miércoles, 21 de marzo de 2018

La medida de todas las cosas



Foto: Carlos Modonese

Quienes hayan entonado canciones alrededor de una fogata, en algún campamento playero a finales del siglo pasado, quizá sintieron los ecos rebeldes contra las dictaduras militares latinoamericanas, en las canciones de Sui Generis. 

Como si se tratase de un llamado a la consciencia, después de leer el último libro de Pedro Llosa(Lima, 1975), “La medida de todas las cosas”, me puse a escuchar “Aprendizaje”. Un tema insignia del álbum “Confesiones de invierno”(1973), de ese dúo de ángeles pelucones que eran, en la década del setenta, Nito Mestre y Charly García.


Puse mucha atención a la primera estrofa: “Aprendí a ser formal y cortés, cortándome el pelo una vez por mes, y si me aplazó la formalidad, es que nunca me gustó la sociedad”.

Foto: Blog de Charly García

Con “La medida de todas las cosas” me llegó este flashback, el recuerdo cantado de “Aprendizaje”, su melodía suave protestando contra el sistema, reconociendo la autenticidad que albergan las cosas simples de la vida.

“La medida de todas las cosas”(Emecé, 2017) ha sido la consolidación de la propuesta estética en la obra literaria de Pedro Llosa, demostrada en “Protocolo Roschach”(Finalista Premio PUCP, 2005)  y “Las visitaciones”      (Premio APJ 2014), sus libros de cuentos anteriores.

Los relatos se asemejan a seis piezas de relojería cantadas alrededor de una misma fogata, un mismo concepto: el cuestionamiento a los valores (¿o anti-valores?) de una sociedad, contados alrededor de universos domésticos. 
Los primeros dos relatos, “Unas fotografías, apenas” y “Alboradas”, muestran los desafíos que supone la vida en pareja, los acuerdos políticos que surgen con los años de convivencia, “para no sacarnos los ojos”.    
La narración es equilibrada, con diálogos divertidos e inteligentes que confrontan nuestras creencias más profundas acerca de ellas. Al leerlos tuve un déjà vu con los diálogos de Diane Keaton y Woody Allen, la entrañable pareja de Annie Hall(1977).

Incluso, en el último relato, “La medida de las cosas”, el personaje escritor enfrenta un dilema moral muy grande, el de renunciar a escribir lo que verdaderamente desea para poder sobrellevar una vida en pareja "normal", en medio una sociedad que valora más la superficie que la profundidad.

“Cazadores de ostras” es, tal vez, el relato mejor logrado del libro. La aguda observación del modus vivendi de las aves ostreras y los recuerdos de los campamentos de la infancia son exquisitas y sutiles metáforas, que nutren las reflexiones del personaje acerca de si la naturaleza debería o no tener dueño, o si la vida en comunidad podría ser la opción humana más justa.  

Foto: Audubon Society

De cualquier manera, "Cazadores de ostras" es una potente evidencia de la versatilidad en la literatura de Pedro Llosa, por tres motivos. 

El primero, por las reflexiones profundas de sus personajes. De esta manera roza el terreno de la novela: además de buscar la esfericidad que exige el argumento de un relato, los personajes se preguntan cosas. Haciendo una referencia al título, si el hombre es medida de todas las cosas, estos personajes demandan pensar sobre sí mismos, dentro de la sociedad a la que pertenecen. 

El segundo, por el serio compromiso con la realidad en la que viven sus personajes.
Un motivo íntimamente relacionado con una frase que Julio Cortázar nos dejó en sus brillantes lecciones de literatura en la Universidad de Berkeley (1980):

“…me parece muy alentador y muy hermoso y cada día más frecuente en América Latina que los escritores de ficción, para quienes el mundo es un llamado continuo de toda libertad temática, dediquen una parte creciente de su obra a mezclar sus calidades literarias con un contenido que se refiere a las luchas y al destino de sus pueblos…”.

De hecho, “El príncipe de la basura” es un claro ejemplo de esto, porque aborda con mucha imaginación un tema imperdible en la agenda mundial actual, el medio ambiente: la municipalidad de un distrito limeño contrata a un holandés para implementar un moderno sistema de reciclaje, que funciona sin problemas en los países desarrollados. 
Sin embargo, en países como el nuestro, este sistema podría ser el destructor de un sector marginal de la población, que tiene en el reciclaje manual una fuente de ingresos para sus familias.

El tercer motivo tiene que ver con la forma en que los conocimientos enriquecen la ficción. 
Y es que, siendo Pedro Llosa un economista y un estudioso de la política, sus relatos no son ensayos, tampoco papers científicos.  
Aun cuando en sus cuentos desfilan grandes nombres de la economía y la política - como Adam Smith, Sócrates, Jerry Cohen, David Ricardo, etc -, estos no pretenden enseñarte todo lo que el autor sabe de estas ciencias. Todo lo contrario, Pedro Llosa, como el neurólogo británico Oliver Sacks o el genetista español Miguel Pita, pone el conocimiento de las ciencias al servicio de las historias, las mismas que tienen como punto de partida el universo de su creador. 

Esta es la cualidad que más admiro en los cuentos de “La medida de todas las cosas”. La que me hace volver con nostalgia al pasado, a Sui Generis, y cantar con fuerza una de las últimas estrofas de “Aprendizaje”: Y tuve muchos maestros de que aprender, solo conocían su ciencia y el deber, nadie se animó a decir una verdad, siempre el miedo fue tonto
Pedro no solo conoce su ciencia. También se atreve a escribir las verdades a través de buenas historias, las verdades que a muchos se nos pueden quedar pegada en los labios.

viernes, 2 de febrero de 2018

Encuentro con Coetzee


Foto: JM Coetzee en Cartagena / El País / Daniel Mordzinski

John Maxwell Coetzee (Premio Nobel de Literatura 2003) fue el motivador, el dulce puñal a la memoria que me hizo dejar un día soleado en la casa de playa con mi familia, a 20 kilómetros del centro de Cartagena de Indias, y asistir a su conferencia en el HAY Festival 2018.
Dulce puñal porque cuando leí “Desgracia”, en el 2010, me impactó la estela sutil y afilada que dejaban sus palabras, como el humo de un revolver cuando flota en el aire después del disparo.

No sabía que ese mismo impacto se reproduciría al verlo y escucharlo en persona, una de esas posibilidades que podía darse pocas veces en la vida, dado que la excesiva timidez de Coetzee no lo hace amigo de las presentaciones en público ni de las entrevistas, tampoco de recibir a los medios de comunicación.
A esa conocida timidez se debió que la conferencia fuera estructurada en una lista de preguntas, previamente establecidas, entre el escritor sudafricano y su editora argentina, Soledad Constantini.
La espontaneidad no es para Coetzee. Por lo menos no, en el ámbito público.

Días antes comencé a imaginar la pregunta que iría a hacerle:
¿En qué momento te diste cuenta que querías ser escritor?, tremendo cliché, lo taché con fuerza y probé otra.
¿Cómo impactó el apartheid y la independencia de Sudáfrica en tu literatura?, pretenciosa a morir, también la descarté.  

En fin, podía ser una pregunta relacionada con “Desgracia”, con las reflexiones inflamadas de ese profesor universitario que se le acusa de acoso sexual a una alumna.
Pero no, yo sabía que la pregunta sería acerca de “Juventud”, sobre las emociones crudas e invisibles de ese joven matemático que quiere ser escritor. 
Un muchacho que deja Ciudad del Cabo y se traslada a Londres, donde espera que sus carencias materiales no le desvíen de lo que su espíritu busca incansablemente, una auténtica voz literaria:
“Porque será artista, eso ya hace tiempo que está decidido.
Si de momento tiene que ser desconocido y ridículo, se debe a que el destino del artista es sufrir el anonimato y el ridículo hasta el día en que se revelen sus verdaderos poderes y quienes se burlan y se mofan de él tengan que callarse”.

En la contratapa de “Juventud” escribí varias preguntas en español y en inglés, por si acaso, y llevé el libro con la ilusión de ver su firma estampada en él.
Llegué una hora antes al Centro de Convenciones Julio Cesar Turbay, una moderna edificación que reposa sobre un recodo de bahía, frente a la antigua Ciudad Amurallada.
Era el cuarto de la fila y una vez que ingresamos al anfiteatro con capacidad para 6,500 asistentes, me acerqué a una señorita de cara redonda y gafas de pasta. Tenía el micrófono en la mano y un gesto ausente, esos que revelan el no saber por qué está ahí.
Le comenté donde me sentaría para que me identifique cuando levante la mano en el momento de las preguntas, por favor.
Foto: Centro de Convenciones JCT / Juan Alzana-Flickr

Coetzee apareció sobre el escenario con camisa blanca y traje negro. Sus pasos eran lentos y arrastrados, como queriendo evitar que la audiencia se percate de su presencia.
Comenzó leyendo un cuento nuevo en voz alta: “El perro”.
Una sorpresa sabiendo que la obra del sudafricano pertenece, casi en su totalidad, al ensayo y la novela.
Antes de iniciar la lectura, aclaró que leería el cuento en inglés y le pidió a Soledad Constantini que leyera la traducción oficial en español. 
Explicó que él leería un párrafo y Constantini lo traduciría inmediatamente, y así, hasta el final. 

Teniendo en cuenta de que la conferencia duraría una hora y que la lectura del cuento, en ambos idiomas, podría tomar quince minutos,el escritor no aceleró el paso,pronunció cada palabra con claridad y estrujo con sus manos el papel cada vez que los ladridos humanizaban al perro del relato.
Al terminar de leerlo hubo unos segundos de silencio, esos que permiten atrapar la solemnidad de lo que se acaba de oír.
Después de los aplausos explicó que el cuento forma parte de su próximo libro, “Siete cuentos morales”.
Relatos que abordan los temas morales que él considera importantes: sobre la infidelidad en las parejas, sobre las decisiones que toman los hijos cuando sus padres llegan a la vejez, sobre si los animales deberían o no gozar de los derechos que posee la especie humana.
Foto: JM Coetzee en HAY Festival / El Colombiano

Coetzee compartió, también, su insatisfacción por el dominio que el idioma inglés está ejerciendo en el mundo: “Me resisto a sus pretensiones universalistas”.
Aclaró que, aunque escribe su obra en inglés, no se considera un escritor de habla inglesa, porque su lengua nativa, además, es la de los afrikaners (colonos neerlandeses que llegaron a Sudáfrica en el siglo XVII).

Esta declaración tiene mucha relación con su proyecto “Literaturas del sur”, que nació de su experiencia como profesor en la Universidad de San Martín en Buenos Aires.
Con “Literaturas del sur” el Nobel pretende acercar a los escritores y editores de tres países del hemisferio sur: Australia, Sudáfrica y Argentina.
"Son países del sur geográfico con características comunes de clima y fauna y flora, pero también, más importante aún, con historias de colonialismo detrás de ellos, y con sus propias variedades de cultura de asentamiento".
De esta manera, los editores del norte no serán los que decidan qué publicar del español al inglés y viceversa.
Es decir, un texto latinoamericano podrá traducirse al inglés sin pasar previamente por Nueva York, y al contrario, si un escritor australiano o sudafricano desea publicar en Latinoamérica, su texto no necesariamente tendrá que pasar por Londres.

¿Por qué está simpatía de Coetzee con el español?
Me atrevo a decir que lo descubrí en un párrafo de “Juventud”, acerca de la lucha de este joven que busca no solo una voz literaria, también un idioma para escribir sus emociones, porque no quiere hacerlo en su lengua materna (afrikaner):
“El idioma francés se le resiste, le excluye…Capta el español sin problemas. Lee a César Vallejo en edición bilingüe, lee a Nicolás Guillén, lee a Pablo Neruda. El español está plagado de palabras de sonido brutal cuyo significado ni siquiera acierta a adivinar, pero da igual”.

De pronto, Soledad Constantini informó que no había tiempo para preguntas y pedía disculpas. Giré la cabeza y vi que la niña del micrófono ya no estaba.
“El escritor sí dará un espacio para la firma de libros”, agregó una organizadora del evento.
Eso me tranquilizó. Por lo menos por unos segundos.
Me firmaría “Juventud” y le haría la pregunta que tenía escrita desde hace mucho en la contratapa.
En ese momento deslicé la cremallera de mi mochila y vi que no había traído el libro.
Me cogí la nuca con ambas manos: las gran puteadas iban y venían por mi cabeza como por un pasillo franco.
La fila para la firma era muy larga. Todos tenían libros en la mano. Menos yo.
Salí de la fila y del recinto.

El calor era sofocante y, después de cuarenta minutos en auto, en medio de una carretera plagada de palmeras, llegué a la casa y corrí a mi habitación a buscar el libro.
Pasé las páginas, sin embargo, tampoco encontré la pregunta.
En cambio, me detuve en un párrafo que había subrayado:
“Es un estado que no conocía: parece notar en la sangre la rotación constante de la tierra. Los gritos lejanos de los niños, el canto de los pájaros y el zumbido de los insectos se unen en un himno de alegría”.

Al cerrar el libro escuché la risa de mi hija y el sonido de un chapoteo en el agua de la piscina. Inmediatamente recordé que el día anterior había comenzado a gatear.
Guardé “Juventud” dentro de la mochila y salí a buscarla.


Foto: Carlos Modonese

HAY Festival Cartagena 2018

Foto: Paula Muñoz

"No tenemos WI-FI, hablen entre ustedes”.
Cuando la noche cerró el telón del intenso día jueves, algo comprendí cuando por la mañana me detuve frente a este curioso letrero colgado en la pared de un restaurante, en ese casco viejo cartagenero que parece abrazarte con el calor tropical de sus calles abalconadas y las voces de distintos rincones del mundo que resuenan por estos días de HAY Festival.

Foto: Paula Muñoz

Me quedé con varios apuntes en las dos sesiones que asistimos.
En la primera, “Poder, Periodismo y Literatura”, en el teatro Adolfo Mejía, Sergio Ramirez (Premio Cervantes 2017), estuvo acompañado de Juanita León (Premio Gabo 2016) y Jaime Abello (Director Fundación Gabriel García Márquez).
El conversatorio abordó el tema de la influencia política en las redes sociales, de cómo se han convertido en cajas de resonancia, en instrumentos de manipulación que le dan más poder al poder. Las cadenas de mensajes que vuelan como mosquitos virtuales en WhatsApp o Facebook, por ejemplo, impiden identificar el grado de veracidad de las noticias, por el nivel de sofisticación que tienen para sonar a verdad: no son falsos, sino engañosos.
Sin embargo, también, antes solo existían los medios de comunicación tradicionales para enterarnos del quehacer político. Hoy, cualquier equivocación de la clase que dirige un país hace que las costuras del poder, antes fácilmente ocultables, se hagan más visibles ante nuestros ojos.
Foto: Carlos Modonese
A las 19:30 horas caminamos hacia la plaza San Diego, quizá el rincón más encantador de la ciudad amurallada. El Instituto de Bellas Artes y Ciencias de Bolívar presentaba la charla: “La muerte del padre”, que moderó la editora Margarita Valencia y unió a Javier Gomá (Filósofo) y a Renato Cisneros (Periodista y Narrador.
Ambos autores ya pasaron por la confrontante situación de perder al padre, a esa especie de demiurgo, dador de vida y gran responsable del legado psicológico que recibimos antes de que tengamos consciencia de nosotros mismos.
Las obras, “Inconsolable”, el ensayo de Gomá, como “La distancia que nos separa”, la novela de Cisneros, tomaron como punto partida e inspiración la muerte de su padre.
No obstante, si bien el tema les ayudó a comprender más su forma de ver el mundo o a “cicatrizar heridas” (Cisneros), la idea de hablar de un tema tan personal no puede tener como propósito “exorcizar los demonios del escritor".
En ese caso estaríamos hablando, según Goma, de una literatura maleducada, que intenta “convertir a los lectores en mudos testigos de su terapia” (Gomá).
La obra no puede ser la evacuación de un escritor, el escritor debe venir evacuado, comentó Gomá, despertando las primeras carcajadas de la charla.
Y es que el proceso creativo de una obra tiene la responsabilidad de resolver un dilema individual para darle luz universal.
Gomá y Cisneros fueron muy generosos al compartir anécdotas emotivas que ya pasaron el filtro del duelo. Como cuando los padres se separan y generan un dolor inevitable en los hijos, comentaba Gomá. Los hijos no tienen derecho a reclamar a ningún tribunal por recibir ese dolor, porque los padres también tienen derecho a tomar las decisiones pertinentes para lograr su felicidad; sin embargo, el niño sí tiene el derecho de hacer visible su herida. No para que los padres pidan disculpas, basta con que la reconozcan.
La charla se cerró con una poderosa reflexión de Cisneros sobre el autoritarismo en la figura de un padre: Muchas veces el padre autoritario considera “bien educado” al hijo que hace exactamente lo que él quiere que haga. Lo elogia, lo compara frente sus hermanos.

Pero si somos sensatos, la buena educación debería estar relacionada a ese “destete” del hijo de la forma de pensar de su progenitor, es decir, cuando el padre inspira a sus hijos a desarrollar un sentido crítico y a pensar por sí mismos. Incluso que sean capaces de confrontarlos.
El conversatorio acabó en medio de aplausos a los dos autores que mostraron esa vulnerabilidad que uno espera en las conferencias, y recordé el mensaje de ese letrero que leí por la tarde en una calle de la Ciudad Vieja: “No tenemos WI-FI, hablen entre ustedes”.

Comprendí por qué debería replicarse el espíritu del HAY Festival en nuestra vida cotidiana: para detener por un momento la inmediatez en la que vivimos, juntarnos a charlar alrededor de una mesa y decirnos, ¿y tú, qué piensas?, para celebrar la reflexión y compartir nuestra mirada. No para defenderla.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Sin nacionalismos


La tarde que Gareca nos dejó sin mundial fue el día que más triste vi a mi padre. 
Por ello, a una semana de la clasificación a la Copa Mundial Rusia 2018, quise reflexionar evitando el excesivo fervor que me contagiaron las tribunas el pasado miércoles. Saborear el triunfo pero con el paladar más limpio, como cuando se prueba un buen vino que ya recibió oxígeno, antes de ser disfrutado en el brindis de la gran celebración.                               
Es decir, sin pasiones desbordadas.

El martes pasado, un día previo al partido y tres antes del cumpleaños de mi padre, el celular saltó a las siete de la noche. Contesté en voz baja, amparado en el silencio de mi estudio para no despertar a mi hija de siete meses.
 Cada minuto de sueño de ella representa un mundo de posibilidades para mí. Al contestar, escuché: "Porque creo en ti...", cantaba una voz a murmullos. "No me jodas, Diego, por favor", le exigí. “Tengo tu entrada en la mano -me confirmó con sarcasmo-. Mi hijo no tiene tantas ganas de ir al partido y ésta solo la merece alguien que esté sufriendo por estar ahí”. 

Apenas colgué llamé a Chincha, a la casa de mi viejo: “El miércoles viajo a primera hora a Lima, ¿dónde vemos el partido?”, me preguntó. Le comenté que tenía una entrada y la línea quedó en silencio un par de segundos. Me contestó que tranquilo y si por algún motivo no podía ir al estadio, él me podía reemplazar.                       
Ambos nos reímos: sabíamos lo que significaba todo eso.

Desde esa noche una sonrisa me rebasó naturalmente, una sonrisa incrédula aún, pero solo hasta que estuvimos a punto de entrar al estadio, el miércoles 15 de noviembre.La noche calurosa apuraba las latas de cerveza en la avenida Petit Thouars y vimos algo curioso. La multitud blanquirroja comenzó a alentar creyendo ver el bus del equipo peruano, cuando nos dimos cuenta que veintitantos rostros blancos se asomaban a las ventanas y grababan con sus teléfonos ese espectáculo, quizá, nunca antes visto ni en un partido de rugby. El equipo de Nueva Zelanda había llegado al estadio.

Para alguien como yo, un aficionado al fútbol que nunca disfrutó un mundial, es un poco difícil apagar la pasión, sin embargo, quiero ser lo más objetivo posible, contar lo que esto ha significado sin ningún afán nacionalista. Además, sabemos perfectamente lo que ese “narcisismo colectivo” está causado en distintos rincones del mundo, desde la Norteamérica de Donald Trump hasta la Cataluña de Carles Puigdemont, desde la Corea del Norte de Kim Jong-un hasta la Inglaterra de Boris Johnson. El extremo nacionalismo, en lugar de tender puentes, parece querer separarnos del instinto humano más básico: el sentido común.


Gareca anota el empate en Buenos Aires (30 junio, 1985) Foto: El Gráfico

Antes de ingresar al Nacional, en la fila nos sorprendió un matiz onírico: Perú todavía no había clasificado, pero unos tipos con ushankas y carpetas en la mano, apuntaban nombres y teléfonos, y ofrecían paquetes a Rusia que incluían un viaje en el Transiberiano, visita a la Plaza Roja en Moscú y algunos días en la antigua capital rusa, la San Petersburgo de los zares.

Al escalar las gradas del estadio el verde encendido del campo, poco a poco, se fue incrustando en mis pupilas. Me sentía como flotando hasta que canté el himno: con cariño, pero con prudencia. 

Cuando vi la seguridad de Tapia en el dribbling antes de que la pelota llegase a Advíncula, quien de un zapatazo casi rompió el poste al minuto 2 del primer tiempo, intuí que Perú podía volver a un mundial.    
Gareca se tomó de los pelos e inmediatamente se me agolpó entre las sienes la bronca de sus palabras en una entrevista que le hicieron en un canal de televisión, a pocos meses de haber aceptado ser el técnico de la selección peruana para lograr un objetivo en apariencia imposible.                      

Su bronca estaba relacionada con el inevitable recuerdo del 30 de junio de 1985. Yo tenía diez años y mi padre nos prometió, a mí y a mi hermana, llevarnos a un parque de diversiones en la avenida Javier Prado, después del partido.
 Esa tarde, si Perú quería estar en México 86, debía hacer una gesta heroica y ganarle en Buenos Aires a la Argentina del mejor Maradona, veintipocos años y con el anhelo de un gran mundial, después del fiasco que significó España 82 para los de Río de la Plata.              

Nunca lo había hecho, pero mi padre me pidió que por favor le comprara tabaco. No fue para fumar. Él fumaba solo cuando bebía "trago corto" con sus amigos; ron, vodka, pisco o lo que fuese. 

Apenas comenzó el partido, desprendió el papel de los cigarrillos para mascar el tabaco rubio. Pero solo hasta el minuto 2, cuando Julián Camino le encajó una patada criminal a Franco Navarro. Esa patada de Camino al mejor delantero peruano en muchos años le hizo escupir el tabaco, ¡ay!, hasta ahora me duele ver la repetición de Navarro en el piso con la pierna tiesa y la camilla asistiéndolo. Camino no solo mereció la tarjeta roja, también que lo sacaran del fútbol para siempre.                       
No pasó lo uno ni lo otro. En cambio, el árbitro del partido, el brasileño Romualdo Arppi Filho, bajito y de movimientos chaplinescos, recibiría como premio pitar la final del mundial de México 86, un año después.                                    
Y esto no es nacionalismo. Así fue.

Lo cierto es que, mientras todos los peruanos nos frotábamos la pierna como si nos hubiesen pateado el alma, Pedro Pablo Pasculli metía el primero para Argentina, luego de la única escapada de Maradona a Reyna.              
El próximo rey del fútbol sacó un centro imposible y Pasculli, de media vuelta, puso el 1-0 en Buenos Aires.                  
Perú lo tenía difícil, debía ganar como lo había hecho en Lima una semana antes, pero hasta ese momento Argentina tenía los boletos para México 86.Por eso, cuando la semana pasada confirmé la solidez de Alberto Rodríguez al fondo, despejando con sobriedad esa pelota amenazante y el balonazo preciso de Trauco para Cueva que avanzaba por izquierda: ocurrió. En el minuto 28 Christian Cueva le rompió la cintura al neozelandés, entregó con el empeine esa elegante pelota a un Farfán que la clavó al medio, arriba del portero. 
Farfán anota el 1-0 a Nueva Zelanda en Lima. Foto: Depor

Lo celebré fuerte y sin lágrimas porque sabía que aún restaba mucho tiempo. Debo confesar que, durante los casi cuarenta años sin mundial, he podido desarrollar una cautela implacable, un cerco que puede hacer que mi corazón dejé de latir por varios segundos. Para no sentir.

Porque los peruanos de mi generación sabemos que nuestra ilusión ha sido vencida aún jugando como los dioses. Como en ese partido en Buenos Aires, el 30 de junio de 1985, hace 37 años, cuando Uribe la bajó de cabeza y Velásquez empató; y luego la magia de Cueto saltando como una gacela en ese terreno enlodado de Buenos Aires, se escapó entre varios y metió el pase en callejón para que Barbadillo cogiera esa pelota y la enterrara en el arco argentino. Perú 2 - Argentina 1. Increíble: Si el primer tiempo hubiese acabado con ese marcador, Argentina debía ganar el repechaje con Chile para asistir al mundial que campeonaría al año siguiente.

Debe ser por eso que, cuando Farfán metió el 1-0 la semana pasada, la cautela también se notaba en el gesto de Ricardo Gareca.  
Porque hace 37 años, cuando restaban 8 minutos para que Perú eliminase a Argentina de México 86, vino esa jugada de Pasarella: la paró de pecho por derecha y lanzó la pelota al corazón del área. El barro impedía que la pelota avanzará con facilidad y los peruanos corrían hacia ella para cuidarla y despejarla, no obstante, las piernas corajudas del flaco Gareca se colaron nadie sabe cómo y su ímpetu infló las redes peruanas. 

Aunque Gareca metía a Argentina en el Copa del Mundo de México 86, él nunca celebraría esa clasificación argentina. No solo porque el gol se lo atribuyeron a Pasarella, sino por una razón que, quizá, perfiló su rostro pellejudo durante todos estos años, los mismos flecos de piel que, seguramente, fueron marcando el de mi padre desde ese 30 de junio de 1985, cuando acabó ese partido en Buenos Aires.

Esa tarde mi viejo cumplió su promesa: nos llevó a mí y a mi hermana al parque de diversiones de Javier Prado. Sin embargo, cada vez que salíamos del “Tagadá”, “La Montaña rusa” o “Los carros chocones”, nuestras sonrisas se estrellaban con la pared de su rostro, más gris que cualquier nubarrón limeño. 
De vuelta a casa, con los ojos acuosos, volvió a ver el partido en un acto masoquista. Al final de la repetición, antes de los comerciales, recuerdo que escuché: “Flameará una vez más, en México, la bandera bicolor…”, la canción que José Escajadillo compuso especialmente para esa eliminatoria. Perú ya había estado en México 70 y se esperaba su presencia en México 86. Pero esa pierna de Gareca borraría la ilusión de mi padre por ver a Perú en un cuarto mundial.

Con diez años cumplidos, ese iba a ser para mí el primer mundial de Perú. Pero yo nunca me hubiese imaginado en el parque de diversiones que, ese gol de Gareca, bautizaría mi largo peregrinaje por el sendero de la desdicha deportiva. Tal vez la cara triste de mi padre, esa tarde, fue un presagio de lo que se venía en mi vida y, por ello, se me vino a la cabeza el miércoles pasado. Perú ganaba 1-0 y yo ya no miraba el partido. Escrutaba las líneas del rostro de Gareca y tenía la certeza que su historia no se podía comparar con la de Didí, ¡háganme el favor! 
Gareca y Didí comparten una simpática casualidad. Ambos, con sus goles, sacaron a Perú de los mundiales de 1958 y 1986, respectivamente. Y luego, su sabiduría como técnicos nos clasificó nuevamente a la fiesta máxima del balómpie: Didí a México 70 y Gareca a Rusia 2018.

Pero lo de Gareca fue distinto.


Gareca y el equipo, celebrando la clasificación al mundial. Foto: Depor

Cuando pensaba en esto vino una jugada confusa en el minuto 65: La pelota se paseó en el área y Christian Ramos fusiló al arquero. Perú 2 - Nueva Zelanda 0. 
El Nacional estalló. Los jugadores no podían escuchar las indicaciones de Gareca por el estruendo y, cuando el árbitro pitó el final, ya nada importaba, todos los brazos del país apuntaron al cielo: volvimos a un mundial.    Flotando en los aires de los vestuarios, durante la celebración, parecía que las grietas en la cara de Gareca volvían a cerrarse y se dibujaba el gesto travieso de ese joven rockero argentino que parecía en los ochenta.                             
Esto confirma que lo de Gareca fue distinto a lo de Didí. Didí pudo ir al mundial de 1958 luego de su gol a Perú; en cambio, a Gareca no solo le quitaron el gol, tampoco lo convocaron al mundial.Este es su primer mundial, el que le negaron, y, también, nuestra revancha.                          
La blanquirroja representa estas revanchas compartidas, la nuestra y la del flaco. La mía y la de mi padre, que cumplió setenta y dos años y hoy carga a mi hija de siete meses con las cejas pobladas de canas y con los ojos brillantes, resueltos por la vida que construyó a su modo.                       
Yo lo observo furtivamente y me alegra que estas arrugas, forjadas con los goles que nos llevaron a Rusia, sean arrugas de celebración, las mismas que han diluído el recuerdo de esa cara triste que le vi en el parque de diversiones de Javier Prado, hace 37 años. Y repito, esto no es nacionalismo.




Publicado en Habla el Balón (Colombia) / 22 de noviembre, 2017.