jueves, 4 de noviembre de 2010

Creta, Grecia - parte 1: "En busca de las raíces"



Hace más de una hora que abandonamos Atenas; bebo un café granizado en la terraza del barco y de sorbo en sorbo me maravillo ante este sol, que anuncia su caída abatiendo una estela de plata en el mar Egeo. Ahora, comienzan a rodar las interrogantes dentro de esta cabecita loca que no me deja tranquilo: ¿Por qué elegí Creta, y no Santorini, Mykonos o Delos?, ¿será porque posee playas inexploradas o por su música hipnótica?, ¿qué atracción mágica ejerce en mi esta isla?
Pierdo la mirada en esa línea que separa el bloque azul del mar y el celeste del cielo, en el horizonte diáfano que tranquiliza mi corazón y le susurra que aún restan siete horas para llegar a Iraklio, el puerto cretense.

Creta fue la cuna de la civilización minoica, según varios historiadores, la más antigua de Europa. Pensando en esto voy atando cabos, y tal vez, haya sido la antigüedad de esta cultura, los cinco milenios que nos separan de ella lo que me trae hasta acá. Ahora, estoy recordando el mito del enamoramiento de Zeus y la ninfa Europa, el dios de dioses se transformó en un toro blanco para llamar su atención, la ninfa montó sobre él y se lanzaron al mar, llegaron hasta Creta y bajo la sombra frondosa de unos plátanos la pareja se unió; mi cabeza se atesta de imágenes de Knossos, el gran palacio de Minos, el rey cretense, en donde su mujer, Pasifae, engendró al famoso Minotauro.
Sí, es cierto, recuerdo que fue su pasado mitológico, y particularmente, el culto inmemorial al toro de esta civilización minoica lo que llamó mi atención. Sin embargo, sé que otras fueron las razones que me trajeron hasta acá. Ahora, le ordeno una tregua a mi mente y vuelvo la mirada al mar; me relajo a pesar de no tener aún la razón más contundente acerca de mi visita a Creta, pero no tengo apuro, presiento que la encontraré durante mi visita a esta mágica isla.

Once y media de la noche. Habíamos llegado al puerto de Iraklio. Caminé cerca de media hora hasta llegar a Dédalo, la vía comercial más importante de la ciudad; observé a un músico callejero afinando su guitarra y me detuve a preguntarle por mi albergue. El sujeto, alto y de aspecto circense, se quitó el sombrero e inclinó su cuerpo levemente, “Bienvenido”, me dijo en un correcto español; luego prosiguió, “kalispera, mi nombre es Jimmy” (Además de significar buenas noches, kalispera tiene una connotación de desear lo mejor al prójimo). “Kalispera, el mío es Carlos”; “encantado, ¿de turismo, Carlos?”, me preguntó mientras liaba un cigarrillo; “sí, algo así”. Luego de una pausa, le interpelé: “¿De dónde eres?”; “larga historia, amigo; verás, nací en Estados Unidos, viví muchos años en México y Argentina, y ahora, estoy en Grecia, ¿qué te parece?”; ”¿y por qué Creta?”, le pregunte; “vine a buscar mis raíces; mi abuelo, que en paz descanse, nació y vivió aquí toda su vida. Nunca lo conocí, pero por lo menos estoy recorriendo sus pasos”.
Después de unos cuantos minutos de charla, Jimmy me acompañó hasta mi hostal; “por aquí estaré si necesitas algo”, me dijo al despedirse. Al día siguiente, subí a la terraza del albergue a tomar un café antes de salir. Vi que a lo lejos se asomaba el azul del mar y medité sobre lo que dijo Jimmy: “Vengo a buscar mis raíces”. Sabía que detrás de esas palabras se escondía mi propósito de viaje. En fin. Liquidé el café, y ahora, a caminar rumbo a la estación, el próximo bus a Knossos salía en media hora.

Sólo veinticinco minutos duró el trayecto en bus hasta el palacio de Knossos -el cual fue descubierto y reconstruido por Sir Arthur Evans a inicios del siglo XX- ; apenas llegué, pagué la entrada y me puse a explorar, minuciosamente, cada rincón de la mítica residencia, sus columnas circulares, la plasticidad de sus frescos (copias de los originales que se exhiben en el museo arqueológico de Iraklio), ¡los laberínticos pasillos!, en donde, supuestamente, se mantenía al Minotauro en cautiverio

Cuenta la leyenda, que el rey Minos le pide a Poseidón un toro para sacrificarlo en su nombre; el dios del mar, agradecido por el gesto, hace brotar de las aguas un toro corpulento y brioso; Minos, encantado con el animal, decide sacrificar a otro en su lugar. Poseidón se enfurece con el engaño y envía una maldición a su esposa, provocándole un voraz apetito erótico hacia el toro. Pasifae no se resiste a la virilidad que le inspira el bovino y se aparea con él, dando a luz al Minotauro, un ser monstruoso de cuerpo de hombre y cabeza de toro. El rey Minos encierra a la bestia, sin embargo, para contener su furia debía cebarlo, periódicamente, con siete doncellas y siete mancebos. El alimento era enviado por el pueblo ateniense, sometido por Creta. Teseo, el legendario héroe de Atenas, se ofreció a ir como parte del alimento, pero con el objetivo de aniquilar al Minotauro. Finalmente logró su cometido.

Según esta leyenda, el toro es, como salta a la vista, un animal divino: símbolo del dios Poseidón. Dentro del palacio los cuernos del animal eran un elemento decorativo; y de hecho, eran las sacerdotisas las encargadas de sacrificarlo en honor a los dioses. Es muy probable, pues, que la civilización cretense heredara el culto al toro de civilizaciones más antiguas, acaso de Egipto -país con el que sostenía un activo intercambio comercial-, cuya divinidad, Apis, también de cuerpo de hombre y cabeza de toro era símbolo de la fertilidad.

De regreso a la ciudad, bajé en la estación del puerto y caminé unos minutos hasta llegar al museo arqueológico de Iraklio. Me quedé impactado con la omnipresencia del toro en el arte de la civilización minoica; en los frescos, la cerámica y escultura ¡el toro estaba ahí, siempre! Por un momento, sentí cierta claustrofobia al estar cercado por miles de estos cornudos mamíferos; sin embargo, logré salir ileso del museo.

El reloj marcaba las seis de la tarde, aún quedaban algunas horas de luz, y decidí caminar hasta mi último destino: la basílica de Agios Titos. Cuando entré, percibí cierta solemnidad en el ambiente, se respiraba paz ahí dentro, la luz era tenue, las velas parecían tallos en un jardín de candelabros y los ornamentos me quitaron el aliento. A mi lado, una mujer se persignaba muchas, muchísimas veces frente a una imagen de la virgen; y yo, pensaba en el crisol de ritos católico-musulmán-ortodoxos que se han fundido aquí, a través de los siglos, una secuencia de cultos unidos en esta misma edificación desde su construcción en el 962 d.C., durante el período bizantino. Y es que esa misma basílica, luego, había sido convertida a mezquita por los turcos y recuperada por el cristianismo ortodoxo en 1923.

Como la vida, el tiempo también fluye, como un río que arrastra realidades, llevándose unos cultos religiosos y trayendo otros. No es raro imaginar que cuatro milenios atrás, ahí mismo, sí, justo debajo de los cimientos de esa basílica, ¡se derramó sangre de toro!, derramamiento de sangre mortal de una divinidad para la purificación de la humanidad, muy parecido, al sacrificio del Jesús cristiano, cordero de Dios que derramó su sangre para quitar el pecado del mundo. La forma cambia, pero el fondo es el mismo.
De modo que, el toro, ese bovino ancestral, alegoría de la virilidad y fertilidad, símbolo de Zeus o Poseidón en la mitológica griega, podría haberse transformado en el Jesús cristiano; ¿y por qué no?, Hera o Afrodita en María; y los ángeles, ¿no son acaso una reencarnación de Eros?; y es que, a través del tiempo, los dioses no han desaparecido, sólo se han transformado.

Salí de la Iglesia visiblemente emocionado; mi propósito se estaba esclareciendo, ver las cosas desde afuera, sin apegarme a ninguna creencia me había llevado a observar todo con mayor lucidez.
Caminé hasta la plaza Morosini, y ¡vaya sorpresa!, me encontré nuevamente con mi amigo Jimmy, pero esta vez, tenía a su lado un niño con un bouzouki en sus manos. Los saludé con una particular efusividad. “Oye, Jimmy, ¿el muchacho es tu hijo?”, le pregunté; él sonrió y respondió: “No. Es un amigo”. Me quedé un rato observando al niño, tenía una mirada con carácter y cuando me la sostenía, podía percibir como hacía brillar esas cuerdas, y extraer de ellas unas melodías hermosas. “¿Te gusta?”, me preguntó Jimmy, luego agregó, “los gitanos tocan muy bien, lo llevan en la sangre”. Realmente me impactaba como me miraba aquél muchacho, directo a los ojos, con el mentón alzado, desafiante, orgulloso de su raza. Cuando terminó, aplaudí y le di una moneda; me volví a Jimmy, ¿Y tú eres gitano?”, “No, yo no soy gitano, bueno, si lo soy, pero de otra manera, yo no hablo su dialecto ¿entiendes?”, yo asentí, y él prosiguió, “soy gitano porque viajo por el mundo y llevo mi música, soy gitano porque me hace sentir libre, sin apegos, sin banderas, sin fronteras, sin naciones, sólo mi música”.
En ese preciso momento, después que Jimmy dijo esto, cavilé acerca del propósito de mi viaje, en aquello que me trajo a Creta y no a otro lugar. Pensé en el fondo de mis entrañas: “Sin apegos ni fronteras…Carlos parece que lo encontraste”, seguí meditando, “sin banderas ni naciones…pues, entonces…tampoco religiones”. Lancé un resoplido y miré al cielo. Me sentí libre, más libre que nunca en mi vida. Di media vuelta y me fui al hostal a descansar.

Los escondites del Cronista Errante
¿Dónde ir?….
Museo Arqueológico de IraklioXanthoudidou 2
Tel: 28102 79000; adulto: 4 euros
Los estudiantes de la Comunidad Europea ingresan gratis.

Este museo, el segundo en importancia después del Museo Nacional Arqueológico de Atenas, es de visita obligada. Guarda la colección más extensa de arte minoico; los frescos, cerámica y escultura lo harán viajar cinco mil años atrás, cuando esta civilización dominaba el comercio mediterráneo y contribuía con los primeros cimientos de la civilización occidental.

¿Dónde comer?…
Fyllo…SofiesPlaza Morosini 33
Al lado de la fuente Morosini, en el corazón de Iraklio, es agradable dar un descanso, observar el tráfico de gente que llega al puerto cretense, y por supuesto, comer un delicioso bougatsa (pastel griego relleno de carne).

¿Dónde dormir?….

Hellas Rent Rooms
Handakos 24; s/d/tr sin baño €10.50/30/42


Este albergue no solo se ubica en pleno centro de la ciudad, sino que todas sus habitaciones poseen balcones, son cómodas y limpias. Lo mejor: la vista y el ambiente que tiene el bar de la terraza, en el último piso del hostal, donde puede beber un trago por la noche acompañado de buena música o tomar un delicioso desayuno antes de salir a caminar por la ciudad.


Fotografía: Palacio Knossos-Creta, by Carlos Modonese

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