viernes, 2 de junio de 2017

La estrella de Pachacútec



Altaír, hasta entonces –leía en voz alta–, había sido para mí la estrella más brillante de la constelación Aquila…
Al terminar, levanté la mirada del libro:
¿Qué les llamó la atención del cuento?, ¿qué entendieron?
Algunos bajaron la cabeza; otros se arrellanaron en la silla de madera; la mayoría se miró a los ojos unos a otros, arqueando las cejas.
Pasé un poco de saliva y me dije, en ese instante, si esa pregunta tenía lugar en la segunda clase que dictaba. 
Quizá era muy pronto indagar por el sentido de un texto.

Unas semanas atrás, Ignacio me había enviado un mensaje:
"Carlos, ¿te gustaría encargarte de la clase de "Lectura y Escritura" para la Escuela de Gastronomía y Mozos de la Fundación Pachacútec?".
Acepté con entusiasmo. Sin embargo un mes después, mientras rebasábamos, cual carrera espacial, a los buses y camiones de la borrascosa avenida Elmer Faucett, las dudas aparecieron. No por la hora y medio de camino que había que recorrer hasta llegar a esa ladera amarilla y nostálgica, cubierta por la niebla del mar de Ventanilla. Sino por el claro objetivo que tenía Ignacio:
"Los padres de estos chicos –me decía en voz baja– tienen un mérito impresionante. Llegaron hace más de quince años a este lugar. Antes de ser una localidad con más de 200,000 personas, comercios y casas de material noble, vivieron durante mucho tiempo bajo esteras y palos. Son sus padres los que sacaron adelante Pachacútec. Ahora sus hijos tienen una oportunidad grande de ser educados con la fundación. No pueden desperdiciarla. Me encantaría que lean más, Carlos. Que su cultura general crezca”, me decía con justa razón.  

Había entendido el mensaje y en la primera clase les pregunté a mis alumnos qué esperaban del curso.
Recogí sus expectativas y comprendí que sí, debíamos tener algunas sesiones de puntuación y ortografía, pero, también, si los chicos no encontraban ningún beneficio en la lectura todo lo demás sería en vano. 

De modo que, antes de dictar la segunda clase, recordé una frase de Noam Chosky: "El propósito de la educación es mostrar a la gente cómo aprender por sí misma. El otro concepto de educación es adoctrinamiento". Decidí, pues, que leyéramos juntos un cuento.
Me pareció pertinente “Altair”, de Pedro Llosa. Los hice leer un párrafo a cada uno de ellos. 
En el momento que les pregunté que habían entendido del texto, hubo silencio.
"Ya que no hay voluntarios – dije, llamaré al azahar, por lista".
La primera chica se levantó de la silla: la mirada en el piso. "Te escuchamos con atención", le animé. No dijo nada y el frío silencio de toda la sala subió desde mis pies hasta la cabeza.
De pronto, un muchacho levantó la mano: "Se trata de un profesor, que tenía el reto de enseñar Economía en un colegio de discapacitados". "Sí, ¿qué más?", repliqué y los comentarios fueron apareciendo naturalmente, como cántaros. “Había un niño que se llamaba Vicente, que era inválido e iba en una silla de ruedas. Siempre lo ayudaba a trasladarse su amiga Altair, que era ciega...El padre de Altaír se oponía a su amor, qué futuro podía tener su hija, ciega, con un inválido...Y se la quería llevar a Estados Unidos...Fue por eso que Altaír se acercó al profesor y le dijo que quería escapar con Vicente, lejos de ahí, "Vicente será mis ojos y yo sus piernas...", le  dijo ella.
"Era un amor imposible", comentó otro alumno. 
Y fue en ese momento que se puso de pie. La misma chica que, al principio no había murmurado una palabra, levantó la voz entre todas:
"Era un amor posible –corrigió ella–. En el cuento dice que en la mitología china las estrellas Altaír y Vega fueron separadas por el Emperador del Cielo; pero una vez al año las urracas del mundo se juntan y hacen un puente para que los amantes se unan y pasen una noche juntos”.
"Si era mitología, entonces, ¿era posible?", le pregunté.
"Para Altaír, sí –agregó tajante. No importaba que fuera ciega, ella era capaz de mirar el mundo de otra manera. Porque su inteligencia brillaba y se podía ver desde muy lejos, sin telescopio, como la estrella Altaír”.

Un agradecimiento especial a Ignacio Medina, por la oportunidad que me dio de poder enseñar en Fundación Pachacutec; y a Pedro Llosa, por ceder “Altaír” como material de lectura.


Fotos: Carlos Modonese

lunes, 29 de mayo de 2017

La noche sin ventanas


Ayer, en la presentación de "La noche sin ventanas”, fui testigo de varias cosas que el destino decide reservar para momentos ideales. 

En el 2013 me volví a encontrar con Raúl, en Madrid, después de casi dos décadas, cuando ambos pisábamos las aulas como alumnos de Letras en la PUCP. 

Recuerdo con lucidez ese reencuentro porque la presencia de un amigo como Raúl me servía de aliento: mientras yo andaba dando los últimos coletazos a mi primera novela, Raúl no solo publicaba, por esos días, “Flores Amarillas”, sino que había decidido buscar en Madrid la tranquilidad necesaria para comenzar una profunda investigación de la que sería su cuarta novela. “Estoy planeando escribir sobre peruanos en la Segunda Guerra Mundial”, recuerdo que me comentó esa mañana.

Esa paciencia y esa perseverancia para emprender un proyecto ambicioso -dos enormes cualidades que admiro en Raúl- le permitieron inmiscuirse, como un alma que cobra vida en otros cuerpos, en las vidas de dos personajes históricos, dos peruanos en París que vivieron, de manera muy distinta, la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial: Madeleine Truel Larrabure y Francisco García Calderón, la mirada de una mujer y la de un hombre, una mirada liberal y una conservadora, un campo de concentración y un hotel de lujo.
Dos historias con esa estela vargallosiana que nos cautivó en “El Paraíso de la otra esquina”, que cuenta, en dos momentos distintos, las vidas de Gauguin y su abuela, Flora Tristán, solo que en "La noche sin ventanas" las vidas de esos dos personajes sí llegan a tocarse, como bien lo comentó Jeremías Gamboa.
Pero además de la vida de estos dos personajes, las caras opuestas de una misma moneda, otro elemento motivador es lo que Raúl también pretende contar en la novela. Porque ambas historias son el vehículo para comprender un poco más a la sociedad peruana en la que hoy vivimos, de cómo el fascismo, presente en la generación del novecientos, es el evidente precedente de las cadenas del conservadurismo que hoy pesan sobre nuestro país.

Sin embargo, decía al inicio que ayer fui testigo de varias cosas, de las vidas entretejidas de esos dos personajes, de la importancia de la novela para los tiempos en que vivimos; pero, también, otra historia más poderosa que, en esa mañana madrileña, Raúl quizá ni imaginaba: tener en la presentación de “La noche sin ventanas” una ventana a través de la cual se podía ver a Andrea, su mujer, y a su hija Marella. Porque también su amor nació con este libro.

Foto:Carlos Modonese

martes, 4 de abril de 2017

La mosca

  
Ayer, cuando desperté, "La mosca" ya no estaba más en mi mente. Apareció hoy, pero juro que ayer parecía haberse ido definitivamente.
Por eso decidí tomar lo que me había pasado como un momento de celebración: por fin le pude dar de baja al servicio de Internet y Telefonía Fija de Telefónica en mi casa. 

La tarea no fue fácil. Duró tres meses, en los cuales hice tres llamadas (una por mes). Lo curioso es que ninguna de esas tres llamadas tenía como finalidad dar de baja el servicio, sino trasladar el router de mi habitación a la sala. Nada más. 

En las tres ocasiones me dieron un código, diciéndome que me llamarían durante los siguientes nueves días para coordinar el día del traslado del router.
En lugar de ello me llamaron, en distintos momentos, tres simpáticos muchachos (dos hombres y una mujer). Los tres me preguntaron si deseaba aumentar mi velocidad de Internet y si quería Cable. 

No, gracias, les respondí. No quiero Cable. Quiero la misma velocidad de Internet y la misma tarifa.
Señor, me dijo el primero, parece que no ha entendido, le estamos ofreciendo el doble de velocidad de Internet y Cable por solo diez soles más.
No lo necesito, le expliqué al segundo.
Al otro lado de la línea se escuchó un comentario, seguido de una risita aguda.
De qué te ríes, le espeté. 
No me estoy riendo. 
Sí, te estás riendo, lo estoy oyendo. Ustedes no me están dando lo que yo, como cliente de hace tres años, estoy solicitando, un traslado, solo un traslado, no quiero comprar otra cosa, por favor, en qué idioma tengo que hablarles.    
Lo siento señor, se excusó la chica, la tercera, nosotros somos del departamento comercial y, la única manera de realizar el traslado de su router de su habitación a la sala de su casa es incrementando la velocidad y, por tanto, la tarifa.
Ahorqué el auricular y colgué con tal fuerza que casi rompo ese aparato de plástico endeble. Los teléfonos de los ochenta eran adoquines de cemento comparados con los de hoy, ¡parecen de juguete!

Pero esa misma noche tuve en sueño: estaba atrapado en una telaraña gigante, aceitosa y de color avellana como el praliné.
De pronto, apareció "La mosca" ; aquella monstruosidad roja -de la película dirigida por David Cronenberg 
(1986)- me miraba a los ojos y frotaba sus patas de terciopelo.
No grité como Geena Davis, pero si me desperté de golpe.
Esa madrugada había tomado una seria decisión.

Reservé la mañana del sábado completa para tal faena, una final de Champions League doméstica. Salí a trotar media hora por el malecón y, a las diez, me llevé el desayuno y el libro de turno a la cama. Marqué el número de Atención al Cliente.
Buenos días, señor.
Buenos días, le respondí.
¿En qué podemos servirlo?
Quiero dar de baja el servicio de Internet y Telefonía Fija. Así es, señorita, el Duo. ¿Qué cuál es el motivo? (Tenía motivación de sobra para contar toda la historia, pero no lo hice). El motivo es que quiero contratar el producto de otra empresa que se ajusta a mis requerimientos. Por nada más. Sí, ese es el motivo (musiquita...)
Señor, muchas gracias por esperar; le tenemos una oferta interesante: Internet, Telefonía Fija y Cable con una tarifa 30% más baja de la que hoy paga.
Respiré hondamente: No, señorita, muchas gracias.
Deme un minuto más, señor. Espere en línea. 
Demórese los minutos que quiera, señorita, pero, por favor, no me deje con esa musiquita demencial. Prefiero el silencio.
Señor, me acaban de confirmar que por ser cliente antiguo, adicionalmente a esto, le ofrecemos dos meses gratis de Duo.
Me llevé la mano a la cabeza: No, señorita, muchas gracias.
(Hubo cinco segundos de silencio)
Apunte su código, señor. 
Mi corazón sufrió un latido fuerte, era el último penal de la serie, cogí en cámara lenta el lapicero y, cuando estaba apuntando el segundo dígito, un zumbido al otro lado de la línea hizo aparecer en mi cabeza a "La mosca", frente a mí, moviendo sus patas de terciopelo, sostenida en esa telaraña de grasa en la que mis extremidades no podían moverse.  

Foto: Película "La mosca" (The Fly, 1986)  
#cuidaatusclientes 

jueves, 2 de febrero de 2017

El verdadero muro de Trump


Después de todo lo que leí sobre Trump, en estas últimas semanas, comparto algunas reflexiones.
Está claro que el tono del nuevo presidente estadounidense se parece mucho al de Hitler en el período de Entreguerras: agitador, miedoso, caprichoso y “picón”. El supuesto héroe que defiende a su nación de los foráneos usurpadores.
Lo macabro es que el discurso del fundador del nacionalsocialismo arrastró a Alemania a exterminar a millones de personas. Judíos de tradición, sí, pero más alemanes que cualquiera, alemanes con muchas generaciones trabajando en Alemania.

Ahora, eso no significa que Trump se vaya convertir en algo parecido a ese asesino con mayúsculas. Digamos que está en su derecho de querer defender a su país de los narcotraficantes, indocumentados, “pastrulos” que quieren asegurar su vida a costa de los contribuyentes y de aquellos que se podrían “prender fuego” en nombre de dios. De hecho, hace unos días su paranoia lo llevó a prohibir la entrada a ciudadanos de siete naciones de tradición musulmana. Además, sigue empecinado en terminar el muro que se inició a inicios de la década del 90, esa muralla que divide a los EEUU de México.
No obstante, ¿es este el verdadero muro de Trump?

La bandera de la libertad flamea desde hace mucho tiempo en el mundo y eso ha traído más ventajas que desventajas. Los mercados abiertos han permitido que, de manera creativa, los países desarrollen sus productos y merezcan aprovechar la posibilidad de ser competitivos en otras economías. En la actualidad, son las pesonas las que eligen que conservas, frutas, zapatos, computadoras, quieren tener en sus casas. Es más, hace unos días vi que una manzana tenía un código QR que explicaba de dónde provenía: no había recibido pesticidas, se había comprado a una empresa con certificación de trato justo con sus trabajadores, etc. Hoy las personas pueden elegir, seleccionar lo que sus anhelos manifiestan.

Entonces, ¿para que volver a levantar los muros económicos?
Es evidente que la globalización o la economía de libre mercado tiene sus fisuras. El mundo podría reparlas, pero, ¿volver a las reglas del pasado?, ¿a cerrar las fronteras?, ¿a subir los aranceles para proteger los errores?
¿Acaso no es eso involucionar?

Con la distancia que se merece, voy a hacer un paralelo con la industria de la música en los últimos treinta años. 
Durante la década del ochenta, solía dibujar los nombres de las bandas de rock en mis cassettes. Luego aparecieron los CDs. Me tomaba meses ahorrar para comprarme uno (el primero que tuve en mis manos fue un recopilatorio de Los Beatles. Arrancaba con un temón: Across the Universe). Como me gustaba tocar la cubierta de mis CDs, las acariciaba como si fueran oro en plástico; cuando el oro, realmente, además del contenido musical, era el sacrificio de semanas para ahorrar el dinero.
En fin, luego vino el gran Napster, y digo "gran" no porque lo que hizo fuese correcto, pero nadie puede negar que el tipo cambió las reglas de juego de la industria musical. En honor a su nombre (Napster significa “siestero”), literalmente en una siesta de media hora podía descargar 150 canciones en un CD. ¡Y gratis! Me cansé de bajar música.
Napster, con toda justicia, fue denunciado por Lars Ulrich (baterista de Metallica) y perdió ante la corte. ¿Por qué? Porque en un formato MP3 democratizó la música, pero lo hizo ilegalmente. ¿Quién se encargaría de pagarles a los artistas? Perdió con justa razón.
La nostalgia siempre va a tener un cetro en nuestros hogares, por ello los CDs no van a desaparecer. Tampoco los vinilos ni los cassettes.
Pero lo importante, aquí, es comprender que Napster dejó un legado y cambió para siempre la forma de adquirir música. Un paso evolutivo que desembocaría en ITunes (música pagada por canción) y ahora Spotify (música pagada por catálogo).
Negocios de descarga legal que cambiaron la forma de adquirir música. Pero nadie negará que Napster puso la piedra en el camino.
¿Volver atrás? Solo para recordar. No para detener la evolución.

Volviendo a Trump: no sabemos de qué manera protegerá a su economía, ¿subirá realmente los aranceles en 40%?
Con las medidas que está tomando a nivel político, no me sorprendería. Lo mismo puede pasar en otras economías del mundo, como en Venezuela, Inglaterra y Suiza. Parece que los proteccionismos, así como los vinilos o los Cds, no desaparecerán.

Lo que sí es cierto es que el Perú, como otros países latinoaméricanos, debe buscar afianzar la confianza de los mercados que ya probaron sus productos y servicios. Consolidar alianzas como la del Pacífico.
EEUU podrá estar acostumbrado a ser el que escribe las reglas del mundo; así como su actual presidente podrá poner el muro que le de la gana, sin embargo, no podrá contener los pasos evolutivos que el mundo ya experimentó.

jueves, 11 de agosto de 2016

El plan de Maggie


Me gusta reír. También llorar. Pero en una película disfruto más cuando ocurren las dos cosas al mismo tiempo, algo que suele pasar con las tragicomedias de argumentos originales. Hace un par de días, cuando vi el cartel de “Maggie´s Plan” (El plan de Maggie), una nueva película donde la trama involucraba a un escritor, me dije que no iba verla. No más. Porque las dos veces anteriores no había tenido fortuna en colmar mis expectativas acerca de historias de escritores. Les comparto estas dos experiencias; en la primera, “Duplex” (2003), Drew Barrymore es la esposa de un escritor protagonizado por Ben Stiller, en una comedia que termina siendo arrastrada por una cascada de clichés. En la segunda, “The Ghost Writer” (2010), Ewan McGregor protagoniza a un escritor contratado por un ex Primer Ministro británico para continuar sus memorias. En esta última, dirigida por Roman Polanski, el filme seduce por el misterio y porque se privilegian las sutiles circunstancias alrededor de un crimen, pero ni “Duplex” ni “The Ghost Writer” alcanzan lo que “El plan de Maggie”, sí consigue mostrar: parte del mundo íntimo y vulnerable del escritor.
Para esto, Rebecca Miller escogió a dos actores consagrados (Julianne Moore y Ethan Hawke), que retratan con éxito un matrimonio de escritores que se desbarata, día a día, al dejarse envolver por la burbuja relacionada a su escritura: las tribulaciones que conlleva el aislamiento, la tentación de la búsqueda de reconocimiento, las manías, los bloqueos creativos o, simplemente, lo gratificante y satisfactorio que resulta para un escritor contar con un oído atento, es decir, compartir con alguien (¡quién sea!) la historia que está escribiendo, esa que contiene a personajes con los que lleva conviviendo varios días en la soledad del escritorio (y que no están muy lejos de parecerse a los amigos de un esquizofrénico).   
Pero el personaje central de la cinta es Maggie (Greta Gerwing), una mujer joven, inteligente e independiente que solo quiere ser madre soltera. Sin embargo, cuando parece que va a lograrlo, se cuela en su vida un escritor simpático e infeliz con su matrimonio, que se enamora de ella al sentir que atiende la gran urgencia del escritor: ser escuchado. Sin querer, Maggie ingresa a un triángulo amoroso, divertido y confuso, que desemboca en un plan (que no pienso contar).
El humor inteligente y la presencia de los niños enternece la trama y le da belleza a la histeria contenida de Julianne Moore y la inseguridad de Ethan Hawke. El oficio de ambos actores conmueve en una escena inolvidable: la nieve es el marco blanco de un diálogo profundo que camina hacia la noche de una cabaña de madera, donde se bebe whiskey caliente y se baila “Dancing in the Dark”. 
 Foto: Cineplex.com

miércoles, 10 de agosto de 2016

En busca del paraíso ilusorio


Hay muchos recuerdos, sí, pero pocos llevan impregnados la emoción nítida con el sello de fecha imborrable.
Un día como hoy, la mañana del 10 de agosto del año pasado, recibí un mensaje de un amigo que me decía: "Donde quieras que estés, compra El Comercio".
Estaba con Paula,cruzamos corriendo la avenida Benavides y, en el quiosco frente al supermercado Vivanda, me encontré con el título de mi primera novela en la portada de la sección Luces.
Compré cinco ejemplares, crucé Alcanfores y me apoyé en la primera mesa que encontré. De pie, arranqué la superficie de plástico que cubría el diario y leí con avidez la crítica a JAHUAY, un hijo que había visto crecer por varios años a mi lado, en la soledad del café bajo la lámpara, y que ese día, de pronto, vio una luz de esta manera...


miércoles, 27 de julio de 2016

Dos a popular

Ayer a las tres de la tarde llegué al módulo de Teleticket en el supermercado de la avenida Pardo, hora en que creía, inocentemente, que no encontraría esa fila que salía del supermercado como la cola de un dinosaurio.
El tipo que estaba delante de mí giró medio cuerpo y me escrutó con cara de pocos amigos, de ningún amigo en su vida, pensé. Una mirada altiva, como si solo él poseyera el mérito de estar en ese concierto que ha dado vueltas en mi cabeza todos estos días desde que lo anunciaron: Guns n´ Roses en Perú.
En el 2010, el vocalista Axl Rose vino a tocar a Lima con su banda. Pero ahora la historia es muy distinta, el 27 de octubre estará por primera vez frente a nosotros la columna vertebral de la mítica banda de Hollywood que se formó en 1985, treinta años que han pasado como un cometa: Axl Rose, Slash y Duff Mc Hagan. 

Pero lo que quiero compartir es que, después de media hora en esa fila somnífera, como esas coincidencias que uno no se explica en la vida, vi ingresar al supermercado a Jota, un viejo amigo mío. Caminaba con las manos en los bolsillos y lo seguía su hija, de seis años. “Acabo de llegar a Lima – me dijo-, solo he venido para comprar las entradas”. En un contexto normal no tendría sentido alguno contar este encuentro, pero es que con Jota y Hache, a los catorce años, decidimos formar una banda de rock en Chincha.
“Qué entrada vas a comprar”, le pregunté. “Popular -me respondió Jota-. Están caras, compadre, y voy con mi esposa”. Su hija se trepaba por sus hombros y le jalaba el cuello hacia atrás. Lo entendía perfectamente, pero ni hablar, por más que estén gordos yo que quería ver a estos tipos lo más cerca posible. “¿Y tú? - me dijo -, ¿cuál vas a comprar?”. “Oriente -le mentí, realmente quería comprar Occidente A-. Pero, Jota – le dije –, nos tomamos unas chelas antes de todas maneras”. “Ok, sí, normal”, respondió Jota, fijando la mirada en el suelo y haciendo pataditas en el aire.
Nos quedamos en silencio unos minutos, mirando la larga fila que nos esperaba. De pronto el silencio se rompió: “Oye – Jota puso su mano en mi hombro -, te acuerdas cuando no te dejamos ser baterista”. Sonreí al recordarlo. Era verdad: yo siempre quise ser baterista, pero a esa edad mis ahorros solo me alcanzaron para comprar una tarola, un platillo hit-hat charles y el bombo. Las tres piezas de segunda, muy viejas. Una tarde adolescente, Hache sacó su guitarra acústica y, en el techo de mi casa, rasgó los acordes frescos de “Used to love her”. Jota se dio cuenta que yo no cogía el ritmo con la tarola y me relegó a la voz. Así que me compré una peluca pelirroja para emular los movimientos de Axl y los tres nos propusimos avanzar. Lo cierto es que el único que sí podíamos afirmar que tocaba algo era Hache. Consagró tantas horas de ensayo que llegó a tocar de memoria todos los solos de Slash. Al escucharlo tocar lo observábamos con admiración, pero cuando la canción terminaba una inevitable sonrisa de envidia nos rebasaba. Porque día a día Hache progresaba, y en mí y en Jota, se iba apagando, lentamente, ese sueño de caminar juntos en la senda del rock. Sin embargo, un día, la profesora de un colegio se enteró que tocábamos en el techo de mi casa, y que mi papá subió un día a la azotea y al ver ese amplificador, la batería y la guitarra conectados y unidos, en un nido de cordones umbilicales, a nuestros brazos, dijo, “Oye, Carlos, ¿tú estás loco, qué te pasa?”. Lo cierto es que a la semana siguiente estábamos en un colegio en Chincha, parados en un escenario con poca luz, al frente de treinta filas de banquetas anticucheras, a punto de tocar solo tres temas de Guns n`Roses. “Era por el Día del Maestro”, me recordó Jota y no sé a quien, carajo, se le ocurrió ubicarnos entre un cover de Las chicas del Can y una marinera. Pésimo. Pero nada importaba en ese momento, porque cuando la tarola retumbó el inicio de Paradise City, los de quinto de media, que se ubicaban en las tribunas de cemento de la canchita de fulbito, fumando a tientas, hicieron espirales de cerveza en el aire y los sacaron del colegio. No hay ninguna foto, ningún video que haya sobrevivido a ese día, pero siempre que me encuentro con Jota lo recordamos como una hazaña. “Y luego vino Patience –recordó Jota -. Ahí ya se calmaron los ánimos porque es lenta, pues, hermano, las profesoras felices”. Pero la canción que yo no iba a olvidar nunca en mi vida fue con la cerramos nuestro número. Se me vino a la memoria esa primera línea de Live and Let Die: When you were young and your heart was an open book. You used to say live and let live (Cuando eras joven y tu corazón era un libro abierto. Solías decir, vive y deja vivir). Tuve un golpe de emoción en el pecho. “¿Te acuerdas de esa?”, me dijo, Jota, que ya había sacado las manos de los bolsillos para amagar tocar la guitarra. Se movía nervioso en la cola, de un lado a otro. Después de comprar sus entradas, Jota me dio un abrazo rockero. “Nos hablamos, compadre, estamos en contacto”, me dijo. Yo lo vi de espaldas, alejándose, saliendo del supermercado hasta desaparecer entre la tormenta humana de la avenida Pardo, cuando una voz femenina me hizo volver a tierra: “Señor, ¿qué sector del estadio va a comprar: Occidente, Oriente…”. “No, señorita –la interrumpí –. Deme dos a popular”.