sábado, 7 de marzo de 2015

El corcho




Muchas cosas pasan cuando estoy frente a ese corcho. Este fin de semana, apenas llegué a Chincha, entré a mi antiguo cuarto donde, salvo ese corcho, todo ha cambiado. Hace 23 años, cuando me trasladé a Lima para empezar mi vida universitaria en La Católica, le pedí a mi madre que no lo mueva nunca de su sitio. Me puse en cuclillas y me inmovilicé. Como siempre, percibí, extrañamente, como si fuese la primera vez que veía esas fotos. Las revisé una a una: el ceño fruncido y agobiado por tanta gente en un cumpleaños que celebré en Jahuay, donde solía veranear de niño; gafas negras y cuerpo erguido en las montañas de el Camino del Inca; curioso y alerta en los primeros campamentos de la universidad.
Vi la grieta en la pared, resultado del terremoto del año 2007 que, según mi viejito, fue la única vez en su vida que vio al “diablo calato”. Vi la grieta y volví a las fotos en el corcho. Proveniente del maravilloso árbol del alcornoque, el corcho tiene la noble tarea de guardar los vinos; y de guardar, también, lo mejor de nuestros años en esas fotos. Ahora, cuando hay poca suerte, el oxígeno se cuela en el corcho y avinagra los vinos. O como se dice por acá, los “pica” o siendo más coloquiales, los caga. De modo que, sonreí al ver las fotos, porque es como si la vida hiciese versiones diferentes de uno, cada cinco años. En una foto, de niño, tengo el pelo claro y lacio; en otra zambo, como un casco de moto; en otra aparezco comiendo una concha a la parmesana, los ojos abiertos, gordo y fofo; en la última, debajo a la izquierda, le doy una pitada a un cigarrillo, nada de bacán, al contrario, medio asustado, marginal y periférico. Y ya no quiero seguir mirando fotos. No. Siento un poco de vergüenza. 


Luego vi mi último corcho. El que tenía en Madrid. Ya no existe, pero sobrevive en una foto que tomé con el I-phone. En él hay una librería de Corrientes, Argentina. Una mirada de tigre me vigila. Y cuando me sentía estancado en mis horas de escritura, me volvía a un Vargas Llosa relajado, que me serenaba. Truman Capote, con la copa de champaña en los labios, era mi cómplice cuando andaba espeso y necesitaba quitar el corcho de una botella de vino. Pero también estaba Conrad. El gran Joseph. Su mirada grave y profunda me sugería que sea solemne con el oficio: vamos, tú puedes hacerlo mejor, Carlos. 


Al igual que el corcho que me espera siempre en Chincha, este lo guardo en el I-phone, porque quiero volver a verlo en unos años, más adelante. Seguramente vuelva a pasar por la nostalgia, la alegría y la vergüenza. Porque las versiones de uno mismo, como las aplicaciones del I-phone, siempre se actualizan.
Vi la grieta de la pared y vi las fotos del corcho. Y al volver a las fotos, como siempre, volví a ver la grieta.

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