon y me pegué al libro para descubrir otras grandes historias creadas por el maravilloso cerebro de nuestra especie. 

Si eres de los curiosos que le interesaría saber cómo nació la religión, en qué contexto apareció el dinero, por qué se expandió el crédito, en qué momento de nuestra historia el progreso fue el fruto del matrimonio entre la ciencia y el imperio, este es un libro que podría despertar tu fascinación. 



viernes, 17 de diciembre de 2021

El chico astronauta

Hace algún tiempo, en uno de los cuentos de mi hija Samara, vi una ilustración que llamó mucho mi atención.

Era un niño astronauta creado por Fito Espinoza.
Me encanta Fito. Sus dibujos tienen la tinta simple de las sabias reflexiones:
“El chico astronauta necesita irse lejos para estar acá”.
No me pude sentir más identificado con él.
De hecho, reconozco tener un chico astronauta dentro de mí.
Me pasa, muchas veces, sobre todo en días ajetreados como los de diciembre, que necesito un espacio de soledad.
Suelo buscar algún rincón donde refugiarme a escribir, a leer o simplemente salir de casa para dar una caminata.
Si no logro hacer esto es muy probable que mi chico astronauta quiera salir en el momento que se le antoje y Paula me tenga que decir en el oído:
“Charlie, llamando desde la Tierra”
Me lo dice cada que me vez que me está hablando y yo estoy con una sonrisa de alucinado, volando en mi nave espacial.
Me siento un poco mal, porque no quiero que ella piense que lo que me está contando no es interesante.
¿Por qué me pasa?
Algo de esto pude descubrir la semana pasada que pasamos unos días en familia, en una isla.
Ahora me doy cuenta que una isla es como un pequeño planeta: Un pedacito de tierra encapsulado en el mar.
Fue bueno llegar a este planeta distinto, porque mi chico astronauta pudo salir libremente por las noches en su nave a encender con una vela las estrellas del cielo y dejarlas caer en el océano.
En una de esas mañanas isleñas, caminaba entre troncos de árboles oxidados, cuando la brisa me hizo volverme al mar.
Lo intuí, estaba ahí, bamboleándose en el oleaje y me senté de inmediato a una mesa para contemplar el brote de esa semilla de estrella.
Le sonreí cómo sí fuese un viejo amigo y me senté a escribir lo que apenas podía ver.
Creación, bendito momento.


jueves, 19 de agosto de 2021

El primer día

 


Comenzamos a vivir el primer día de clases de Samara cuando llegamos a esa hermosa montaña verde donde está enclavado su colegio y nos sorprendió una lluvia torrencial.
Era lo último que quería que le pasara a Samara el día de su ingreso al colegio.
Paula y yo esperábamos un día soleado y brillante de nuevas posibilidades.

De pronto me llegó la imagen de mi primer día de clases en el Inmaculado Corazón.
Mi paciente madre se había pasado casi toda la noche anterior forrando los últimos cuadernos y libros. El olor plástico del Vinifan se mezclaba con el de la madera de los colores y los lápices, y el de las hojas de mi primer diccionario Rances.
Apenas se abrieron las grandes puertas del colegio, mi madre me cogió de la mano para acompañarme hasta el lugar donde haríamos la formación, sin embargo, una monja rosada se adelantó con un megáfono en la mano y soltó una instrucción militar: Parents outside, pleasssssseee!
En ese preciso instante otra mamá se puso de rodillas y le dijo a su hijo en el oído que no podía acompañarlo, debía entrar solo al colegio.   
No olvidaré nunca ni el nombre ni la cara de ese niño: el pobre comenzó a llorar como si hubiese visto un asesinato delante de él. 
Con una bendición, mi madre me dio un beso en la frente y atravesé con el corazón galopando ese enorme patio de cemento. 
Con las dos manos cargaba un maletín que pesaba una tonelada de puro amor de madre, llena de todo lo que pudiese necesitar para que no me faltase nada en mi primer día de clases: todos los cuadernos, todos los libros, todos los lápices, todas las reglas y, por supuesto, el rojo, pesado y gigante diccionario Rances (¿A qué masoquista se le ocurriría cargar un diccionario hoy?). 

En aquel lejano día en Lima no hubo sol, pero tampoco la lluvia de la sabana de Bogotá, que recibía a todos los padres con las prisas de quién busca un refugio en medio de una tormenta.
Cogí la mano de Samara y comenzamos a subir las escaleras en la montaña: A los de Kinder 4C les toca en la biblioteca, nos dijo alguien. 
No llegamos mojados, pero sí algo apurados por los goterones que parecían balas  queriendo reventar el paraguas.
Antes de ingresar a la biblioteca nos recibieron con un oportuno café caliente y me sorprendió ver, en la pared de la entrada, los títulos de varios escritores que admiro.
Una vez dentro, nos saludo una chica alta: Buenos días, yo soy Ani, se inclinó hacia Samara, le puso un sticker con su nombre en el pecho y le dijo que había estado esperando con ilusión conocerla.
Samara sonrió de medio lado, pero no soltó mi mano.
Nos organizaron en mesas con otros padres y sus niños. 
Vimos un video del cuento de Chester, un mapache que se despedía de su mamá en el primer día de clases.
Luego Ani nos pidió presentarnos como papás y a cada niño le hizo una pregunta.
A Samara le preguntó qué quería ser de grande.  Chef, respondió con determinación. 
Me gustó escuchar a todos los profesores haciendo una presentación personal e inspirando a los niños con los temas que les iban a enseñar.
Y al final, Ani nos entregó unos colores, cuerdas, cola, tijeras y papeles de colores.
Nos pidió que hagamos una obra de arte con nuestros hijos, la misma que se colocaría en un mural dentro de su salón, para que recuerden cómo fue ese primer día de clases.

Los días que le siguieron al primero han sido de todo tipo: no quiero ir al colegio, tengo miedo, ¡hoy fue un día de montaña!, tengo sueño, ¡vamos a hacer la obra del Principito!, conocí a Lucía, me duele la barriga, etc. 
Aunque no puedo saber cómo serán los días que vendrán, las olas de mi memoria siempre traerán su primer día de clases, cuando Samara conoció su colegio en la montaña verde, soltó nuestras manos, pegó escarcha brillante y pintó corazones azules.

miércoles, 4 de agosto de 2021

Los abismos de Quintana




Cuando leí las primeras páginas de Los abismos evoqué un momento puntual de mi infancia, cuando mis padres decidieron separarse por un tiempo.   

Lo recuerdo como si fuera ayer. Quizá porque a los nueve años me agobiaba sentirme en esa tierra movediza de que mi papá pudiese no volver nunca más a la casa. 

Un sentimiento parecido me invadió cuando Claudia, la niña protagonista de la novela, descubre de manera casual que su madre le es infiel a su padre. Este hecho se desvela con un indicio sutil e inocente: Claudia ingresa a una tienda de ropa junto a su madre y, de pronto, desaparece de su vista. Camina hacia el cambiador, baja la mirada y observa: “Mocasines cafés contra tacones rojos”. 

¿Por qué su madre se ha metido con otro hombre? ¿Acaso ya no quiere a su padre? ¿El amor no es para siempre? Estas preguntas parecen rondar en la cabecita de Claudia, durante un paseo que hace con su padre en el zoológico. Ahí observa dos cervatos caminando inseguros sobre sus patas flacas: “Me recordaron a Bambi, que perdió a su mamá y se quedó solo en el bosque, con un papá al que no conocía, y me llené de una tristeza sin fondo que se sentía viejísima”. Luego avanzaron hasta los rinocerontes, que le dieron la impresión que eran de plastilina, unos modelos hechos a mano, con arrugas y raja.     

Estas dos potentes metáforas encierran esa inquietante sensación que perfora las entrañas de una niña cuando intuye que sus columnas de amor y cuidado están a punto de derrumbarse.

¿Acaso no sentimos estar en medio de un abismo silencioso y profundo cuando, de niños, nuestros padres tienen una discusión feroz y dejan de hablarse? 

Ese inevitable sentimiento de desamparo aparece en la novela cuando los padres le hablan a Claudia, pero cada uno por su lado. 

A pesar de esto, Claudia no naufraga en sus reflexiones ni en sus miedos. Al contrario, parece decidida a nadar hasta la orilla de los misterios encerrados en sus padres. Y, es entonces, cuando la novela crece en la segunda parte y da un giro que me llevó a recordar Mulholland Drive, la inolvidable película de suspense de David Lynch. 

La madre de Claudia, en un intento por recuperar su matrimonio, le propone al padre pasar unas vacaciones en la casa de campo de una antigua amiga del colegio, cuya madre murió en un misterioso accidente.   

¿Cómo ocurrió aquel accidente? La madre de su amiga había asistido con su esposo a una fiesta cuando, en un momento de la noche, tomó el auto y se perdió entre los acantilados de la sierra vallecaucana. 
¿Fue realmente un accidente? ¿Se suicidó?

Nunca se supo, sin embargo, cuando llegan a pasar las vacaciones a la casa de campo, en sus distintos rincones Claudia intuye la presencia de la amiga de su madre, de esa extraña muerte.   

En un clóset de aquella casa, Claudia encuentra fotos de la familia. Durante todas las tardes de esas vacaciones, mientras decide armar un rompecabezas al lado de la chimenea, también se van revelando las piezas perdidas de las historias de la novela: la de la desaparición de la amiga de su madre en un abismo cerca a la casa de campo, y, la historia de un abismo más profundo aún, el misterioso enigma de la separación de sus padres. Claudia comienza a comprender los silencios de su padre, las perdidas de su infancia, sus abismos afectivos: “Los muertos de mi papá, empecé a pensar, vivían en sus silencios, como ahogados en un mar en calma”.

Unos días después de acabar la novela hablé por Zoom con mis papás. Les conté que Samara entraría al colegio en agosto, que Lúa ya gateaba y Paula estaba muy feliz de amanecer otra vez en medio de la sabana bogotana. Y que yo, a mis 46 años, comenzaba con ilusión una nueva etapa fuera del país. Fue una hablada nocturna, de esas largas y distendidas que solo pueden darse cuando las niñas duermen profundamente. A través de la cámara descubrí a mis papás con la mirada limpia, disfrutando de una vida simple y sabia en su querida Chincha, con casi 50 años de convivencia.  

Aunque tengo la duda de saber si aquella separación les ha dejado secuelas emocionales, me queda claro que esa responsabilidad ya no es de ellos, sino mía. 

Soy yo, creo, el que debe volver a mirar ese abismo de mi infancia. 

Al leer esta novela me permití abrazar ese desamparo que sentí y que sintió Claudia, al sentirnos en el medio de una ruptura de la cual no fuimos responsables. 

Quiero mirar ese abismo con la curiosidad pícara e inteligente de Pilar Quintana, la escritora caleña premiada con merecimiento con el Alfaguara de Novela 2021, y cuyos abismos recomiendo con mucho entusiasmo.

lunes, 28 de junio de 2021

El valor de la autoestima

A Samara le costó al inicio, pero luego se adaptó fácilmente, nos dijo la profesora a Paula y a mí en la graduación del nido (jardín en Colombia).
Cuando Samara cumplió cuatro años en abril, por distintos motivos, tomamos la decisión de venir a vivir a Colombia. Ingresar a su nido nuevo en Bogotá y no encontrar a sus amigos de Perú fue muy confrontante para ella.    
Su profesora nos comentó que algunas veces vio a Samara sola y triste, diciendo que nos extrañaba.
Al final de la graduación, Samara recibió un diploma y todos sus trabajos envueltos con un bonito lazo. En ese momento la profesora se despidió de ella con mucho cariño y yo quería preguntarle sobre su desarrollo cognitivo, sin embargo, decidí hacerlo el día de la lectura del informe, que sería un par de días después. 

En el libro Outliers (Fuera de serie), Malcolm Gladwell cuenta la historia de Lewis Terman, un joven profesor de Psicología que había desarrollado un test que podía medir el coeficiente intelectual (el Stanford-Binet que todos hemos hecho alguna vez). 
En 1921 Terman se obsesionó con encontrar a los niños que alcanzaran los puntajes más altos de CI, a aquellos genios que seguramente llegarían a ser Premios Nobeles de Física, Química y Medicina. 
Sin embargo, muchos años después, hizo un monitoreo para saber cómo les había ido en la adultez a los muchachos más inteligentes del país. Se debió desilusionar al darse cuenta que un 20% de ellos terminaron su vida en trabajos operativos o simplemente no hacían nada.

¿Por qué ese 20% de niños genios no pudieron descollar en la vida? 

Quizá la respuesta nos la dé el baloncesto: Muchos especialistas de este deporte consideraban que los jugadores debían rebasar los dos metros de altura para tener éxito en la liga profesional de Estados Unidos. Nada más absurdo si le echamos un vistazo a la carrera de Isiah Thomas (1.75 m), Michael Jordan (1,98 m) y Kobe Bryant (1.98 m).   
Estos tres de los mejores jugadores de todos los tiempos en la NBA demostraron que en el baloncesto no solo se necesita altura. Y algo tiene que ver el baloncesto con lo que ocurre en la vida profesional, porque Gladwell hizo una comparación del entorno familiar entre los niños con inteligencia brillante. 

Se observó que muchos chicos con alto coeficiente intelectual provenían de hogares disfuncionales, con madres o padres alcohólicos y violentos, que nunca alentaron sus esfuerzos, al contrario, machacaban las cualidades naturales de sus niños. 
En el otro lado, los chicos que destacaron en sus profesiones sí tuvieron un entorno familiar estimulante. De hecho, me sorprendió una entrevista que mostró Gladwell a una madre de esos niños. 

La madre recordó una anécdota donde su hijo iba a tener una cita con un médico, porque le había salido un brote debajo de la axila. 
En el camino a la clínica le preguntó a su hijo de nueve años, ¿qué le vas a decir al médico? No lo sé, respondió el niño. La madre insistió y el niño explicó con sus propias palabras lo que pensaba decirle al médico. Al llegar al consultorio, el médico le preguntó a la madre a qué se debía la visita. La madre se volvió a su hijo, que jugaba ensimismado con su cubo mágico: Anda, cuéntale al doctor lo que te ocurrió, hijo. El niño levantó la cabeza y comenzó a dar detalles del brote, dónde y cuándo había aparecido. El médico continuó preguntándole y la madre sonreía al observar cómo su hijo se desenvolvía.   

Más allá de la forma, esa madre estaba impulsando el manejo natural que debemos tener todos al sostener una conversación con una autoridad. Estaba fortaleciendo la autoestima de su hijo. 

Gladwell evidenció que el Stanford Binet, el famoso test de CI, solo es capaz de medir la inteligencia lógica y analítica, más no el pensamiento divergente ni la inteligencia emocional ni el nivel de autoestima de las personas. Cualidades muy importantes en el mundo de hoy. Porque si queremos sacar un proyecto adelante debemos relacionarnos de manera empática con otras personas, comunicar nuestras ideas con confianza y tener una motivación para aprender más allá del resultado que obtengamos. 

Me quedó muy claro que el nivel de altura influye en los resultados que puede tener un niño que le guste el baloncesto, pero no es determinante para que sobresalga. Michael Jordan, Isiah Thomas y Kobe Bryan, los genios que le dieron títulos de la NBA a los Chicago Bulls, Detroit Pistons y Los Angeles Lakers, demostraron que también son necesarios la habilidad para asistir al compañero mejor ubicado, el lance de tres puntos, la intuición para robar un balón, la motivación personal cuando el marcador está en contra, ¡y muchas cosas más! 

Después que la profesora terminó de leer el informe de desempeño de Samara en el nido, yo le expresé mi preocupación porque a ella se le olvidaba dar las gracias al recibir algo y el por favor cuando pedía cosas. La profesora nos recordó que Samara tenía solo 4 años. Que si Samara nos escuchaba decir con frecuencia las “palabras mágicas”, ella las incorporaría tranquilamente.
No se preocupe, nos tranquilizó y felicitó porque Samara era de las niñas que no tenía miedo a decir lo que piensa o siente: “Un día estaba triste porque no había encontrado un amiguito con quien jugar en el recreo. Me acerque a ella y le dije, ¿hermosa te pasa algo? Samara levantó la cabeza y me dijo que necesitaba un abrazo”. 

Cuando le escuché esto a la profesora, sentí un pinchazo en el pecho. Le agradecí el acompañamiento especial que le había dado a Samara en este momento de cambio que estaba viviendo.    
Conduciendo de vuelta a la casa, por el retrovisor veía cómo Samara le mostraba orgullosa a Paula los dibujos que había realizado en el nido. Observé la calle, los autos avanzaban en los otros carriles y comprendí lo que Gladwell pudo descubrir con el famoso test de coeficiente intelectual, que quizá medía algo importante, pero no lo más importante en esta vida.

domingo, 27 de junio de 2021

El país en el agua

No pude haber escogido un momento más oportuno para terminar "El pez en el agua" (Alfaguara, 1993), que en este momento clave del Perú, a pocos días de la segunda vuelta electoral. 

Postergué su lectura a principios de los noventa porque, aunque había decidido estudiar Economía, la Literatura me hacía guiños y yo estaba más interesado en un Vargas Llosa arquitecto y artista de ficciones, que en las memorias del candidato que perdió con Fujimori en 1990.

Leyendo “El pez en el agua” me di con la sorpresa que no solo cuenta la biografía del escritor que ingresó a la política por el compromiso moral de sacar a su país de la peor crisis económica de su historia; en paralelo, también muestra al muchacho que sembró la semilla de convertirse en escritor durante su niñez en Cochabamba. 

Me impactó mucho ese encuentro que tuvo por primera vez con su padre, cuando tenía diez años y vivía en Piura con los abuelos y los tíos. El Nobel describe ese encuentro no como un recuerdo grato y cariñoso, al contrario, su padre parecía haberlos raptado a él y a su madre para llevarlos a vivir a Lima, lejos del cariño protector de sus abuelos. 

A través de pasajes inéditos de su vida, pude desvelar el nacimiento de los personajes que más admiré en sus novelas: 

El poeta de la “Ciudad y los perros”, que dejó su acomodada vida miraflorina para descubrir en un colegio militar la complejidad social de un país que no conocía.

Me metí en las entrañas del muchacho periodista que se encendió de pasión por esa tía Julia doce años mayor que él. La tía Julia, que había llegado a Lima para descansar de un fracaso matrimonial, se encontró no con aquel niño que correteaba por los pasillos de su casa en Cochabamba, sino con un hombre maduro y culto a sus 19 años.

Pero a medida que fui avanzando en la lectura, “El pez en el agua” me fue revelando a ese candidato a la presidencia comprometido con sacar al país del subdesarrollo, que presentó en el CADE de 1989 un plan de gobierno que planteaba una reforma educativa responsable, una reducción del ineficiente aparato estatal y unas medidas económicas nutridas con la experiencia de haber analizado a los cuatro dragones del Asia: Japón, Taiwan, Corea del Sur y Singapur. Países sin recursos naturales, superpoblados, devastados por guerras y con una herencia de retraso colonial como el nuestro; pero que apostaron por la promoción de la empresa privada, desarrollaron la industria y modernizaron al estado. De esta manera acabaron con el desempleo y elevaron su nivel de vida de manera notable. 

Si bien es cierto que el Perú ha sido un ejemplo de crecimiento económico en la región, en estos últimos 30 años, los resultados de las encuestas nos muestran que el crecimiento económico no significa, necesariamente, el desarrollo de un país. 

Ahora, lo importante es construir y no desmoronar. Y las grandes reformas que el país necesita implementar en materia educativa, política y económica no se van a realizar con el gobierno de Perú Libre, porque el modelo de economía cerrada que propone es desechable.

Cerrar la economía puede que tenga esa "noble intención" de apoyar a la industria doméstica, sin embargo, los aprendizajes básicos que nos dejaron los países que la implementaron (Cuba y Venezuela, por citar ejemplos vecinos) nos enseñaron que el monopolio estatal es un canto de sirenas homéricas. 

Las empresas públicas, al ser las únicas dentro de un país, se convierten en elefantes blancos: ineficientes por el número de empleados innecesarios y mediocres a nivel productivo e innovación, dado que no existen referentes de competencia en el país. 

Estas empresas públicas ineficientes son financiadas con los aportes de los contribuyentes peruanos y subsidiadas de manera indefinida por el Estado que, en su afán por mantenerlas, agota los recursos del país ofreciendo, además, productos y servicios de baja calidad.

Como si esto fuera poco, no solo tendríamos empresas ineficientes con productos y servicios de pésima calidad. 

¿Qué es lo más terrible de esto? 

Al no haber ninguna otra oferta de productos y servicios, diferente a la que ofrece el Estado, las leyes económicas universales nos muestran su rostro más implacable: inevitablemente se produce un exceso de demanda que hace subir los precios a la estratosfera. 

Tendríamos, nuevamente, ese cóctel macabro del subdesarrollo, ese engendro llamado estanflación: una recesión económica sumada a una inflación descontrolada. 

Eso ya lo vivimos con el gobierno de Alan García en 1985, no obstante, ahora sería aún más perverso, porque el Señor Castillo podría, al igual que el gobierno de Chávez en Venezuela, cambiar la constitución, controlar los medios de comunicación y perpetuarse en el poder. 

Así conseguiría que el barco de los peruanos que trabajamos y hacemos empresa, para tener un país más justo y democrático, se hunda hasta el fondo de lo mares. 

¿Es esto lo que queremos? 

Esperemos ser sensatos en las urnas y no cedamos a la cultura populista, que lleva a los más desfavorecidos a votar por una opción que los relegaría aún más. 

Keiko Fujimori no fue ni es mi candidata, pero estamos en una coyuntura donde debemos elegir no por una persona, sino por el futuro de un país cuya independencia vino de afuera, porque nos la concedió un argentino y un colombiano. 

En el año del bicentenario de la independencia, si queremos convertirnos en un país adulto, tenemos la responsabilidad de hacernos cargo de nuestros retos más difíciles. 

Esta vez jugamos los peruanos. 

Nuestros votos no son necesarios para ganar una clasificación a un mundial, son los goles urgentes para que un país que aún tiene esperanza no se hunda en el agua de los timoratos.

Mis 46

Hoy decidí disfrutar el amanecer. 
Al contemplar al sol asomarse, lentamente, cual murmullo de montañas, recordé el año cuando fui a trabajar a Brasil.

En el 2003, una multinacional británica me trasladó a Sao Paulo por los buenos resultados que había obtenido en Perú y Bolivia.Sin embargo, no habían pasado tres meses y mis colegas brasileros se estaban riendo de mí en una reunión. 
¿De qué se ríen?, los encaré. No me quisieron dar respuesta.
Miré a uno fijamente: ¿Dímelo en la cara? 
Él se negó. 
Luego de insistirle varias veces, señaló el cuaderno de Fernanda, nuestra jefe.
Fernanda había salido un momento de la sala para atender una llamada.
Me acerqué a su cuaderno y leí sus anotaciones: “Carlos, aulas de português, urgente”.
Me volví a ellos, que ya no se reían. Parecían apenados al ver mi rostro desencajado.

Eso ocurrió un viernes y, por la tarde, atravesé caminando una playa boscosa en el litoral paulista. Me sentí frustrado porque el país que me había recibido con tanta expectativa consideraba que no sabía su idioma. 
Pensé que con los buenos resultados obtenidos en Perú y Bolivia, y un poco de carisma conseguiría salir adelante. Estaba equivocado. 
Aquella tarde mi familia, mis amigos, mi país, se encontraban lejos. Lo único que esperaba era ver al sol ocultarse en el mar, sentir sus últimos rayos en mi piel como un abrazo de consuelo.
Esperé al sol en esa playa paulista, pero no lo veía descender, ¿dónde se había metido? 
Giré mi cabeza y lo vi detrás de mí, ocultándose entre las montañas. 
Acostumbrado toda mi vida a verlo morir en el oeste del Pacífico, no había caído en cuenta que, en el Atlántico de Sao Paulo, el oeste apuntaba a las montañas.

Hoy cumplo 46 abriles y los cambios siguen llegando. 
No dejan de inquietarme, pero lo bonito es que ahora me siento más preparado para asumirlos, porque he sacado algunas piedras de mi mochila y puse más oxígeno creativo con fuego de amor. 
Hoy el sol se ocultará en estas montañas verdes y abundantes. 
Hoy el sol también nació entre ellas. 
Y disfrutaré su recorrido hacia el oeste, porque tengo la serena esperanza de que sus rayos me guiarán al norte que yo necesito y merezco.

Samara

“Los niños sólo pueden aprender a controlarse perdiendo el control”.
Esta frase me ha estado rondando en la cabeza desde hace días.
Emergió a la superficie el día que mi hija cumple años.
A partir de hoy, Samara tiene cuatro y me siguen sorprendiendo los contrastes de su personalidad.
Samara salpica ternura por la noche: “Para dormir, yo necesito que estén los dos conmigo, necesito su amor”, nos dice a Paula y a mí, en el momento de ir a la cama. 
Ahora, durante el día, ella despierta el carácter de las olas del Pacífico peruano, una sólida determinación que me hace sentir tranquilo como padre, porque deseo que ella crezca sabiendo que puede lograr lo que quiera en la vida: “Papi, no me ayudes”, me dice, cada vez que la veo empinarse encima de una silla para alcanzar algo. “No me empujes, yo puedo sola”, cuando pedalea en el triciclo y observo su esfuerzo al subir una pendiente.
Sin embargo, también muestra una personalidad indómita cuando no quiere hacer las cosas que no le gustan: “Voy a lavarte el pelo”. “No quiero”, grita como si la fuese a torturar. “Samara, es la hora de comer”. No me gusta eso, no me gusta lo otro…Voy a traer un cuento, decreta y abandona el comedor.
Sufro cuando pasa eso.
La paciencia suele acompañarme cuando estoy con ella pero, cuando tengo el tiempo justo, puedo perder el equilibrio:
“Niña malcriada, me quiere joder la existencia”, solía pensar antes de que Paula me enviara el link de un curso llamado Educación Consciente (Conscious Discipline). 
Debo reconocer que me daba un poco de rabia sacrificar mi tiempo de lectura en un curso que no me interesaba. Además siempre he pensado que la paternidad es una tarea que se va aprendiendo en el camino, algo tan natural como cuando aprendí a cruzar las olas del mar.
Mi visión cambió cuando escuché aquella frase de la psicóloga Becky Bailey: “Los niños sólo pueden aprender a controlarse perdiendo el control”.
Bailey sostiene que la tarea de los niños es perder el control. 
Que cuando Samara grita para que no le lave el pelo o se niega a comer, simplemente manifiesta un mecanismo natural de supervivencia. 
Aunque a veces piense que Samara necesita “mano dura”, lo cierto es que mi hija sólo reacciona mostrando sus emociones, porque es lo único que sabe hacer. 
Nadie le ha enseñado a autorregularse. 
Esto no quiere decir que deje de lavarle el pelo o alimentarla cuando ella quiera. Es sostener el límite, pero acompañando su proceso emocional: “Entiendo cómo te sientes, hija”.

Con ese curso comprendí que, si pongo “mano dura” en Samara, sí voy a conseguir que se lave el pelo y que coma cuando yo quiero. Pero también es posible que lo haga desde el miedo y - si continuo haciendo las cosas de esa manera - su autoestima se deteriore.
Más adelante, cuando Samara necesite coraje para enfrentar un evento difícil, tal vez no lo tenga. O si alguien pretende ir en contra de su voluntad, quizá no la acompañe la confianza suficiente para decir “No”. 
Y lo más grave, tal vez no confíe en mí para contármelo.
Según Bailey, porque su deseo de supervivencia natural fue neutralizado con un grito, con un golpe o con un baño de agua fría.
Samara tiene las olas del Pacífico dentro.
Sus olas hoy son suaves y, también, son fuertes e indómitas.
Yo quiero correr esas olas con ella y, para eso, debo trabajar en mi paciencia. Acompañarla.
Quiero que si, en el futuro, una ola de la vida le da un remezón, ella intente superar ese obstáculo por ella misma. Y, si no puede, que sepa que puede extender la mano, porque yo estaré ahí para ayudarla.

Felices 4 años, Samara. Eres la ola perfecta que me tocó correr en esta vida.