domingo, 26 de noviembre de 2017

Sin nacionalismos


La tarde que Gareca nos dejó sin mundial fue el día que más triste vi a mi padre. 
Por ello, a una semana de la clasificación a la Copa Mundial Rusia 2018, quise reflexionar evitando el excesivo fervor que me contagiaron las tribunas el pasado miércoles. Saborear el triunfo pero con el paladar más limpio, como cuando se prueba un buen vino que ya recibió oxígeno, antes de ser disfrutado en el brindis de la gran celebración.                               
Es decir, sin pasiones desbordadas.

El martes pasado, un día previo al partido y tres antes del cumpleaños de mi padre, el celular saltó a las siete de la noche. Contesté en voz baja, amparado en el silencio de mi estudio para no despertar a mi hija de siete meses.
 Cada minuto de sueño de ella representa un mundo de posibilidades para mí. Al contestar, escuché: "Porque creo en ti...", cantaba una voz a murmullos. "No me jodas, Diego, por favor", le exigí. “Tengo tu entrada en la mano -me confirmó con sarcasmo-. Mi hijo no tiene tantas ganas de ir al partido y ésta solo la merece alguien que esté sufriendo por estar ahí”. 

Apenas colgué llamé a Chincha, a la casa de mi viejo: “El miércoles viajo a primera hora a Lima, ¿dónde vemos el partido?”, me preguntó. Le comenté que tenía una entrada y la línea quedó en silencio un par de segundos. Me contestó que tranquilo y si por algún motivo no podía ir al estadio, él me podía reemplazar.                       
Ambos nos reímos: sabíamos lo que significaba todo eso.

Desde esa noche una sonrisa me rebasó naturalmente, una sonrisa incrédula aún, pero solo hasta que estuvimos a punto de entrar al estadio, el miércoles 15 de noviembre.La noche calurosa apuraba las latas de cerveza en la avenida Petit Thouars y vimos algo curioso. La multitud blanquirroja comenzó a alentar creyendo ver el bus del equipo peruano, cuando nos dimos cuenta que veintitantos rostros blancos se asomaban a las ventanas y grababan con sus teléfonos ese espectáculo, quizá, nunca antes visto ni en un partido de rugby. El equipo de Nueva Zelanda había llegado al estadio.

Para alguien como yo, un aficionado al fútbol que nunca disfrutó un mundial, es un poco difícil apagar la pasión, sin embargo, quiero ser lo más objetivo posible, contar lo que esto ha significado sin ningún afán nacionalista. Además, sabemos perfectamente lo que ese “narcisismo colectivo” está causado en distintos rincones del mundo, desde la Norteamérica de Donald Trump hasta la Cataluña de Carles Puigdemont, desde la Corea del Norte de Kim Jong-un hasta la Inglaterra de Boris Johnson. El extremo nacionalismo, en lugar de tender puentes, parece querer separarnos del instinto humano más básico: el sentido común.


Gareca anota el empate en Buenos Aires (30 junio, 1985) Foto: El Gráfico

Antes de ingresar al Nacional, en la fila nos sorprendió un matiz onírico: Perú todavía no había clasificado, pero unos tipos con ushankas y carpetas en la mano, apuntaban nombres y teléfonos, y ofrecían paquetes a Rusia que incluían un viaje en el Transiberiano, visita a la Plaza Roja en Moscú y algunos días en la antigua capital rusa, la San Petersburgo de los zares.

Al escalar las gradas del estadio el verde encendido del campo, poco a poco, se fue incrustando en mis pupilas. Me sentía como flotando hasta que canté el himno: con cariño, pero con prudencia. 

Cuando vi la seguridad de Tapia en el dribbling antes de que la pelota llegase a Advíncula, quien de un zapatazo casi rompió el poste al minuto 2 del primer tiempo, intuí que Perú podía volver a un mundial.    
Gareca se tomó de los pelos e inmediatamente se me agolpó entre las sienes la bronca de sus palabras en una entrevista que le hicieron en un canal de televisión, a pocos meses de haber aceptado ser el técnico de la selección peruana para lograr un objetivo en apariencia imposible.                      

Su bronca estaba relacionada con el inevitable recuerdo del 30 de junio de 1985. Yo tenía diez años y mi padre nos prometió, a mí y a mi hermana, llevarnos a un parque de diversiones en la avenida Javier Prado, después del partido.
 Esa tarde, si Perú quería estar en México 86, debía hacer una gesta heroica y ganarle en Buenos Aires a la Argentina del mejor Maradona, veintipocos años y con el anhelo de un gran mundial, después del fiasco que significó España 82 para los de Río de la Plata.              

Nunca lo había hecho, pero mi padre me pidió que por favor le comprara tabaco. No fue para fumar. Él fumaba solo cuando bebía "trago corto" con sus amigos; ron, vodka, pisco o lo que fuese. 

Apenas comenzó el partido, desprendió el papel de los cigarrillos para mascar el tabaco rubio. Pero solo hasta el minuto 2, cuando Julián Camino le encajó una patada criminal a Franco Navarro. Esa patada de Camino al mejor delantero peruano en muchos años le hizo escupir el tabaco, ¡ay!, hasta ahora me duele ver la repetición de Navarro en el piso con la pierna tiesa y la camilla asistiéndolo. Camino no solo mereció la tarjeta roja, también que lo sacaran del fútbol para siempre.                       
No pasó lo uno ni lo otro. En cambio, el árbitro del partido, el brasileño Romualdo Arppi Filho, bajito y de movimientos chaplinescos, recibiría como premio pitar la final del mundial de México 86, un año después.                                    
Y esto no es nacionalismo. Así fue.

Lo cierto es que, mientras todos los peruanos nos frotábamos la pierna como si nos hubiesen pateado el alma, Pedro Pablo Pasculli metía el primero para Argentina, luego de la única escapada de Maradona a Reyna.              
El próximo rey del fútbol sacó un centro imposible y Pasculli, de media vuelta, puso el 1-0 en Buenos Aires.                  
Perú lo tenía difícil, debía ganar como lo había hecho en Lima una semana antes, pero hasta ese momento Argentina tenía los boletos para México 86.Por eso, cuando la semana pasada confirmé la solidez de Alberto Rodríguez al fondo, despejando con sobriedad esa pelota amenazante y el balonazo preciso de Trauco para Cueva que avanzaba por izquierda: ocurrió. En el minuto 28 Christian Cueva le rompió la cintura al neozelandés, entregó con el empeine esa elegante pelota a un Farfán que la clavó al medio, arriba del portero. 
Farfán anota el 1-0 a Nueva Zelanda en Lima. Foto: Depor

Lo celebré fuerte y sin lágrimas porque sabía que aún restaba mucho tiempo. Debo confesar que, durante los casi cuarenta años sin mundial, he podido desarrollar una cautela implacable, un cerco que puede hacer que mi corazón dejé de latir por varios segundos. Para no sentir.

Porque los peruanos de mi generación sabemos que nuestra ilusión ha sido vencida aún jugando como los dioses. Como en ese partido en Buenos Aires, el 30 de junio de 1985, hace 37 años, cuando Uribe la bajó de cabeza y Velásquez empató; y luego la magia de Cueto saltando como una gacela en ese terreno enlodado de Buenos Aires, se escapó entre varios y metió el pase en callejón para que Barbadillo cogiera esa pelota y la enterrara en el arco argentino. Perú 2 - Argentina 1. Increíble: Si el primer tiempo hubiese acabado con ese marcador, Argentina debía ganar el repechaje con Chile para asistir al mundial que campeonaría al año siguiente.

Debe ser por eso que, cuando Farfán metió el 1-0 la semana pasada, la cautela también se notaba en el gesto de Ricardo Gareca.  
Porque hace 37 años, cuando restaban 8 minutos para que Perú eliminase a Argentina de México 86, vino esa jugada de Pasarella: la paró de pecho por derecha y lanzó la pelota al corazón del área. El barro impedía que la pelota avanzará con facilidad y los peruanos corrían hacia ella para cuidarla y despejarla, no obstante, las piernas corajudas del flaco Gareca se colaron nadie sabe cómo y su ímpetu infló las redes peruanas. 

Aunque Gareca metía a Argentina en el Copa del Mundo de México 86, él nunca celebraría esa clasificación argentina. No solo porque el gol se lo atribuyeron a Pasarella, sino por una razón que, quizá, perfiló su rostro pellejudo durante todos estos años, los mismos flecos de piel que, seguramente, fueron marcando el de mi padre desde ese 30 de junio de 1985, cuando acabó ese partido en Buenos Aires.

Esa tarde mi viejo cumplió su promesa: nos llevó a mí y a mi hermana al parque de diversiones de Javier Prado. Sin embargo, cada vez que salíamos del “Tagadá”, “La Montaña rusa” o “Los carros chocones”, nuestras sonrisas se estrellaban con la pared de su rostro, más gris que cualquier nubarrón limeño. 
De vuelta a casa, con los ojos acuosos, volvió a ver el partido en un acto masoquista. Al final de la repetición, antes de los comerciales, recuerdo que escuché: “Flameará una vez más, en México, la bandera bicolor…”, la canción que José Escajadillo compuso especialmente para esa eliminatoria. Perú ya había estado en México 70 y se esperaba su presencia en México 86. Pero esa pierna de Gareca borraría la ilusión de mi padre por ver a Perú en un cuarto mundial.

Con diez años cumplidos, ese iba a ser para mí el primer mundial de Perú. Pero yo nunca me hubiese imaginado en el parque de diversiones que, ese gol de Gareca, bautizaría mi largo peregrinaje por el sendero de la desdicha deportiva. Tal vez la cara triste de mi padre, esa tarde, fue un presagio de lo que se venía en mi vida y, por ello, se me vino a la cabeza el miércoles pasado. Perú ganaba 1-0 y yo ya no miraba el partido. Escrutaba las líneas del rostro de Gareca y tenía la certeza que su historia no se podía comparar con la de Didí, ¡háganme el favor! 
Gareca y Didí comparten una simpática casualidad. Ambos, con sus goles, sacaron a Perú de los mundiales de 1958 y 1986, respectivamente. Y luego, su sabiduría como técnicos nos clasificó nuevamente a la fiesta máxima del balómpie: Didí a México 70 y Gareca a Rusia 2018.

Pero lo de Gareca fue distinto.


Gareca y el equipo, celebrando la clasificación al mundial. Foto: Depor

Cuando pensaba en esto vino una jugada confusa en el minuto 65: La pelota se paseó en el área y Christian Ramos fusiló al arquero. Perú 2 - Nueva Zelanda 0. 
El Nacional estalló. Los jugadores no podían escuchar las indicaciones de Gareca por el estruendo y, cuando el árbitro pitó el final, ya nada importaba, todos los brazos del país apuntaron al cielo: volvimos a un mundial.    Flotando en los aires de los vestuarios, durante la celebración, parecía que las grietas en la cara de Gareca volvían a cerrarse y se dibujaba el gesto travieso de ese joven rockero argentino que parecía en los ochenta.                             
Esto confirma que lo de Gareca fue distinto a lo de Didí. Didí pudo ir al mundial de 1958 luego de su gol a Perú; en cambio, a Gareca no solo le quitaron el gol, tampoco lo convocaron al mundial.Este es su primer mundial, el que le negaron, y, también, nuestra revancha.                          
La blanquirroja representa estas revanchas compartidas, la nuestra y la del flaco. La mía y la de mi padre, que cumplió setenta y dos años y hoy carga a mi hija de siete meses con las cejas pobladas de canas y con los ojos brillantes, resueltos por la vida que construyó a su modo.                       
Yo lo observo furtivamente y me alegra que estas arrugas, forjadas con los goles que nos llevaron a Rusia, sean arrugas de celebración, las mismas que han diluído el recuerdo de esa cara triste que le vi en el parque de diversiones de Javier Prado, hace 37 años. Y repito, esto no es nacionalismo.




Publicado en Habla el Balón (Colombia) / 22 de noviembre, 2017.

lunes, 20 de noviembre de 2017

La cometa

 Foto Pintura: Soft is the Breeze II / Shirley Cabral (Brazil)

No fue una casualidad que el día de ayer escogiese "La cometa", el cuento de Guillermo Niño de Guzmán, para cerrar este ciclo de enseñanza con la sexta promoción de mozos en Fundación Pachacutec.

Quería recordar aquella noche de octubre del 2008, cuando llegué a un hotel en el centro de Barcelona, con la espalda hecha añicos después recorrer cientos de kilómetros en auto para vender unos bonos de viaje.
 

Esa era mi misión en el trabajo de medio tiempo que encontré milagrosamente en una agencia de viajes de San Sebastián, en el País Vasco.
Llamar, sacar citas con las empresas, conducir y convencer a los que tomaban las decisiones no me eran tareas ajenas. No obstante, sí era muy frustrante recorrer todo el país para no vender casi nada: España se encontraba en medio de una de las peores crisis económicas de su historia, con casi 25% de desempleo.

Eran tiempos de incertidumbre para alguien como yo, un hombre de 33 años que buscaba cultivar el oficio de escritor en un país en ese contexto.
A pesar de ello, tenía confianza en un futuro poco esperanzador y, esa noche en Barcelona, encontré en la mesa de la habitación del hotel una selección de cuentos finalistas del Premio NH Mario Vargas Llosa.
En el índice leí "La Cometa" del peruano Guillermo Niño de Guzmán: "Santiago se sentía pleno, dueño de una íntima certidumbre que siempre le había sido ajena. Desde arriba, todo parecía distinto. Los mil ojos de la noche, menudos y brillantes como salamandras, bullían alrededor de él. Oteó el cielo vasto y limpio y por primera vez creyó entender el mundo, esa vida que agazapaba en la oscuridad, todos esos gritos sofocados, todas esas miradas crispadas, todos esos deseos que aguijoneaban a los hombres".

Esa noche, antes de cerrar los ojos, volví a leer esa frase y pude rozar esa confusión, la impotencia de Santiago, el protagonista del cuento, un escritor y padre de familia que se percibía tan confundido y enrevesado como la cometa de su hijo Roberto, que había quedado atrapada en los cables de tensión. Aunque dueño de un talento sobrenatural, Santiago se sentía incapaz de mostrarlo a su familia.
Esta mañana, al terminar el cuento en la clase, levanté la cabeza y me estrellé con las miradas cristalinas de mis alumnos. Detrás de ellos, el marco de la ventana hizo lo suyo: soltar al fin esa cometa imaginaria que volaba dentro de mí, para que se confunda con el azul del mar, con el turquesa del cielo de Pachacutec.

Antes de irme recibí un obsequio de parte de los chicos: un acróstico muy especial. Muchas, muchas gracias. Confirmé que lo intangible pesa más que cualquier cosa en la vida: lo guardaré como un tesoro.
Quiero agradecer de manera especial a Pedro Llosa, por los libros que me donó generosamente. 
Completaron las sonrisas de los chicos otros libros de Bizarro Juvenil - Grupo Editorial, que llevé de mi biblioteca personal para rifarlos: Raúl Tola, Renato Cisneros, Santiago Roncagliolo y Guillermo Niño de Guzmán.

Si queremos cultivar la lectura en los jóvenes del país, que la labor comience, primero, con autores peruanos, para que disfruten las imágenes en espacios comunes, que tengan relación con su entorno, le escuché decir en una conferencia a Ezio Neyra. Por ello no dudé en llevarlos.


Finalmente, un agradecimiento muy especial a Ignacio Medina, que confió en mi trabajo para este proyecto.

 Foto: Carlos Modonese

sábado, 7 de octubre de 2017

El viejo y Talara

¿Porqué hay tanto petróleo en Talara?, fue lo primero que me pregunté cuando vi esas plataformas de succión, los tubos que alimentan sus refinerías.
Porque sus tierras tienen miles de años de historia, capas terrestres de siglos, donde las siluetas de los dinosaurios parecen erosionadas por el viento y la arena.
Es decir, lo que ves son realmente fósiles, animales que parecen congelados en la aparente aridez de una tierra riquísima.


Desafortunadamente los vertederos de basura en los ríos están acabando con este maravilloso ecosistema.
¿Por qué no pongo fotos de la basura?
Por lo mismo que no pongo fotos de lobos marinos muertos (vi más de veinte) y cercos frente al mar de los traficantes de terrenos.
Porque si pondría esas fotos simplemente diríamos uf, qué heavy, no leo esto, mejor. Además de que espantaría a los potenciales visitantes en el futuro a estas playas exquisitas.

Lo cierto es que vine con la idea de escribir sobre "El viejo y el mar", por eso me traje la novela bajo el brazo, para indagar más sobre aquella visita de Hemingway a Talara el 16 de abril de 1956, con los estudios Warner Bros, para grabar las escenas para la película de la afamada novela que se había publicado unos años antes. Además, el Nobel vino a Talara el día de mi cumpleaños, pensé, una motivación más para escribir sobre el genio de Illinois.
Y lo que encontré y aprendí aquí fue otra cosa: volver a conectar con el ecosistema. Por eso postee estas fotos. Porque me tocó la inspiración de Mariana Tschudi, Henry Mitrani y Evelyn Merino, en el documental peruano "Pacificum".
Nuestros ancestros, los antiguos peruanos hacían ofrendas al mar, se le pedía permiso para hacer uso de sus recursos, haciendo algo por él, primero. Y no al revés: extrayendo en buques con kilómetros de redes diciendo, solo voy a pescar calamares, nada más, como lo hacían los buques japoneses en los 80-90. Lo peor es que hoy ya no lo hacen ellos, sino los peruanos.
Hay que ser idiota para pensar que los atunes, los lenguados, los meros, ¡los merlines! van a decir, no señor, a esta red no me meto.
Y va así: El 1ro de octubre, apenas llegué a Lobitos, quise comer un mero, un lenguado, un pescado del norte, un buen pescado. En el restaurante me dijeron que el pez del día era el Pluma. Lo comí y era cierto. El pescado parecía un peso pluma, sin carácter sin sabor.
Lo cierto es que la depredación, me comentaba un pescador artesanal, ha hecho que hoy los atunes de 100 kg de hace veinte años hoy solo sean de 15 kg. Los merlines de 500 kg, hoy son de 80, 90 kg.

Este post no es para ser pesimista. No se puede ser pesimista cuando vemos estás fotos.
Es para hacernos la pregunta: ¿Qué podemos hacer?

Doy un ejemplo doméstico aparentemente simple: no se trata sólo separar el vidrio del plástico o el cartón, porque al final, puede pasar que la municipalidad local termine mezclando todo. Pero podemos buscar a un tipo que le interese reciclar el vidrio o el cartón o el plástico para dárselo en bolsas separadas. Con esto no solo limpio mi consciencia, también damos dignidad y trabajo a otras personas, en lugar de que estén abriendo bolsas negras en las noches frías de Miraflores, Barranco o San Isidro. La creatividad es enorme para buscar maneras. Como dijo acertadamente la fotógrafa peruana Morgana Vargas Llosa: "Tenemos que hacer activismo de algún modo, pero hacerlo". Porque si hoy vendría Hemingway al Perú a buscar ese merlín negro de 500 kg que ostentaba una vitrina en el Fishing Club de Cabo Blanco, no solo no lo encontraría (en su visita hace sesenta años pescó cuatro), tampoco se reiría, pero sí, quizá, estaría sollozando como el muchacho del "Viejo y el mar", al ver a su maestro morir en el olvido.

  Fotos: Carlos Modonese

jueves, 24 de agosto de 2017

Metáfora


Me desperté pensando en cómo explicarle a los chicos qué es una metáfora sin recurrir a una definición.
Percibir antes de comprender: ese es el desafío. 
Y por eso sigo postergando las lecciones de ortografía. Vamos, aprender ortografía es fundamental para ellos, pero sabemos que la normativa puede resultar aburrida. Sirve para escribir de modo correcto, sin embargo, dudo que motive a escribir o a leer.
He decidido, pues, dejar las reglas de ortografía para el final del curso: pocas clases, profundas, una inyección a la vena.

En cambio, tomé un camino distinto para que los chicos cultiven su manera de escribir: en turnos les pido que lean relatos en voz alta (así se arrastren de la vergüenza). 
Subiendo el tono en los momentos de exclamación, parando en los puntos, poniendo pausas en las comas, llegan a comprender el el texto y, con esto, aspiro a que los alumnos conviertan la lectura en una adicción que los construya. Que encuentren en la lectura y en su discusión posterior ese universo desconocido, ese espacio paralelo que alejó a Richard Ford de sus peleas callejeras cuando carcomió el sur profundo de Estados Unidos al leer por primera vez "¡Absalom, Absalom!", de Faulkner; ¡carajo, lo que me estoy perdiendo por andar de faite!,  comentó Ford (con palabras de Mississipi, por supuesto).

Luego de la lectura en voz alta, quise mostrar lo que es una metáfora sin que suelten un bostezo.
Puse (gracias Youtube) una escena entrañable de "Il postino": la de Mario y Neruda en una cala del Mediterráneo, cuando el cartero del poeta descubre, sin darse cuenta, que había creado una metáfora marina, sencilla y hermosa como una barca de madera.

Es interesante observar que la palabra metáfora proviene de un vocablo griego que en español se interpreta como "traslación", como si el ser humano tuviese una urgencia estética, un deseo de recurrir a la metáfora como un arma para luchar contra la insatisfacción de una palabra, para trasladar un sentimiento a un desierto, un mar embravecido o a un paisaje amazónico. 

Pero lo mejor de la mañana fue verlos crear sus propias metáforas, reírse de algunas cursilerías, indagar en sus sentimientos.

Me confirma que una forma de aprender es creando, la poiesis primero. 
Descubrir el color para su propio cielo, antes de ponerle el marco. 


lunes, 14 de agosto de 2017

Samara


El día que Gabriel García Márquez visitó Andrés Carne de Res dejó para la posteridad un refrán que hoy está escrito sobre la mesa Macondo:
"Andrés Carne de Res, donde se acuestan dos y amanecen tres", escribió el Nobel, retratando estupendamente el espíritu carnavalesco del mítico restaurante de Chía.
De pronto me di cuenta que el refrán garciamarquiano podría ser un retrato de mi vida actual, porque hace doce años invité una noche a Paula a este mismo restaurante y ahora que volvimos, entre vallenatos y ajiacos bañados con olas y piscos buenazos, ¡somos tres!


De manera que garciamarquiano podría ser, también, lo que hemos descubierto con el nombre de nuestra hija: Samara.
El 13 de abril del 2016 vimos el nombre por primera vez en una plaza en México D.F. 
En ese momento no estaba prevista una ampliación en nuestro cómodo proyecto de dupla familiar, sin embargo el nombre, Samara, más allá de que nos gustó, fue como un presagio, un rayo de luz que atravesó nuestras voluntades.
Voluntades mortales, al fin al cabo, porque el universo nos la envío sin preguntar exactamente un año después.
Aquella tarde en el D.F., cuando pronunciamos Sa-ma-ra, no teníamos ni idea de su procedencia y, con un par de generosos margaritas en un bar, nos volcamos al dios Google para revelar su significado. 
Quedamos muy sorprendidos al descubrir un origen hebreo y divino. 
Al mismo tiempo pronunciamos nuevamente Sa-ma-ra y ese sonido a mantra ha cobrado, hoy, su cuarto mes de vida.

 
Celebramos sus sonrisas y lágrimas, los gritos de hambre, las carcajadas y sus estiradas de gato por la mañana, todo eso que inspiró a nuestro entendimiento a descubrir algo más, que Samara contiene esa mezcla poderosa de los colores alegres y vivos de la sabana bogotana (Sa) y la fuerza azul y abundante del Océano Pacífico peruano (Mara).




domingo, 16 de julio de 2017

Monstruos




Salimos de casa con el entusiasmo que da un cielo despejado y el vivo color verde de los parques, para la primera caminata desde Miraflores hasta Barranco, con Samara en su coche. 
El propósito era llegar a la exposición de los colores que puso el artista José Tola en sus monstruos.

Justo después de atravesar el puente que une Barranco y Miraflores, la traición del sol otoñal bajó la temperatura, y me asaltó una duda: ¿Se asustará Samara con los monstruos de gran formato en las pinturas de Tola?
Sin embargo, me alivió mucho saber que, siendo tan pequeña, los monstruos no habitan en su mundo.
Desafortunadamente la galería Lucía de La Puente estaba cerrada. Miré el reloj, tres la tarde y el horario del lugar confirmó mi extrañeza: ¿Una galería cerrada los sábados por la tarde?
Arqueé las cejas y crucé la calle San Martín para refugiar mi rabia en una librería que tenía muchos libros infantiles y cómics.
Samara se impacientó al no sentir la velocidad del coche; la cargué entre mis brazos desde donde, con una sonrisa, veía embobada toda esa sala llena de libros e historietas, como si fuese la exposición que estaba esperando.
De repente, miré una postal de Liniers y leí un texto que me dio ánimo, pero cuando vi al monstruo Macanudo sosteniendo un lápiz grande y pesado, confieso que un escalofrío me sorprendió al recordar lo que se siente cuándo los colores de las palabras no se deslizan naturalmente sobre el espacio en blanco.

Foto: Carlos Modonese

viernes, 2 de junio de 2017

La estrella de Pachacútec



Altaír, hasta entonces –leía en voz alta–, había sido para mí la estrella más brillante de la constelación Aquila…
Al terminar, levanté la mirada del libro:
¿Qué les llamó la atención del cuento?, ¿qué entendieron?
Algunos bajaron la cabeza; otros se arrellanaron en la silla de madera; la mayoría se miró a los ojos unos a otros, arqueando las cejas.
Pasé un poco de saliva y me dije, en ese instante, si esa pregunta tenía lugar en la segunda clase que dictaba. 
Quizá era muy pronto indagar por el sentido de un texto.

Unas semanas atrás, Ignacio me había enviado un mensaje:
"Carlos, ¿te gustaría encargarte de la clase de "Lectura y Escritura" para la Escuela de Gastronomía y Mozos de la Fundación Pachacútec?".
Acepté con entusiasmo. Sin embargo un mes después, mientras rebasábamos, cual carrera espacial, a los buses y camiones de la borrascosa avenida Elmer Faucett, las dudas aparecieron. No por la hora y medio de camino que había que recorrer hasta llegar a esa ladera amarilla y nostálgica, cubierta por la niebla del mar de Ventanilla. Sino por el claro objetivo que tenía Ignacio:
"Los padres de estos chicos –me decía en voz baja– tienen un mérito impresionante. Llegaron hace más de quince años a este lugar. Antes de ser una localidad con más de 200,000 personas, comercios y casas de material noble, vivieron durante mucho tiempo bajo esteras y palos. Son sus padres los que sacaron adelante Pachacútec. Ahora sus hijos tienen una oportunidad grande de ser educados con la fundación. No pueden desperdiciarla. Me encantaría que lean más, Carlos. Que su cultura general crezca”, me decía con justa razón.  

Había entendido el mensaje y en la primera clase les pregunté a mis alumnos qué esperaban del curso.
Recogí sus expectativas y comprendí que sí, debíamos tener algunas sesiones de puntuación y ortografía, pero, también, si los chicos no encontraban ningún beneficio en la lectura todo lo demás sería en vano. 

De modo que, antes de dictar la segunda clase, recordé una frase de Noam Chosky: "El propósito de la educación es mostrar a la gente cómo aprender por sí misma. El otro concepto de educación es adoctrinamiento". Decidí, pues, que leyéramos juntos un cuento.
Me pareció pertinente “Altair”, de Pedro Llosa. Los hice leer un párrafo a cada uno de ellos. 
En el momento que les pregunté que habían entendido del texto, hubo silencio.
"Ya que no hay voluntarios – dije, llamaré al azahar, por lista".
La primera chica se levantó de la silla: la mirada en el piso. "Te escuchamos con atención", le animé. No dijo nada y el frío silencio de toda la sala subió desde mis pies hasta la cabeza.
De pronto, un muchacho levantó la mano: "Se trata de un profesor, que tenía el reto de enseñar Economía en un colegio de discapacitados". "Sí, ¿qué más?", repliqué y los comentarios fueron apareciendo naturalmente, como cántaros. “Había un niño que se llamaba Vicente, que era inválido e iba en una silla de ruedas. Siempre lo ayudaba a trasladarse su amiga Altair, que era ciega...El padre de Altaír se oponía a su amor, qué futuro podía tener su hija, ciega, con un inválido...Y se la quería llevar a Estados Unidos...Fue por eso que Altaír se acercó al profesor y le dijo que quería escapar con Vicente, lejos de ahí, "Vicente será mis ojos y yo sus piernas...", le  dijo ella.
"Era un amor imposible", comentó otro alumno. 
Y fue en ese momento que se puso de pie. La misma chica que, al principio no había murmurado una palabra, levantó la voz entre todas:
"Era un amor posible –corrigió ella–. En el cuento dice que en la mitología china las estrellas Altaír y Vega fueron separadas por el Emperador del Cielo; pero una vez al año las urracas del mundo se juntan y hacen un puente para que los amantes se unan y pasen una noche juntos”.
"Si era mitología, entonces, ¿era posible?", le pregunté.
"Para Altaír, sí –agregó tajante. No importaba que fuera ciega, ella era capaz de mirar el mundo de otra manera. Porque su inteligencia brillaba y se podía ver desde muy lejos, sin telescopio, como la estrella Altaír”.

Un agradecimiento especial a Ignacio Medina, por la oportunidad que me dio de poder enseñar en Fundación Pachacutec; y a Pedro Llosa, por ceder “Altaír” como material de lectura.


Fotos: Carlos Modonese